Hipérbole
Por José Ramón González.
No ser usuario de redes sociales parece que empieza a ser un problema, al menos en ciertos contextos. Ciertamente, el que no las utiliza se mantiene alejado y protegido de millones de exposiciones inanes de personajes —y personajas, seamos equitativos— que dan consejos imprescindibles sobre la mejor manera de colocar tus discos en la estantería, cómo preparar el más sorprendente pan tostado o que te recomiendan los mejores libros basándose en lo que leen en la sinopsis de la contraportada. Pero también resulta indudable que, según me cuentan, el castigo por no utilizarlas es la exclusión, el aislamiento. El resultado es que uno no se entera de muchas cosas que le interesan si no está conectado a esas construcciones que se han inventado unos señores que ganan mucho dinero y nos han dictado cómo vivir y nosotros, felices y despreocupados, deslumbrados por la luz que sale de sus venenosos cacharros, les hemos entregado nuestras vidas y las vidas de nuestros hijos (creo muy aconsejable ver la serie Generación click que está emitiendo La 2 de TVE para observar con absoluta perplejidad a los padres sentados al lado de sus hijos, alguno de tan solo ocho años, a los que miran como marcianos, recriminándoles que pasan más de tres o cuatro horas al día mirando esas pantallitas, que están enganchados, sin pararse a pensar un solo segundo que fueron ellos los que les entregaron —muchos regalaron— el veneno; y peor aún, que tienen el remedio y no lo ven).
Esta chapa, como me dice para chincharme el jefe de esta casa, me sirve de justificación (más bien de alegato) por no haber tenido noticia de la existencia de la banda cuyo nombre encabeza esta reseña a pesar de que se fundó hace diez años, publicaron su primer disco hace tres —y un EP anterior hace siete—… y son de Madrid. Debe de ser verdad entonces que por no ser usuario de redes sociales (qué bien puesto está ese nombre de «red», sin sonrojo) no me entero de cosas que me interesan, a pesar de que lea la prensa y vea las noticias, compre revistas de música y cine y lea varios suplementos culturales de los periódicos. Porque allí no se habla de un grupo que se llama Wildhärd, ni se anuncian los conciertos de FM o de Wings of Steel, ni nada de eso. Muchos grupos ya ni siquiera tienen página propia, por lo que resulta complicado seguirles la pista o incluso enterarse de que existen como ocurría hace pocos años. Los foros en los que participaban ilustres y documentados aficionados que compartían sus conocimientos desaparecieron barridos por el huracán de las redes sociales en las que los desarrollos expositivos brillan por su ausencia. Es la dictadura del titular, del lema pobre y provocativo. En fin…
Lo cierto es que podemos celebrar unos últimos meses del año en los que varias bandas españolas han lanzado unos muy buenos álbumes, y no es tan frecuente una acumulación de calidad tan generosa. Me refiero a los discos de los citados Wildhärd o el potente disco de Adventus —a los que sumaría el publicado por Crimson Storm a comienzos de 2025—. Desde luego en el apartado de heavy metal estamos triunfando, puesto que ahora tenemos la fortuna de sumar un nuevo título, aunque en realidad éste se publicará a comienzos del año próximo. Rave in Fire lanzan su segundo álbum, Square One, con el que dan un salto de medalla olímpica. He podido escuchar su anterior Son of a Lie (2022) y este nuevo tiene el mérito de superarlo, pues aquel era de largo un muy buen trabajo. En la hoja de prensa se los compara con Chastain y a su cantante con Leather Leone; no está mal lanzada la semejanza, aunque yo los colocaría también cerca de los Warlock de los tres primeros discos, Loudness, M.A.R.S. o incluso, ya que hablamos de Chastain, podríamos hacer el cambio de vías y tirarnos a soltar los nombres de Cacophony o Racer X, eliminando de la ecuación el virtuosismo instrumental cuasi pornográfico, aunque indudablemente gozoso, de algunos de ellos en diversos momentos. Pero sobre todo yo citaría a la banda norteamericana Hellion («Knightwalker» podría ser un buen argumento para esta afirmación) y a su magnífica cantante Ann Boleyn a quien Sele, nombre de la vocalista de Rave in Fire, no tiene nada que envidiar. El caso es que Square One es un disco formidable.
El hecho de que sea fácil asemejar la música de Rave in Fire a la de tantas —y buenas— bandas es la prueba de la capacidad que tienen estos madrileños para quintaesenciar el sonido clásico del heavy metal y traerlo a la actualidad. Y lo mejor es que el álbum está repletito de excelentes canciones que elevan su calidad hasta situarlos al nivel de sus maestros. Suena hiperbólico, lo sé, pero es que uno escucha la grandísima «Witches’ hell», con ese comienzo que parece un homenaje a Van Halen, y la hipérbole se construye sola; una de esas canciones de guitarras pesadas (acompañadas de unos bonitos arpegios) que obligan a ir subiendo el volumen según avanza, y cuando llega al arranque del solo y de repente escucha esas cuatro notas del de «Maniac» de Michael Sembello está seguro de que la hipérbole es obligatoria. Súmenle un estribillo brillante, un solo construido con cuidado y buen gusto y una base rítmica que se gana su espacio con la misma habilidad y picardía que el mejor pivote de balonmano.
Otra de mis favoritas es «Crown of stars», un medio tiempo elegantísimo (otra vez a subir el volumen cada diez segundos), con cambios de ritmo y de nuevo un estribillo que se pega más que el acompañante asustadizo en una peli de miedo. A propósito, los cambios de ritmo son una constante a lo largo del álbum, como en la endemoniada y a pesar de ello armoniosamente contrapuesta «Speed and Rave» (cómo me gusta esa línea de bajo de Sara en el comienzo). En «Untiring eagles», auténtica declaración de autoafirmación, asoman por lontananza los jinetes de Iron Maiden (esos dúos de guitarra que se curra Jonjo), Warlock, Loudness… en otra de mis favoritas (¿cuántas llevo?), construida muy sabiamente con una pausa en el último tercio que dosifica la intensidad y añade una bonita sección de guitarra y bajo antes del final. Pues nada, que me gustan todas.
No he hablado del deslumbrante sencillo «Still standing» con esa fantástica batería de Jimi que rebosa clasicismo ni de los tremendos siete minutos y medio de «Square one», tampoco de la ovación que merece Jonjo por su trabajo, pero es que ya he hablado demasiado. Escuchen, escuchen, a ver si he sido muy hiperbólico o no.

RAVE IN FIRE:
SELE: Cantante
JONJO: Guitarra
SARA: Bajo
JIMI: Batería