Anaquel

Por el precio de una revista

Por el precio de una revista

Por José Ramón González.

 

Una mañana de finales de septiembre, después de pasar juntos por el quiosco de Enrique, mi amiga Ana Palacios me sugirió que debería fotografiar ese quiosco: «Es un monumento a la cultura y a la historia», me dijo. Y añadió: «Es que ya casi no queda ninguno». Con la obediencia debida por mi relación laboral con ella y la confianza que tengo siempre en sus consejos, he hecho lo que me sugirió.

Enrique lleva en la calle Conde de Peñalver a cargo de su quiosco desde que asumió la responsabilidad de llevarlo hace algo más de cuarenta años, cuando su tía, que se había hecho cargo de él durante un tiempo, lo dejó. En realidad deberíamos decir que él lo recuperó. Fue la madre de Enrique, Margarita, la primera propietaria del quiosco después de que lo construyeran por el medio en el que se conseguían las cosas después de la guerra: alguien que conoce a Margarita, y que no quiere que siga en la calle, conoce a otro alguien —que no es cualquier alguien— al que se le puede pedir que haga algo. Y así Margarita, que voceaba la prensa en la calle sin un sitio en el que refugiarse de las inclemencias del tiempo, dejó de hacerlo y pasó a tener un lugar en el que vender sus periódicos. «En Príncipe de Vergara se acababa Madrid», me dice Enrique al recordar tiempos en blanco y negro (y muy negros). «Mi madre llevaba a tender la ropa a secar a Avenida de América, así que fíjate». Desde aquel entonces lleva instalado este hombre grande en la esquina de la calle Padilla desde donde su quiosco ha sido testigo de las constantes desapariciones y cambios de los negocios que lo acompañaban, víctimas de las modas, la tecnificación o la avaricia, mientras él seguía siendo el mismo en su modesta permanente tradición.

Por estas calles ha visto pasar muchas cosas, y ha visto crecer a niños que salen del colegio que tiene a su espalda. Desde ese lugar privilegiado no se puede llegar a ser menos que un buen observador a poco que se preste atención. Enrique conoce a sus clientes por sus nombres, la situación de las familias por las que pregunta educadamente y con verdadero interés. En lo que a humanidad se refiere no conozco a tantos tan rotundamente humanos como él. El día que hice estas fotos, detrás de su quiosco pasaba la manifestación en defensa de la vivienda; Enrique a duras penas evitaba mostrar lo conmovido que estaba al ver sobre todo a los jóvenes moverse para defender los derechos de todos. Sus clientes también lo conocen, y lo aprecian. Uno de ellos se llama Sergio. Aunque todavía no sabe leer le encanta ir al quisoco. Sergio tiene menos de dos años y el pelo oscuro rizado. Pasa por allí sentado en el carrito que conduce su abuela Isabel. Ella me cuenta que no accede a comerse su papillita hasta que llega al quiosco de Enrique. «Lo he intentado dos veces desde que hemos salido de casa y no ha habido manera. Ya verás como ahora se la come». Y Sergio mira a Enrique como embobado, sonríe y se le enrojecen los mofletes, la cuchara viaja a su boquita y la abre encantado. «¿Ves? Adora a Enrique». Y me cuenta que un día de este pasado verano en que el quiosco estaba cerrado por vacaciones, pasaron por delante y Sergio, al verlo así, se puso a llorar.

Ahora Enrique está a poco de jubilarse. «Pude elegir ser maestro o quedarme con el quiosco. Me quedé con el quiosco». Estoy seguro de que habría sido un excelente maestro. Ahora, después de tantos años, le cuesta enfrentarse a la jubilación porque, según dice, tiene que renunciar a algo importante: si cierra, dejará de ver todos los días a muchas personas que ya son importantes para él. A pesar de los sacrificados horarios que le exige la apertura diaria duda cuando piensa en lo que va a perder en el aspecto personal y humano.

QCR3

Yo lo conozco desde hace no tanto, pero sí los suficiente para que Enrique sea también una persona importante en mi vida. Comencé a comprar en su quiosco la prensa y las publicaciones mensuales de música y cine a las que soy aficionado desde adolescente hace más de diez años. Mi visita a su «casita», ya sea para comprar el periódico o, simplemente, para saludarlo y charlar un momento, forman parte de mi rutina vital. Él es uno de esos eslabones importantes en eso que llaman tejido social, algo de lo que muchos se lamentan de perder pero que no tantos se afanan en defender. Ir al quiosco para preguntar si ha salido tu revista, entablar conversación con Enrique sobre lo que se retrasan a veces y, de paso, de muchas cosas más, es un ritual importante. En él están presentes también los repartidores, la panadería que te pilla de camino y por la que pasas a coger el pan cuyo dependiente te saluda por tu nombre, el vecino al que te encuentras los sábados que suele salir a la misma hora que tú. Cuando uno se suscribe a una publicación y recibe la revista en su casa (algo absolutamente respetable, no se me censure por eso) se ahorra parte del precio a pagar, pero ha desperdiciado la oportunidad de dar cuerda a todos esos elementos que dan vida a las relaciones humanas, además de que sustrae de su función a un eslabón de esa cadena de la que hablaba. Por eso le he dicho alguna vez a Enrique, en un arranque de originalidad y gracia sin precedentes, que su nombre se lo puso Margarita muy bien, porque ir a verlo me enriquece.

Esa casita de Enrique desde cuya ventana aparece su rostro siempre con una sonrisa y ese pelo envidiable que conserva, con su flequillo bailando alegremente al son del movimiento de su cabeza, está tremendamente bien surtida: además de la prensa diaria, las revistas de todo tipo, los caramelos, cromos, bebidas… tiene también publicaciones extranjeras, por lo que algunas veces me llevo un número de Classic Rock, aunque ya no sea lo que fue. No creo que haya muchos lugares en los que se pueda encontrar esta revista. Comprar publicaciones de música, cine, literatura, misterio… es algo que llevo haciendo desde jovencito, una práctica que me ha ayudado a formarme, informarme y entretenerme. Aquellas —y estas— revistas y los tenderos —me gusta este palabra— (Tino, Santi) que las vendían y con los que entablaba conversaciones que recuerdo con cariño, que te guardaban los números de los fascículos que coleccionabas (o sólo los que te interesaban) son parte esencial del universo cultural al que sigo perteneciendo y del que me resisto a que me expulsen las tecnologías de la nada. Ni siquiera la bajada en la calidad de los contenidos de ciertas publicaciones (y no hablemos de los suplementos culturales de los periódicos).

Muchos barrios han perdido ya a su Enrique. Casualmente, mientras redactaba este texto, se publicó en El País el 7 de octubre un artículo de Daniel Rodríguez sobre la quiosquera más longeva de Madrid. En él daba un dato sobre los quioscos: actualmente solo quedan 250 quioscos cuando hace diez años eran el doble.

Dentro de poco tiempo serán sólo 249. Entonces ya no recibiré un mensaje de Enrique preguntándome cuando se hace tarde si voy a pasar o si me guarda la prensa, no podré preguntarle si ha terminado el último libro que ha comprado de su adorado Kallifatides, ni recibiré uno de esos abrazos de oso que me da el gran hombre de vez en cuando después de pasar un buen rato hablando de nuestras cosas. Un abrazo que me reconforta, que me permite ser consciente de mi propia humanidad, que me reconcilia con la sociedad. Todo por el precio de una revista. Ese día, cuando pase por el quiosco y lo vea cerrado, tendré que esforzarme mucho para que no me pase lo que a Sergio.

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