Indios perseguidos
Por José Ramón González.
La coyuntura de los indios nativos americanos en la sociedad actual no ha recibido tanta atención en la literatura y en el cine como sí lo ha hecho la de la población negra. Al menos, no ha llegado en la misma proporción ni es tan comúnmente conocida. Yo tampoco la conozco demasiado, aunque siento mucho interés por ello. Ayudan a saber más los libros del finlandés Pekka Hämäläinen, aunque su investigación está enfocada al origen e historia de estos pueblos indígenas. Lo que no se trata tan habitualmente es lo que ha ocurrido después con estos individuos, pues su aniquilación y posterior reclusión en las eufemísticamente llamadas reservas es una página muy oscura. Cómo se han integrado —o lo han intentado— en la sociedad norteamericana es un proceso que no ha terminado y sigue marcado por la discriminación y la desigualdad. Quizás una de las autoras más reconocidas de ascendencia india y que trata en sus novelas las dificultades de los nativos americanos sea Louise Erdrich (La casa redonda, Filtro de amor, Huellas, El vigilante nocturno). Hay otros autores, algunos de mucho prestigio (Navarre Scott Momaday) cuyos nombres no circulan de forma tan accesible.
El caso de Stephen Grahan Jones es uno de esos escritores que tratan la temática de los indios americanos en la sociedad contemporánea, y lo hace en el género del terror; además resulta que escribe muy bien. El único indio bueno está protagonizada por cuatro amigos, Cassidy, Lewis, Gabe y Ricky. Son nativos americanos que viven en un permanente conflicto entre una sociedad en la que no encajan, que los rechaza, y el respeto a las tradiciones de su tribu que ellos rechazan a su vez pero que respetan, quizás por miedo. Sin embargo tienen que empezar a creer que en esas tradiciones hay algo de cierto, pues se les van a poner enfrente, los van a perseguir por algo que hicieron en el pasado y que las contraviene.
La narración comienza de manera fabulosa, con un ritmo irremediablemente magnético aunque aún no sepamos nada de lo que está ocurriendo, a través de técnicas que se asocian a las cinematográficas. El misterio forma parte del atractivo. La narración va poniendo el foco en diferentes personajes en diferentes lugares hasta que el lector va encajando las líneas narrativas. Y progresivamente somos testigos de cómo estos personajes han intentado ir dejando atrás sus tradiciones sin llegar a integrarse de ningún modo en una sociedad que los desprecia, que se burla de ellos. Me causó impacto la manera en la que refleja el desdén con el que son tratados, de una manera tan sencilla como cuando alguien se dirige a uno de los personajes como jefe. Esa simplificación de toda una cultura en un simple vocablo es acertadísima. Ellos son conscientes de que han ido abandonando la cultura a la que pertenecen y no han llegado a ningún lado, se han quedado en ningún lugar:
Venimos de donde venimos. Las cicatrices forman parte
del trato. (Pág. 72)
Hay un momento (pág. 82) en el que Ricky hace un gesto imitando a un cazador idéntico al que tienen las caretas de indios en los estancos. Se produce una imagen paradójica en la que un nativo imita el aspecto de esos indios idealizados, prototipos que ellos rechazan que en realidad son ellos mismos, pero que se encuentran ahora lejos de lo que son. Ese momento es muy revelador.
Stephen Graham Jones maneja muy bien el suspense incluyendo referencias a lo que no ha ocurrido a través del pensamiento de los personajes, o incluso a lo que aún no sabemos que ocurrió —y ellos sí— cuando hay alguna analepsis en la que un personaje recuerda los momentos anteriores al hecho que desencadena la trama y, desde el presente, quiere que el tiempo se hubiese detenido en ese momento para que no ocurra lo que ocurrió/ocurrirá. Eso mantiene al lector inmerso en el desarrollo de la narración, lo envuelve.
El conflicto de identidad de cada personaje se muestra en unos reveladores diálogos, como en el que Gabe le pregunta a Nathan si se ha curado ya tras un incidente, y él responde: ¿De qué? ¿De ser indio? Mientras que el conflicto que mantienen con la sociedad aparece en otro en el que Cassidy habla como lo haría un auténtico indio refiriéndose a otro de ellos:
El hombre blanco dicta las leyes. Que lo arresten da fe de
que es indio.
Pero no olvidemos que estamos hablando de una novela de terror en la que hay espíritus, apariciones y sangre. La forma en la que Stephen Graham Jones plantea y desarrolla las escenas más escabrosas y sangrientas o las sobrenaturales es de lo más atractivo. Como la precisa descripción en la que Lewis ve por primera vez algo (no voy a precisar el qué para no estropear la lectura a nadie) desde lo alto de una escalera sin estar seguro de lo que está viendo. Del mismo modo que no es difícil que el lector se sorprenda horrorizado y al tiempo sonriendo arrastrado por el estilo del autor. Sin desvelar nada de la trama puedo decir que hay un pasaje en el garaje de Lewis en el que uno va anticipando lo que va a pasar esperando que no pase, y cuando ocurre está todo tan bien narrado que, aunque cierre un ojo porque no quiere «verlo» mantiene el otro abierto para no perderse nada.
La novela cuenta con un premio extra que es el final. En el género de terror es frecuente encontrarse con finales decepcionantes o con poco interés cuando el lector ya sabe cómo acabará previsiblemente. En El único indio bueno no sólo no ocurre esto, sino que la novela se eleva en el último tramo: asfixiante, intrépido, con un ritmo vertiginoso y con un elemento de reflexión y emotividad hermoso. En él están presentes la espiritualidad de las tradiciones, la comprensión de la propia identidad y la presencia de la naturaleza y la vida. Con ello la satisfacción al cierre de la novela es enorme, y la certeza de que ha leído una gran novela, indudable.