Anaquel

LAYLA MARTÍNEZ. Carcoma (Amor de madre, 2021)

LAYLA MARTÍNEZ. Carcoma (Amor de madre, 2021)

Un niño pequeño y una puerta abierta

Por José Ramón González.

 

 Layla MARTÍNEZ. Carcoma coverHacía tiempo que no leía en una novela reciente —publicada en los últimos años— una frase inicial tan potente, tan expresiva y perturbadora, tan depurada, tan poderosamente atrapante, como la que abre Carcoma. Es como uno de esos brazos que asoman de debajo de las camas en la casa en la que viven las protagonistas, que te pilla por sorpresa (no como a ellas, que los conocen bien y no se dejan enganchar). La dedicatoria precedente ya me había sacudido al incluir una referencia sobrenatural en un contexto de carácter íntimo (y supuestamente autobiográfico, o sea, real) de la autora.

Dos mujeres, una joven y su abuela, viven en una casa que actúa, reacciona, siente e interviene en la vida de los que habitan en ella. Está llena de fantasmas, espíritus vagabundos, presencias, santas que se aparecen y se comunican. Pero ellas ya lo saben, los conocen y conviven con ellos. Dos narradoras que exponen su situación, antecedentes y circunstancias y, sobre todo, que tratan de dar explicación a algo que ha ocurrido relacionado con un niño y una puerta que se quedó abierta. Las puertas son, a propósito, un objeto simbólico (desde esa primera línea a la que hemos aludido): señala el umbral que separa espacios que protegen de espacios amenazantes (¿cuál es uno y cuál es otro?), la libertad de la reclusión (¿cuál es uno y cuál otro?), lo real y lo sobrenatural, la vida y la muerte. Es ésta una ambigüedad que ejerce de eje funcional en todo el texto, lo que genera inquietud e incomodidad pues no permite que el lector mantenga certeza alguna sobre casi nada. Para ello hay construcciones que se mantienen a lo largo del texto por parte de las dos narradoras que oponen conceptos, afirmaciones, sin decantarse por ninguna de ellas, con lo que transmite igualmente una sensación de desidia, de inacción, de conformismo (nada va a cambiar):

 

La casa estrechó sus muros y su techo sobre nosotras, se nos
echó encima quién sabe si para protegernos o para ahogarnos,
quizá para las dos cosas porque entre estas cuatro paredes no
hay mucha diferencia.
(pág. 18)

 

Todo rodeado de odios, venganzas, resentimientos y rencores heredados de los que no es posible escapar, porque la sociedad, el sistema, no lo va a permitir; conflictos de clase, de género, de ideología.

Los hechos que se narran alcanzan a cuatro generaciones, lo que permite exponer con generosidad la herencia de resentimientos, desde antes de la Guerra Civil hasta la actualidad. Las voces de las dos narradoras se alternan, recurso muy adecuado, ya que ofrece la posibilidad de que cada personaje cuente aquellos momentos de la historia que le son más cercanos y así abarcar todo ese amplio arco temporal. Al mismo tiempo, por arriba y por abajo, hay un tiempo en el que las historias confluyen. Llamativamente una generación queda ausente, la de la madre de la joven (hija de la abuela), que constituye la incógnita, la X, un agujero en la trama. Alrededor de ese personaje hay un drama de carácter algo folletinesco cuya resolución queda en el aire, es el lector el que debe interpretar o suponer o conjeturar acerca de ello: no voy a hacer mención a esta parte para no sabotear la lectura a quienes no lo hayan hecho, pero aclaro que a mí no me inquieta en exceso saber cuál de los dos personajes masculinos relacionados con la, llamémosla, «madre» es responsable de lo que le ocurre, pero sí es indudablemente relevante el hecho de que la madre fuera el único personaje que pensaba que muchas cosas habían cambiado en el país (ella pertenece a la generación de la recién estrenada democracia). Esa ingenuidad —o esperanza— es en parte la causa de su desgracia, y su castigo.

Entre los relatos de estas dos narradoras no se dan contradicciones, a pesar de que la abuela insiste en alguna ocasión en que no hay que creer lo que dice su nieta. Parece que en realidad hace referencia a la versión que da la nieta sobre los hechos relacionados con el asunto del niño. Creo que las dos voces se complementan para construir la historia, progresan en intensidad en paralelo, facilitan que se mantenga la intriga y convergen en la parte final. Además permiten apreciar cómo hay aspectos de la sociedad que no cambian a pesar de que sí lo hagan las condiciones y el desarrollo del país. Ambos personajes van revelando cómo va creciendo el resentimiento, el odio, esa carcoma que envenena y no deja vivir, asociados a los abusos de los ricos (en ese contexto conocido de la posguerra española y que remite a autores de la generación como Delibes) sobre los pobres o desfavorecidos:

 

[…] eran rápidas de mandar pero lentas de pagar, como todos los
señoritos miserables que aparentan más que tienen.

 

Pero no desviemos la atención del hecho de que Carcoma es una novela de terror. Este asunto parece que ha generado cierta controversia. Hay quienes afirman que el marco de la novela de terror no es más que un recurso o una «excusa» para contar una historia de tipo realista. No comparto esa lectura de la novela. Carcoma es lo que es: una novela de terror en la que intervienen otros muchos condicionantes narrativos que no se superponen a lo anterior, no lo desplazan, lo complementan. La novela no deja a un lado los elementos sobrenaturales, esenciales para lograr la tensión, la incomodidad, el misterio y el desasosiego. El terror consigue sacudir emociones profundas que se imbrican de manera natural con los que genera la historia de rencores heredados fruto de las condiciones históricas y sociales que hacen referencia a la realidad del país durante todo el tiempo que abarca la narración. No en vano hay una clara relación de la novela tanto con el relato «El barril de amontillado» de E. A. Poe (no quiero revelar aquí tampoco nada de la trama, aunque sí es destacable que la autora dé la vuelta al papel de los personajes masculinos y femeninos), como con Los girasoles ciegos, la novela de Alberto Méndez, algo muy astuto por parte de Layla Martínez y admirablemente construido.

Entre estos componentes sobrenaturales destaca el de la brujería, la santería, las supersticiones. Para estas dos mujeres la brujería es un poder, o supone poder, más aún en su caso, el de dos mujeres que viven solas, sin hombres en la casa, en una sociedad y en una época en los que ese poder les sirve de protección frente a las nada descartables amenazas. Las protege aunque también las aísla. Al mismo tiempo pone de manifiesto la hipocresía de una sociedad que las teme y las rechaza pero que acude a ellas cuando la desesperación les señala el camino en dirección a la casa. Otro acierto de la autora a la que pocas cosas se le escapan. En Carcoma da la sensación de que está todo pulido, concentrado. Quizás puedan chirriar las apelaciones a un interlocutor que no se sabe con certeza quién es, o algunos deícticos temporales. Nada que estropee una lectura casi impecable, terriblemente bien construida y depurada, concentrada, evidentemente muy trabajada. Con sentencias rotundas que no caen en la página como el goterón de una pluma, sino que tienen sustancia, hablan de las circunstancias narrativas y de la condición de los personajes y sus relaciones:

 

Pero mi marido era demasiado miedoso o demasiado honrado,
las dos peores cosas que puede ser un pobre
(pág. 92)
[…] mi padre era mucho peor cuando mantenía su palabra que
cuando no lo hacía.
(pág. 39)

 

La novela que fue finalista del National Book Award en 2024, tras su traducción al inglés, hecho que pone de manifiesto el atractivo y la valía indiscutible de un texto arrebatador.

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1 Comentario

  1. Muy bien explicado,y con ganas de leerlo

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