Anaquel

PETER BENCHLEY. Tiburón (1973)

PETER BENCHLEY. Tiburón (1973)

El pez, la bestia, el monstruo, la pesadilla

Por José Ramón González.

 

Peter BENCHLEY. Tiburón (1973) coverNunca había sentido interés por leer la novela de Peter Benchley en la que se basó Steven Spielberg para rodar su película, aquella que lanzó el nombre del joven cineasta de entonces veintisiete años hasta el firmamento de los imprescindibles de la historia del cine, aquella que marcó un cambio en la manera de entender —y consumir— el cine; la que, para muchos, es una obra de referencia indiscutible. Soy spielbergiano incondicional. No sé por qué motivo siempre he pensado que Jaws, la novela de Benchley, debía de ser una de esas que suelen llamar «de aeropuerto» o «de estación», novelas de tramas sencillas y entretenidas, sin mucha profundidad, que se vendían en los quioscos de prensa de las salas de espera de estaciones y aeropuertos y que trataban de ofrecer un entretenimiento en sus trayectos a los viajeros poco previsores.

Hace unos meses encontré el libro de Peter Benchley en una librería de segunda mano, la edición española de 1973 publicada por Círculo de Lectores y con traducción de Sebastián Martínez y Luis Vigil, que procedía de la editorial Pomaire. No dudé en cogerlo, la verdad. No era consciente de que poco después se cumpliría el 50 aniversario del estreno de la película de Spielberg, así que cuando empezaron a aparecer en prensa artículos dedicados a la celebración de la efeméride, el libro parecía que se me había anticipado para prepararme el homenaje —soy muy dado a interpretar señales; las coincidencias no existen, ya lo he dicho en otras ocasiones—, así que lo leí.

Planeta ha publicado recientemente una edición conmemorativa que he ojeado en alguna librería. Sólo por curiosidad he comprobado qué cambios había en la nueva traducción de Javier Calvo; aparentemente se toma más libertades, puesto que la traducción de 1973, al menos en lo que he podido revisar un poco por encima, parece más fiel al original, pues se refiere al protagonista del título como «el gran pez» y no como «el tiburón» como se hace en la nueva traducción. En el original se dice, efectivamente, «the big fish», y aunque la traducción de 1973 es demasiado literal en algunas partes, prefiero esa fidelidad (al menos en este aspecto) a esta «adaptación» por la que se ha optado en la más reciente, pues el término «gran pez» evoca la idea de algo desconocido y amenazador; no le pone nombre («el pez, la bestia, el monstruo, la pesadilla», se dice al comienzo de la tercera parte), por lo que, aunque con todo lo que sabemos ahora no tenemos duda de que se trata de un gran tiburón blanco (y así nos lo desvela el título en español, otro destripe), se aprecia la idea original del autor de no revelar inmediatamente de qué monstruo se trata, evidencia que se observa ya en el título: cuenta Benchley que el término jaws no era de uso muy común. Incluso Spielberg asegura que cuando vio el título antes de que se publicara la novela, pensó que se trataba de una historia de dentistas. De cualquier modo es una observación superficial a simple vista, ya que no he leído la nueva versión y, por tanto, es probable que no tenga en cuenta otras virtudes en la traducción, o los añadidos que incluye a modo de conmemoración.

La historia no es de dentistas, pero sí de dientes, de colmillos, de fauces y de devoradores. La historia es bien conocida: a las playas de la localidad costera de Amity llega un gran animal marino que ataca a los bañistas, los devora. Pocos se explican lo que puede ser, aunque sospechan que pueda tratarse de un gran tiburón blanco. La presencia del monstruo marino es el detonante que permite poner de manifiesto la precaria situación de Amity, cuyos vecinos sobreviven gracias a los ingresos que genera la llegada de las familias de alta clase social en los meses de verano. Si no se puede aprovechar el beneficio que proporciona la visita de estos veraneantes porque no lleguen por miedo a la presencia del tiburón, el pueblo se hunde. Éste es el drama principal de la novela, ahí están las dentaduras que trituran las vidas de los habitantes de Amity. Y no sólo ahí, pues donde hay pobreza hay miseria, de la moral también, por lo que no faltan los gerifaltes que tratan con mafiosos, como el alcalde Vaughan, que hace inversiones asociado con una de las familias de Nueva York (esta trama se suprime en la película para lograr el objetivo de Spielberg de rodar una auténtica y pura película de aventuras).

El jefe de policía Brody tiene que enfrentarse no sólo al escualo, sino a las trabas que le ponen sus vecinos, el consejo de la localidad —que de igual modo sacrifica la seguridad de los bañistas por proteger sus negocios—, que no quiere que Brody cierre las playas, y con ello su principal fuente de ingresos para todo el año. La presión que soporta Brody es uno de los aspectos que, a mi juicio, están más logrados en la narración: las muertes que se producen posteriormente por transigir en no cerrar las playas —bajo la amenaza de perder su puesto— caen sobre su conciencia. A eso se suma otra línea dramática, también suprimida en la película pero de gran peso en la novela: la infidelidad de Ellen, su esposa, acomplejada y avergonzada por haber perdido su condición de clase. Ellen era hija de una de esas familias adineradas que llegaban a Amity en verano, se enamoró de Brody, se casaron y se quedaron allí. Ellen, una vez que ha criado a sus hijos, siente la necesidad de recuperar su antigua posición, porque, además, a pesar de llevar tantos años en Amity, para los locales sigue siendo de «los de fuera». La llegada de Hooper, del Instituto Oceanográfico de Woods Hole y hermano de un antiguo novio de Ellen, le brinda, a sus ojos, la oportunidad —aunque no es más que un espejismo, una ilusión— de revivir su pasado (ya sabemos que eso no es posible: el pasado sólo existe en el recuerdo). La infidelidad la consuma no porque no ame a su marido, es tan solo una concesión a sus ansias de ser relevante, de sentirse alguien, o de sentirse otra, la que fue. Esta subtrama narrativa es relevante en la novela, ya que condiciona la relación de Brody con Hooper, que sospecha de la infidelidad de Ellen, y en la tercera parte en la que se narra la persecución del tiburón, la tensión aumenta por el enfrentamiento entre los dos personajes que luchan por su supervivencia, junto a un tercero, a bordo de la lancha en el mar.

Pero ésa es la tercera parte de la novela, la más breve, y es en la que tiene lugar el desarrollo de la narración correspondiente a la caza del tiburón (con sus reminiscencias a Moby Dick, y en la que adquiere relevancia el personaje de Quint —cuyo nombre y carácter me hace pensar, además de en Ahab, puede que injustificadamente en el jardinero de Otra vuelta de tuerca—). En las dos partes precedentes la trama es social, realista, con elementos de intriga política, en las que las breves apariciones del gran pez y las descripciones detalladas de sus sangrientos ataques y de los cuerpos mutilados de las víctimas tiñen la trama de elementos cercanos al género de terror, pero no transforman, a mi juicio, el libro en una novela de género. Los diálogos creo que no están muy logrados, no resultan fluidos ni ágiles, ni perfilan particularmente bien a los personajes, no consiguen caracterizarlos. A pesar del éxito que obtuvo el libro no estamos ante una gran novela, aunque ciertamente no se lea igual ahora que antes de que se estrenase la película que, en mi opinión, alcanza en su ámbito artístico, unos logros muy superiores a los de su original literario, y eso que el planteamiento podría haber proporcionado material para un drama social mucho más penetrante y crítico o, al menos, mejor aprovechado si hubiese habido un desarrollo de los personajes más «visible». Las imágenes de la obra de Spielberg son tan poderosas que, inevitablemente, condicionan la lectura. No importa que se describa a Quint como un tipo alto, calvo y delgado, con nariz larga y recta y los ojos negros (como los del tiburón, por cierto); nosotros vemos a Robert Shaw. Spielberg ya había rodado una película con un tiburón mecánico, de metal, con motor y ruedas, unos años antes: El diablo sobre ruedas (Duel, 1971), y a los dos bichos los contemplamos terminar de manera muy parecida en unos planos casi similares.

Es posible que si Richard Zanuck y David Brown no hubiesen comprado los derechos de la novela antes de su publicación, ésta no habría alcanzado la popularidad que logró, aunque esto es una conjetura aventurada. Pero quizás, si eso no hubiese pasado, se habría quedado como una de esas novelas entretenidas, de las que se vendían en las estaciones de tren o en las salas de espera de los aeropuertos, de esas que cuando las leían los viajeros poco previsores pensaban: qué buena película se haría con este libro.

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