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El advenimiento en clásico de «We’re not gonna take it»

Por José Ramón González.

 

¿Cuál es el momento, el instante concreto en el que una obra artística adquiere la categoría de clásico? Con toda seguridad no se tratará de un momento, sino de un proceso, pero he aquí que he tenido la fortuna de asistir a una de esas ocasiones en las que el tiempo y la historia te regalan un fogonazo de luz, una revelación en la que tomas consciencia de que justo ahí tienes delante algo irrepetible.

Una de las definiciones que se da de clásico en algunos ámbitos hace referencia a aquellas obras artísticas que siguen teniendo significado para nuevos receptores a pesar de los años o siglos transcurridos y que, en muchas ocasiones, no sólo eso sino que se cargan de significados nuevos que no tenían en su origen. Su riqueza, su trascendencia o su unicidad, a veces su capacidad para conservar y transmitir sensaciones propias de su tiempo sin haber avejentado, o su potencial para seguir encontrando nuevos destinatarios décadas después de su nacimiento hacen de estas obras piezas extraordinarias. Incluso podemos toparnos, sin esperarlo a veces, con que una obra que en el momento de su creación no gozaba de prestigio o ni siquiera consiguió llamar la atención de sus coetáneos, va poco a poco adquiriendo relevancia para quienes no habían nacido cuando apareció, y la convierten en un clásico inesperado.

Dentro de este calificativo es fácil encontrar diferentes categorías: nuevo clásico, tapado o clásico durmiente («sleeper» dicen los culturetas), obra de culto —que es otra forma de clásico—, clásico para tal o cual colectivo o clásico sólo en determinado subgénero. Incluso existen los falsos clásicos, esas obras a las que se las llama así por la costumbre de tenerlas cerca durante tanto tiempo; se les podría llamar los «clásicos para mí». Es disculpable confundirlos porque en algunas disciplinas artísticas causa los mismos efectos que una adicción. En la música es esa canción o álbum que uno escucha una y otra vez, casi compulsivamente, sin llegar a cansarse; al contrario, el aficionado no ve llegar el momento de encontrarse con ella una vez más para volver a disfrutar de sus efectos. Y esto le ocurre a la generación siguiente, y a la siguiente y a la siguiente cuando la descubre sorprendida y admirada de su poder para sacudir sus emociones. El clásico soporta modas, caprichos y gustos.

Lo que no es fácil es asistir en directo al momento de la constatación en el que una obra de arte deviene en clásico. Una prueba de que un disco es un clásico se da cuando cuarenta años después se encuentra con una niña de catorce y la sorprendes —y te sorprendes— viéndola disfrutar cantando una de las canciones incluidas en aquel álbum que tú adorabas en la adolescencia. Y he aquí el fogonazo: hace unas semanas mi sobrina (niña bastante especial, es cierto) estaba viendo con su hermano pequeño y sus padres un episodio de la serie Cobra Kai (después de un par de temporadas uno empieza a toparse con que la serie, más estirada que la cara de Faye Dunaway, es más una culebra —o culebrón— que una cobra). En ese episodio de la segunda temporada, durante el entrenamiento de los chavales que forman parte de la escuela del título de la serie, suena de fondo «We’re not gonna take it» de Twisted Sister. Su madre, educada por sus hermanos mayores bajo los acogedores abrigos del hard rock y el heavy metal de los ochenta, dejó escapar su entusiasmo al escuchar la canción: «¡Anda, Mötley Crüe!» a lo que la niña respondió asombrada: «Pero mamá, si son Twisted Sister».

Cuando una adolescente nacida en 2011 sabe diferenciar a Twisted Sister de Mötley Crüe estamos ante la constatación de que esos nombres son clásicos. Y no es sólo porque sepa hacerlo, sino porque nadie se lo ha enseñado. ¡Su madre sí que debería saberlo, caray! Mi asombro viene del hecho de que mi sobrina no tiene a alguien que le ponga esas canciones, ha llegado a ellas sola; o mejor, me gusta pensar que han sido las canciones las que la han encontrado a ella. Y le encantan. Esas melodías han viajado en el tiempo, se han perdido en el espacio, han sido despreciadas, rechazadas, olvidadas, rencontradas, recuperadas y adoradas con sorpresa y entusiasmo cuarenta años después.

No todos los clásicos tienen que gustarnos. Lo son a pesar de los criterios y los gustos de cada uno. Puede ocurrir asimismo al contrario, que no lo sean aunque nos empeñemos en llamarlos así. Twisted Sister y sus discos —sus clásicos— Stay hungry (1984) y Come out and play (1985) han resistido el paso de la apisonadora del tiempo, y además con menos mérito que otros títulos de bandas de su generación; en mi opinión, a pesar del celebrado éxito —y bien ganado, no se me malinterprete— de su disco de 1984 resultan mucho más atractivas sus dos primeras obras, no tan descaradamente comerciales como ésta. Es verdad que nunca he sido muy entusiasta de Twisted Sister, aunque disfrutara con sus tonadas en mi época adolescente, cuando sus discos se vendían como churros, y por supuesto yo los compraba y los disfrutaba según salían. Ese mérito no se les puede arrebatar. Ni tampoco el hecho de que sigan siendo recordados sin que hayan publicado nada nuevo desde 1987. ¡Eso sí que tiene mérito!, seguir de gira durante décadas por ser los autores de «We’re not gonna take it» y «I wanna rock» (canción sanadora y milagrosa, por cierto, en la citada serie).

Vosotros habéis ganado, Twisted Sister. Y cuánto me alegro. Siento un estúpido orgullo al reconocerme en la felicidad de quien, como yo hice muchos años atrás, canta con expresión de inocente vitalidad esa canción cuya melodía era imposible de esquivar. Bailaba y les cantaba el estribillo a la cara a mis amigos y a otros muchos desconocidos que nos sonreían, que disfrutaban junto a nosotros. Ahora, busco en mi colección mi disco de Stay hungry y lo vuelvo a poner. No es nostalgia, es clasicismo; es pleitesía y respeto. Es rendición ante el poder de una creación artística cuya alma sigue viva, que encuentra a sus receptores atravesando el tiempo y el espacio, que recupera su poder de seducción como lo tenía cuatro décadas atrás. Y se topa con una niña de catorce años que dice en alto el nombre de la banda que la creó. Y así la invoca, y con ello vuelve a la vida. Y yo, que estaba allí cuando aquella canción sonaba casi por primera vez, le doy oxígeno de nuevo, le hago el boca a boca, el masaje cardíaco para reanimarla, para que vuelva. Pongo la aguja en sus negros y brillantes surcos, repito la invocación: Play it loud, mutha! ¿No será la canción la que me ha dado el oxígeno a mí?

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1 Comentario

  1. Que razón!!! Y qué bien escrito, muy emocionante las palabras tan ciertas y «acertadas» Un orgullo de generación!!!

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