Parásitos
Por Serbal.
Aunque el título Parásitos da pie a pensar en la premiada película coreana, no van por ahí los tiros, y es que existen muchos tipos de parasitismo, como la maternidad; y no me refiero a los hijos que permanecen en casa de los padres hasta la treintena y más allá (aunque hay que comprender que la situación de la vivienda se las trae) sino a toda criatura viviente (entre las que me incluyo) que, ya en el útero materno, están dando por saco: las pataditas, los vómitos, las estrías… Pero es que esa disposición se multiplica a partir de que asoman la cabecita por «el origen del mundo» (como lo llama Courbet): los llantos, las noches sin pegar ojo, amamantarlas cada escasas horas… pueden minar la energía de cualquier madre amantísima hasta el punto de llegar a hacerla enloquecer. Precisamente, ese sería el ingrediente principal en la elaboración de la novela de terror Donde yo termino de la también premiada Sophie White.
Esta novela publicada en España por la editorial La Biblioteca de Carfax, especializada en el género, sorprende por la crudeza e hiperrealismo con los que la autora describe el cuerpo en sus diferentes estados, desde el embarazo hasta la decrepitud. Me río yo del malestar generado en algunas personas al visionar el film La sustancia. La protagonista del libro, y a su vez narradora, llamada Aoileann (nombre irlandés que, paradójicamente, tiene el significado de “dama hermosa”) se convierte en la cuidadora, aunque involuntaria, y, por lo tanto, en madre de su progenitora. Hay una inversión de los papeles materno-filiales por la que Aoileann se ve obligada a limpiar a su madre, cambiarle los pañales, darle de comer y otras tareas igualmente “agradables”.
La obra es, en mayor medida, un manual detalladísimo sobre las labores que realiza la joven protagonista para cuidar de su madre. Imagínense el hastío y repulsión que puede llegar a provocar. Parece que el cuerpo y sus enfermedades, tanto físicas como mentales, son una obsesión para la autora. No hay más que ojear el título de su último libro: Corpsing: My Body and Other Horror Shows. Pero no se lleven al error de pensar que la historia es un “bodrio” porque no lo es. Todo está descrito con una exactitud lingüística e imágenes tan monótonas, pero vívidas y realistas que saben cómo transmitir el automatismo y la ausencia de vida tanto de la madre como de la hija; ambas, la madre, debido a su “enfermedad,” y la hija, por su absoluta dedicación como cuidadora, se ven condenadas a existir, que no vivir. Por eso resultan de una sensibilidad atroz los momentos en los que Aoileann despierta a la vida. El mar, símbolo del líquido amniótico y de la figura materna y, por qué no, del sexo, y el personaje de Rachel, que hace las veces de madre y amante, son los pilares de ese despertar, para bien y para mal.
Donde yo termino también es un excelente ejemplo del llamado “folk horror.” La historia transcurre en una isla de Irlanda, que dista de los hábitats idílicos que se presuponen en esos paisajes rodeados de la inmensidad del mar. Frente a la ingenuidad de los personajes provenientes del “continente”, que creen en las bondades de los isleños y sus tradiciones, la novela nos muestra a una comunidad cerrada y cerril; ignorante, temerosa y hostil hacia lo diferente. Llámese “diferente” a lo que no se gesta en la isla. Se desprecia a los que son de fuera (¿les resulta familiar?) y Aoileann, por descender de una foránea, también lo es. Es una isla dentro de la isla. Los isleños la evitan, la temen y la odian (aunque esto, ¡cómo no!, no es impedimento para abusar de ella); su casa, cerrada a cal y canto, está situada en un acantilado alejado de la zona poblada y de peligroso acceso. Es un edificio en ruinas, que representa a la perfección la decadencia física y mental de sus moradoras, pertenecientes a tres generaciones: la abuela que, no por casualidad, fue durante mucho tiempo matrona (tópico de la maternidad), la madre y Aoilann. El padre, que va y viene, está la mayor parte del tiempo ausente y ciego a la realidad: la dureza y falta de sensibilidad de su madre, la enfermedad de su mujer y las rarezas de su hija.
Pero, también hay otra cosa de la que recelan los habitantes de la isla, del noble oficio de pescadores: el mar. Este es un dios “lovecraftniano,” que mata arbitrariamente a los que se sirven de él. Mientras que para ellos sería una representación paterna divina y temida, para Aoileann sería “la mar,” imagen materna de vida y amor. Otro rasgo que recuerda a ciertos personajes de las historias de Lovecraft, sería el ritual macabro que practican los isleños para ocuparse de sus muertos, ya que no los meten bajo tierra, debido a que la isla posee poca profundidad, sino que los cuelgan en los árboles (¡bonita visión!). ¡Si supieran que siguen la misma práctica que los indios de Huellas, de Louise Erdrich! Y es que la relación de la protagonista con el mar y los isleños se asemeja a la de Fleur (uno de los personajes femeninos de la obra de Louise Erdrich) con el lago y los otros nativos, que también la temen por su supuesta habilidad para manejar al que llaman monstruo del lago.
Del mismo modo, el personaje femenino (Agnes) de Hamnet, de Maggie O’Farrell, también es incomprendido por su carácter asalvajado, que se manifiesta en su estrecha relación con el bosque y sus extrañas visiones. Además, otro punto en común con esta obra es la traumática experiencia de la maternidad, tema en el que también profundiza la autora nativo americana de Huellas. Se podría afirmar que la naturaleza, tan ligada al cosmos femenino, se define en el libro de Sophie White, como los humanos, por su bestialidad.
Otro de los aspectos que impactan es la carnalidad y brutalidad con las que Aoileann siente el amor, como un “apetito” voraz, como la búsqueda de satisfacer el “hambre” de brazos y abrazos; como si, tanto su madre como Rachel, aparecieran cosificadas, transformadas en un amasijo de pechos, brazos… a través de los cuales saciarse; como si fuera el bebé de Rachel, convertido en un bebé agigantado y monstruoso, que se agarra al pecho de esta con desesperación (imagen personificada de la escultura creada por Rachel y que refleja su experiencia con la maternidad).
La obra también es una búsqueda de la propia identidad a través de la historia de la madre. En este sentido, está relacionada con la también aclamada Bajo la superficie, de Daisy Johnson, interesante revisitación del mito de Edipo, pasado por la filosofía “Woke” (¡qué necesaria resulta todavía!). En esta novela la protagonista busca y, al mismo tiempo, huye de sus padres, a los que no conoce, bajo el terrible vaticinio, anunciado por una vecina vidente, de que se acostará con su madre y matará a su padre.
El final de Donde yo termino es un reconocimiento y aceptación de la protagonista que pasa por el filtro de la vida y muerte de la madre. Donde termina una empieza la otra, mezclándose con toda la crudeza, aunque yo observo una diferencia, la culpa. El sentimiento de culpabilidad de la madre por su maternidad “malsana,” se convierte en liberación descarnada en la hija. La escena final (¡ojo! posible spoiler) del cadáver colgado con la terrorífica sonrisa de la película Smile o del rostro de Pearl, al final del film con el mismo título, con la que también veo similitudes, es una penitencia, largo tiempo buscada por una, y un acto de libertad, primitiva pero primordial, para la otra.
Para finalizar, la obra podría emparentarse con la corriente naturalista de fines del siglo XIX y el gótico sureño. ¡Cuánto me recuerda Aoileann a Merricat, la protagonista y narradora de Siempre hemos vivido en el castillo, obra maestra de la indiscutible reina del terror Shirley Jackson! “Pobre” Merricat, enclaustrada durante años en la vieja mansión familiar, lejos de las miradas y habladurías de los pueblerinos.
Definitivamente, hay que aceptar que somos fruto de nuestros genes y del entorno en el que nos criamos. No hay escapatoria.