Bella agresividad
Por José Ramón González.
Foto: Fred Kowalo.
La sensación que tuve al escuchar por primera vez las canciones que abren el nuevo álbum de Testament fue que, afortunadamente, no habían hecho nada fuera de lo que suelen hacer y eso me gustaba, y me reconfortaba comprobar lo bien que sonaba, excepcionalmente compacto, algo por otro lado nada nuevo en la banda. Reconocía muchos clichés de su trayectoria aunque percibí con claridad que era especialmente cañero. Fue necesaria sólo una segunda escucha para darme cuenta de que estaba ante una obra extraordinaria, soberbia, grandiosa, monumental. A diferencia de su anterior Titans of creation (2020), igualmente bueno aunque más homogéneo en estilo, Para Bellum es un disco muy variado. Después de casi cuarenta años de carrera no sólo mantienen, sino que subliman sus mayores virtudes, haciendo parecer nuevo lo viejo y clásico lo actual. Dentro de la misma obra son capaces de moverse entre el metal extremo y el thrash clásico sin que nada rechine, logrando una cohesión inaudita, y una emoción auténtica. No sé qué demonios les ha pasado en estos cinco años para haber llegado a este estado de gracia, para que hayan entregado un trabajo tan potente, cargado de verdadera rabia al mismo tiempo que dibujan formas con una elegancia absolutamente deslumbrante. Podríamos hablar de un álbum de una bellísima agresividad. Para Bellum muestra a una banda enchufadísima —diríase coloquialmente—. No me extraña que hayan dedicado ocho meses a grabarlo y seis a mezclarlo, se aprecia en cada detalle ya desde el cuidado en el diseño del libreto —obra de nuevo de Eliran Kantor— cuya portada y título se complementan con la galleta del CD en la que puede leerse Si vas pacem («Si quieres la paz») para completar la máxima latina atribuida, erróneamente, a Julio César, y las fotografías del libreto cargadas de épica, en especial las de Chuck Billy y Eric Peterson, que transmiten una imagen de guerreros al tiempo que refuerzan la idea de batalla. La producción, a cargo de Billy y Peterson junto a, de nuevo, Juan Urteaga, es magnífica, permite disfrutar de cada instrumento y distinguir la voz sin que se produzca saturación ni fatiga, en especial en las canciones más cañeras, como por ejemplo en la casi extrema y grandiosa «For the love of pain» que abre el disco o «Infanticide A.I.». En ambas podemos observar el contenido temático de las letras de las composiciones en el que se sanciona la intolerable convivencia con el dolor y el sufrimiento con los que cargamos generado por los poderosos, o cómo arruinamos la infancia y el futuro de los jóvenes y niños permitiéndoles que la tecnología domine su realidad. En estas dos primeras explosiones de energía del álbum me parece apreciar el entusiasmo de unos debutantes junto a la sabiduría de unos músicos que aprovechan el conocimiento que proporciona la experiencia.
Las reconocibles guitarras gordas de la banda nos deleitan en «Shadow people» —qué emocionante es escuchar ese sonido—, al igual que en «Room 117», de corte muy clásico, casi rozando el heavy metal de vieja escuela. Y en esa línea clásica, pero de thrash metal, encontramos la intachable «Havana syndrome», puro Testament con un arranque que parece una autorrefencia a «Electric crown» y todo un festín para los amantes de The ritual. Entregan la balada «Mean to be», la primera en muchos años, impecable, elegante y dramática, con unos estremecedores arreglos de cuerdas a cargo de Dave Eggar y Chuck Palmer, sobre la incapacidad para enfrentarse a una ruptura sentimental.
Hay notas de jazz en el arranque de «High noon» —¡qué apoteósica entrada de Chuck Billy!—, con un trabajazo tremendo del nuevo fichaje Chris Dovas, quien sospecho que ha insuflado energía adicional al grupo. Parece que su implicación y compromiso con la banda han sido determinantes en la creación de Para Bellum; está deslumbrante a lo largo de todo el álbum. Lo de Steve DiGiorgio es casi indescriptible, al igual que resulta supervacáneo comentar el magistral, espectacular y precioso trabajo de Eric Peterson y Alex Skolnick en las guitarras; las guitarras de Testament.
Cambios de ritmo en las canciones, guitarras dobles a lo Thin Lizzy, voces guturales, gritos, melodías con las que Chuck Billy se adapta a cada canción con la naturalidad de la gelatina…
Ahora mismo no se me ocurriría escuchar Para Bellum si no es de principio a fin. Es una obra que me cuesta trocear, pierde parte de su sentido, de su grandeza si se escucha sólo una canción, a pesar de que cada una de ellas sea excelente. El conjunto se desarrolla con unas dinámicas tan ricas, con tanta variedad estilística, con una instrumentación tan apabullante que creo que sin escucharlo entero se desperdicia el disfrute completo, no es posible apreciarlo en toda su magnífica musicalidad diamantina: pulida, filosa, pero al mismo tiempo brillante y emocionante.

TESTAMENT:
CHUCK BILLY: Cantante
ERIC PETERSON: Guitarra
ALEX SKOLNICK: Guitarra
STEVE DIGIORGIO: Bajo
CHRIS DOVAS: Batería