Una vida de 365 años
Por José Ramón González.
Foto: Timo Jäger.
Qué se puede decir de Deep Purple en 2026, cuando están a punto de cumplir sesenta años de carrera, cuando todo lo que tendrían que haber hecho ya lo han logrado, después de haber escrito algunas de las páginas imprescindibles de la historia de la música moderna. Varias de sus obras son de escucha obligatoria si se quiere entender de qué va el rock y por qué algunas bandas de hoy suenan como suenan. Sin embargo, aquí siguen ellos en una eterna juventud creativa a reventar de energía, unos abuelos de ochenta años (a excepción de la última incorporación de la banda, Simon McBride, un jovencito que aún no ha cumplido los cincuenta). Me hace gracia —y me indigna un poco— que cada vez que sus contemporáneos The Rolling Stones (aparecieron muy pocos años antes que ellos) se tiran una ventosidad, aparecen inmediata y unánimemente en todos los noticiarios como si fuese un acontecimiento mundial de trascendencia universal, aunque sólo sea para expresar de nuevo la permanente sorpresa—¿cuántos años llevan haciendo el mismo comentario?— ante su capacidad para seguir en el negocio tras seis décadas de carrera; una carrera, dicho sea de paso, en la que hay más discos mediocres que buenos, algo que no se puede decir de Deep Purple. Aun así, los de Richards y Jagger —tres años mayores que los miembros de Deep Purple— son el grupo al que «hay que ver», aunque no se tenga un solo disco de ellos en casa y no se sepan más que las cinco canciones que ponen en las radios y aparecen en los anuncios, no sea que la palmen en cualquier momento y se lo hayan perdido. Que si han hecho un pacto con el diablo, que si tal y pascual. Razones hay que explican la diferencia de popularidad de ambos, entre ellas la sencillez de las composiciones de los Stones frente a la complejidad de las de Purple, pero este comentario no está dirigido a menospreciar a unos por debajo de otros —a ver quién es tan soberbio para no valorar la relevancia de una banda como The Rolling Stones— sino de la percepción que el común de los mortales tiene de unos y otros, cuando la carrera de ambos ha definido el devenir de la música en los últimos cincuenta años. Deep Purple difícilmente aparecen en el Telediario. Sí aparecen los últimos modernos haciendo música desganada y, según percibo, premeditadamente tristona, o el anuncio de media docena de conciertos de la mequetrefe del momento —o de momentos anteriores pero que viene a refrescar sus más que dudosos éxitos— que, poco después del anuncio, ya ha agotado todas las entradas cuyo coste supera las dos cifras.
Nuestros venerables maestros ancianos, ajenos al devenir de todo esto que a mí me frustra y que a ellos, en su infinita sabiduría, les resbala, publican su álbum número veinticuatro titulado Splat!. Mejora su anterior =1 (2024) —ya desde la portada— al ofrecer una explosión energética inesperada en la que se combina el clasicismo de frescura inagotable, el virtuosismo técnico, la psicodelia, el blues, el hard rock… El resultado no es sólo consecuencia de la experiencia, la técnica o la inteligencia, sino de algo más profundo: una serenidad que se alcanza únicamente a través de la introspección, de saber cuál es el lugar de cada uno en el mundo en cada momento, de tener la capacidad de no permanecer en una eterna nostalgia recreando infinitamente los tiempos pasados, de haber aprendido a no mirarse a uno mismo a través de los demás. Estoy prácticamente seguro de que cuando Gillan, Glover, Paice, Airey y McBride se ponen a tocar en su local o estudio lo hacen por el sencillo —e incomparable— placer de sentir la felicidad que les proporciona hacer y tocar música. No es posible que tan solo dos años después de su anterior álbum hayan escrito trece canciones tan buenas, con tanto alcance, tan bien desarrolladas y tan potentes. Al escuchar Splat! no es fácil concebir que ahí haya casi 365 años de vida, pero los hay, y probablemente ése sea el secreto. Si en un año hay 365 días, en esta vida que se llama Deep Purple, hoy hay 365 años de sabiduría hecha arte. En «The only horse in town» hay tanta vitalidad que casi se derrama por los altavoces y mis plantas machacadas por la inclemencia del verano parecen recuperarse al sonar en el cuarto de estar; «Arrogant boy» invita a desistir en el intento de tocar un instrumento porque va a estar complicado tocar mejor que lo hacen ellos aquí; «Guilt trippin’» está entre mis favoritas del álbum: cuánta delicadeza hay en esas notas iniciales, qué arrebatador cambio en el ritmo, qué arrojo en las voces de Gillan, por no hablar del diálogo Airey/McBride y las preciosas melodías que construyen como transición, aunque uno también puede disfrutar al mismo tiempo de esos dos extraordinarios músicos que componen algo más que la llamada base rítmica: Paice y Glover, deleitarse en su sonido impecable, enriquecedor, repleto de talento. La producción de Bob Ezrin es puro gozo, igual que el diseño de la portada en relieve y el libreto en mate, bien cuidado hasta el detalle.
Es entendible sentirse incapaz de explicar lo que supone la escucha de un disco como éste, es algo casi personal a pesar de suponer un hecho de relevancia artística universal. Uno se siente pequeño ante la grandeza de estos músicos. Da igual si el disco es mejor o peor que otros —y éste es de los primeros—, no se trata de eso. La lucha por conseguir alcanzar la cima ya ha terminado, ellos ya han estado ahí y, seguramente, han descubierto que no es el mejor sitio para estar ya que no es el punto de llegada sino una escala en el camino; no es ahí donde reside la felicidad, sino en el espacio de los mortales, donde cada cual hace lo que mejor sabe, donde lo que hace es para sí mismo y para reportar felicidad a los demás. No hay nada que demostrar, no hay objetivo que alcanzar. Eso ya ha pasado. Y cuando un artista llega a ese estado, ese espacio reservado únicamente para los sabios —y a los que han tenido la suerte de llegar—, lo que podemos hacer los que tenemos la fortuna de presenciarlo es agradecerlo y tomar consciencia de que podemos deleitarnos en la escucha pues estamos ante algo difícil de contemplar.

DEEP PURPLE:
IAN GILLAN: Cantante
IAN PAICE: Batería
ROGER GLOVER: Bajo
SIMON McBRIDE: Guitarra
DON AIREY: Teclados