Anaquel

MARY SHELLEY. Frankenstein. (1818)

MARY SHELLEY. Frankenstein. (1818)

Soy rebelde

Por Serbal.

 

shelley-mary_FRANKENSTEIN_cover“Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así…” dice el estribillo de la archiconocida canción de Jeannette. Lo cierto es que esta cantinela le viene que ni pintada al monstruo de la mítica obra de Mary Shelley.

En plena era de políticas inclusivas (aunque me temo que, en muchos casos, se trate más de una cuestión de populismo y postureo y se quede en palabras y no en hechos) ya es hora de reivindicar a la criatura de Frankenstein. Lejos del monstruo retardado (bienvenido, si ese fuese el caso, pero no lo es) o discapacitado (otra vez me encuentro liada con los eufemismos) la creación del Dr. Frankenstein se nos revela como un ser sensible y racional, que aprende a hablar en poco tiempo, aparte de adquirir conocimientos avanzados de Geografía, Historia y Filosofía y, todo eso, él solito, sin escuelas, academias o los tutoriales más visitados de las redes; todo un modelo a seguir, lejos de la imagen que de él nos ha dejado el cine (exceptuando el film de Kenneth Branagh); la pobre criatura solo busca un poco de afecto y comprensión pero, nada, que no hay manera, el ser humano es el verdadero monstruo y responsable de que el engendro de Frankenstein se vea solo, vejado y dejado de la mano del Dios con mayúsculas y del científico endiosado, su creador. Ante tal prodigio, los hombres y también las mujeres (aunque se nos tenga por más sensibles que nuestros congéneres masculinos), tan dados a los prejuicios y a encasillar al prójimo por su apariencia, no ven más que su físico desfigurado y lo rechazan y maltratan sistemáticamente.

Siguiendo los postulados del “buen salvaje” de Rousseau, influencia evidente en el Frankenstein de Mary Shelley, la criatura, en un principio un osito de peluche, con una fuerza y aspecto descomunales, pero con sentimientos puros y un intelecto que ya lo quisieran muchos, se transforma, gracias al continuo desprecio de la sociedad, en un rebelde con causa, incapaz de saciar su sed de venganza.

Así que el lector se convierte en testigo de la transformación de un héroe en potencia, a pesar de su aspecto físico, en villano, temática muy empleada últimamente en películas que tratan de justificar al malvado, ya que no todo es blanco o negro, no somos absolutamente buenos o malos. Como exponente cinematográfico, se me ocurre la célebre X-Men, donde se ve cómo el daño sufrido por Magneto en un campo de concentración nazi, destino de los que son considerados diferentes, marca el paso de este mutante al lado oscuro; o Wicked, musical de Broadway, ahora película, donde también se nos cuentan los orígenes de la bruja Elphaba y su transformación en la Malvada Bruja del Oeste; también Maléfica, el hada mala de La bella durmiente, que en un principio era un hada buena; y, como no, Joker, interpretado magistralmente por Joaquin Phoenix, que tras esforzarse por integrarse en la sociedad y no conseguir ser aceptado por su trastorno PBA, se ve abocado a encabezar la revolución de los marginados en la ciudad de Gotham; igualmente conocido es el personaje de Don Cristal, el malo del excelente film El protegido y secuelas, donde Elijah Price, personaje que sufre la enfermedad de huesos de cristal y quien, a pesar de su fragilidad, termina encontrando su sitio en el mundo como el villano Don Cristal; si incluso el Superman interpretado por el desafortunado Christopher Reeve o el propio Spiderman, en la versión de Sam Raimi, sufren problemas de identidad y sacan a relucir su lado más siniestro, no es de extrañar que los considerados discordantes sociales acaben alimentando el Mr. Hyde que todos llevamos dentro, y así es como el “buen salvaje” rousseaniano es maleado por la civilización. De este modo, en la obra de Mary Shelley es la sociedad la que convierte a la criatura en un monstruo: el malo no nace, se hace.

La novela se aleja del maniqueísmo, no solo al caracterizar al engendro como un ser con sentimientos y raciocinio, sino al identificar al Dr. Victor Frankenstein, padre de la criatura, como un monstruo que abandona a su suerte al hijo que le ha salido rana, y que llega a ser tan vengativo como el propio monstruo, al que niega todo afecto y comprensión y a quien persigue hasta sus últimos días. Me pregunto si esta relación entre el bien y el mal que comparten creador y creación no serán los responsables de que se confunda al monstruo con el Dr. Frankenstein.

Asimismo, el doctor es descrito como un científico que juega a ser Dios y vencer a la muerte, sin pensar en las consecuencias. Como ya se observa en el título original, Frankenstein o el moderno Prometeo, el científico se convierte en el personaje mitológico que trató de ayudar a los hombres cediéndoles el fuego de los dioses, por lo que será castigado. Lo cierto es que muchos de los personajes encuadrados dentro del Romanticismo, movimiento artístico de la época, son personajes intensos, desbordados por sus pasiones e ideales, amantes de la libertad, que rozan el abismo de la maldad y, en muchos casos, caen en él. Tal audacia suele recibir su correspondiente castigo. También ocurre en la Literatura española, sin ir más lejos, nuestro célebre Don Juan Tenorio, tradicionalmente representado en el Día de Todos los Santos, que nosotros también tenemos nuestros fantasmas y monstruos, no es algo exclusivo de los anglosajones y su Noche de Halloween. Don Juan es condenado por su inmoralidad y, finalmente, supongo que cosas de la España católica y apostólica, redimido por sus múltiples pecados y convertido en converso convencido.

El pecado del Dr. Frankenstein es otro. Hay que recordar que los anglosajones tienden al puritanismo, por lo que el doctor no es el libertino, pendenciero y mujeriego que sí es nuestro Don Juan; al contrario, es el hijo, hermano, marido y amigo perfectos, pero su excesivo idealismo lo lleva a manipular algo prohibido: la vida y la muerte (tema tabú por excelencia, junto con el sexo). Recibe su correspondiente condena, a la que no hago referencia aquí, para no quitar suspense a la historia (para aquellos que, ¡harto difícil!, no conozcan el relato ni hayan visto ninguna de las versiones fílmicas); pero su encuentro con Walton, su alter ego, pues es un científico obsesionado con descubrir un paso de acceso al continente asiático por el Polo Norte, le rescata literal y metafóricamente de su propia obsesión y le devuelve su humanidad. Claro está que, ¡no faltaba más!, también el monstruo encuentra el perdón. Así que la relación entre los tres personajes, que también actúan como narradores, va más allá: cada uno de ellos es una proyección en un espejo de los otros, donde pueden observar sus propios pecados. Los tres poseen una gran humanidad que pierden, transformándose en monstruos, pero que terminan recuperando.

Como ya se ha explicado con anterioridad, a pesar de ser catalogada como novela gótica, la obra tiene un fuerte componente social y ético, que la sitúa a años luz de la estricta moralidad británica de la época. Para ello, Mary contaba con la influencia de su padre, reconocido anarquista, curiosamente (porque suele suceder al contrario) eclipsado por las mujeres de la familia (esposa e hija). Pero cómo no pasar desapercibido si la primera es una de las grandes precursoras del movimiento feminista y la segunda…

William Godwin que, a pesar de sus obras políticas y literarias, ha pasado a la historia como el padre de Mary Shelley y el marido de Mary Wollstonecraft, también cuenta en su haber con una novela gótica Las aventuras de Caleb William o Las cosas como son, publicada en España, entre otras editoriales, por la prestigiosa Valdemar. Ahí lo dejo.

Y por si alguien no conoce todavía cómo se concibió Frankenstein que lea el prefacio que precede a la obra escrito por el marido y renombrado poeta romántico P. B. Shelley. También la propia autora saca el tema en la introducción que se incluye en la novela a partir de la edición de 1831. Y, sobre todo, pueden acudir a la película de Gonzalo Suárez Remando al viento, donde se cuenta el instante en el que se reúnen en Suiza Mary, su hermanastra y P. B. Shelley, junto a Lord Byron y el médico de este, Polidori, a quien muchos atribuyen la creación del primer vampiro en la obra titulada (obviamente) El vampiro. Durante su estancia juntos se propusieron, para evitar el aburrimiento, escribir una historia de terror. Coincidirán conmigo en que la historia de Mary Shelley resultó popularmente la triunfadora.

Solo me resta decir que la vida de la escritora daría también para una trágica novela romántica: se fugó con el poeta Shelley, hombre casado cuando lo conoció y amigo de su padre; perdió tres hijos y a su marido y falleció con tan solo cincuenta y tres años. No puedo evitar, al pensar en ello, imaginar el paisaje polar con el que empieza y termina la novela, tan grandioso, vacío y solitario, como sus personajes, como la propia autora.

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