Un diamante y una herida
Por José Ramón González.
En la discografía de Barón Rojo, después de En un lugar de la marcha (1985) parece empezar a extenderse una bruma espesa, densa, que impide que el sonido de la música que crearon a partir de entonces alcance limpiamente los oídos de sus receptores. Es difícil explicar las razones por las que ocurre un fenómeno, por otro lado bastante habitual: después de un tremendo éxito viene un terrible batacazo, en el peor de los casos. En otros lo que acontece es la difuminación progresiva de la relevancia de la banda para cuyos seguidores nunca volverá a alcanzar las cotas de excelencia que la hicieron popular. El inconveniente es que el éxito no siempre está unido a la calidad, por lo que es muy posible que obras posteriores a aquellas masivamente reconocidas sean al menos tan buenas como las anteriores —y en muchos casos mejores— pero sean desdeñadas. No son pocos los casos de discos que se han perdido en el recuerdo de los aficionados fulminados por el éxito deslumbrante de un título anterior —no hace mucho hablamos de Jump the gun de Pretty Maids, que puede servir de muestra—.
Barón Rojo son un diamante, pero también son una herida. Hicieron musicalmente lo más extraordinario que se recuerda en la historia del rock español, pero su intrahistoria ha sido tan oscura, tan triste, ha arrastrado tanto resentimiento a veces, que para los aficionados no es fácil nombrarlos sin que el rastro amargo de la frustración enturbie el recuerdo. Hago el propósito de no caer en la presunción de juzgar a los músicos por suponer que conozco a la persona a la que están ligados. Lo que nos llega, nos queda, nos ofrecen y nos importa es su obra, su capacidad creativa, su potencial para innovar, para romper tendencias o para cimentar nuevos caminos. Aunque indudablemente resulta imposible desligar por completo a uno del otro.
A comienzos de los ochenta Barón Rojo ya habían grabado tres obras imprescindibles que son historia de la música. Con el primero clavaron las indicaciones que señalaban la dirección a todos lo que vinieron después para que supieran cuál era el camino a seguir para el hard rock y el heavy metal en España. Con su cuarto álbum consiguieron llegar a un público más amplio gracias a una balada que cantaban las madres de los adolescentes de la época, «Hijos de Caín» (sin saber muy bien qué significado tenía lo que estaban cantando). En aquel disco de ingeniosa portada y no menos ingenioso título —lo de «ingenioso» va con intención— estaban incluidos, entre sus ocho títulos —a propósito, éste pasaría a formar parte de esa subespecie de grandes álbumes que «sólo» tienen ocho canciones: Turn back de Toto o Taken by force de Scorpions, por nombrar dos—, temas como «Cuerdas de acero», la generacional «Chicos del rock» o el himno «Breakthoven». El que había sido hasta ese momento el sonido característico de Barón Rojo ya había mutado —el cambio se aprecia incluso en la imagen de los músicos—, ahora más comercial podríamos decir, más cercano, inmediato y con menos carga de inconformismo ideológico y denuncia social, aunque mantenían el pulso rockero y heavy rock. Podríamos afirmar que, en conjunto, es un trabajo centrado mayormente en la celebración de la música rock, un disco metamusical. Siento especial predilección en ese álbum por «No ver, no hablar, no oír».
El siguiente paso era delicado, pero los barones no se lo pensaron. Dos años después de ese éxito lanzaron Tierra de nadie, título que podría leerse suficientemente expresivo. El disco vuelve a tener ocho canciones, pero la recepción no fue la misma. ¿Eran ellos los mismos? Seguramente no. Pero ¿y nosotros? ¿Qué había cambiado en nosotros? ¿Fueron —fuimos— los seguidores de la banda más relevante que había dado el país injustos con ellos? ¿Fuimos infieles? ¿Lo fueron ellos a nosotros o a su propia música? Y la pregunta más importante: ¿era Tierra de nadie peor que su predecesor? Rotundamente no. Tierra de nadie es un gran disco, al menos tanto como lo era En un lugar de la marcha. O puede que mejor. Sin embargo ya había caído la maldición del disco de éxito. La niebla del desaire, incluso del menosprecio, había empezado a extenderse, algo que ni la producción del álbum, más cristalina, más pulida, pudo disipar. Los barones salían de nuevo en televisión presentando sus nuevas canciones, pero cuando acababan parecía no haber quedado nada de lo que había sonado, no se percibía ningún entusiasmo en los receptores. En las letras había vuelto la mala leche de años atrás, el sarcasmo, el humor crítico y fatalista y el inconformismo social, pero envuelto en unas tonalidades musicales casi alegres y divertidas, desde luego menos agresivas. Aun así, o quizás por ello, estamos hablando de un álbum de una calidad apabullante. Veamos.
«Pico de oro» comienza con muy mala baba. Una composición contra la hipocresía y el cinismo de la clase política (que no tiene clase) y los trepas del poder cargada de mordacidad, un ataque irónico generoso en negrura humorística. Musicalmente es potente, rápida y con las melodías inconfundibles de las creaciones de José Luis Campuzano y Carolina Cortés —y en esta ocasión también de Hermes Calabria—. El puente es tremendo, en él hay un cambio de ritmo y tono que pasa a ser dramático y directo, con la acusación de dedo señalador y la expresión decepcionada ante la palabrería que estamos acostumbrados a soportar (o sea, como ahora; no es que Barón Rojo fueran unos visionarios en este aspecto, sino que escuchada ahora es fácil darse cuenta tristemente de lo poco que cambian algunas cosas en la sociedad). El estribillo encaja muy bien con un acompañamiento de las guitarras de Carlos y Armando de Castro de mucha clase (éstos sí que la tienen), lo que es obvio comentar. En la producción se nota que ha ganado el sonido de la batería de Hermes, quien en este título hace un fabuloso trabajo. (Se me perdonen los halagos innecesarios).
La alternancia Sherpa y Cortés / hermanos de Castro en la composición, que ya sabemos que estaba pactada, ofrece a continuación una de las mejores canciones para mi gusto del fraternal tándem, «El pedal», con unas melodías magníficas en el prestribillo y unas excelentes armonías, descaradamente pegadizas, en el estribillo. Es una canción contagiosa, irresistible, divertida, lúdica y muy bien ejecutada. También de los hermanos, aunque menos lograda pero igualmente buena es «La voz de su amo», muy rockera con un estribillo muy chulo a base de batería y voz, sin coros excepto en la parte final. Las guitarras entrecortadas refuerzan el ritmo. Lo mejor de la canción está en el arranque del solo con un gran dúo de guitarras y el desarrollo posterior.
Llega a continuación una de las joyas del álbum, la que da título al disco. «Tierra de nadie», de Sherpa y C. Cortés, está dividida en dos secciones, una lenta al principio que pasa a aumentar el ritmo y el tono después del primer tercio. La canción gana en riqueza gracias a la aportación en los teclados de Miguel Ángel Collado y en dramatismo por la inclusión de unos coros gregorianos. La temática puede recordar a «Hijos de Caín»: el bien y el mal, la búsqueda de la libertad a pesar del precio a pagar, etc. Sus seis minutos y medio se hacen cortos. Una canción magistral, extraordinaria, al alcance de muy pocos.
Damos la vuelta.
Tampoco está al alcance de muchos «Señor Inspector». Otra letra afilada de la terna compositiva Campuzano/Calabria/Cortés centrada en la temática de la desastrosa burocracia y la injusta gestión de lo público, de lo que es de todos (la hacienda). De nuevo la ironía y el humor negro que se extiende en realidad contra toda la administración. Este tono humorístico quizás es, aunque podría estar equivocado, el que habría dificultado la conexión con los seguidores del grupo (ya se sabe, las comedias no ganan óscares). Las melodías son de nuevo contagiosas y las armonías excelentes; los diferentes cambios de tonos en la composición la enriquecen enormemente y hacen que resulte muy adictiva.
Me da por creer que la competencia que se generaba en el seno de la banda entre José Luis Campuzano y los hermanos de Castro aguzaba el ingenio de estos segundos, porque muy pocas veces después de la marcha de Sherpa y Hermes han alcanzado el nivel compositivo al que habían llegado entonces. «Sombras en la noche» puede ser una muestra de ello. Potente y melódica, instrumentalmente admirable, perfecto contraste a las canciones de Sherpa y Carolina Cortés, autores de «Pobre Madrid» posiblemente la canción más flojita del disco debido a un estribillo un poco pobre (no lo he hecho adrede). El resto de la canción está a buen nivel, especialmente el prestribillo y el puente después del solo de guitarra.
Cierra el álbum «El precio del futuro», otra joya que podría ser el reverso de «Tierra de nadie» por parte de los hermanos. Una composición condenada a la discreción pero que es en realidad maravillosa. Siete minutos y medio cargados de emoción e intensidad, notables melodías y, curiosamente, la más cercana al rock melódico con una letra, aquí sí, casi visionaria. Me parece que, sin querer ser pretencioso, es una de esas canciones a redescubrir del catálogo de la banda. El final me lleva catapultado sin querer al cierre de «Dreamin’ again» de Rough Cutt.
Probablemente a causa de la poca repercusión del álbum, un año después publicaron demasiado precipitadamente No va más, lo que aumentó la confusión; otro disco mejor de lo que la mayoría recuerda o quiere aceptar, pues a estas alturas la niebla de la que hablaba al comienzo no dejaba ver casi ni lo que había delante. Supongo que para cuando llegó Obstinato no se veían ni a sí mismos; y así salió.
El caso de Barón Rojo es uno de los más representativos de esas bandas en las que al margen de las malas relaciones personales, la combinación de sus talentos en lo musical deriva en un extraordinario resultado artístico. Sus obras hablan por ellos mejor que ellos de ellos mismos. Y si algunas de esas obras gritan «¡soy magistral!», qué les vamos a reprochar a sus autores, ¿qué no se quieran? Quién sabe si su relación hubiese sido mejor si no habrían hecho discos peores. La competencia puede ser, en ocasiones, un buen estímulo.

BARÓN ROJO:
HERMES CALABRIA: Batería y percusión
JOSÉ LUIS CAMPUZANO: Bajo, voz, coros
CARLOS DE CASTRO: Guitarra rítmica y solista, voz, coros
ARMANDO DE CASTRO: Guitarra solista, rítmica y acústica, teclados y coros