Secundarios de lujo
Por José Ramón González.
No dudaría en calificar Power games como el clásico de la banda sueca 220 Volt, una de esas formaciones siempre a punto de conseguir alcanzar la primera línea aunque indefinidamente condenada a permanecer en la siempre infravalorada categoría de reserva, a permanecer en la retaguardia, preparada para saltar a la portada y explotar con todo el potencial y la frescura. Es ahí precisamente donde residen, en segundo plano, los grupos que atesoran más talento que éxito, el trono privilegiado y chiquitito donde sólo caben los pocos que son capaces de llenar todo. Las jerarquías son tan crueles e injustas que, incluso en ese espacio de los secundarios, hay una categoría a la que llamamos secundarios de lujo para señalarlos por encima de los otros. Estuvieron a punto de entrar en el grupo de los elegidos cuando lanzaron en 1984 esa canción inolvidable titulada «Heavy Christmas», incluida en el mítico recopilatorio The new gladiators. Pudieron haberlo logrado cuatro años después, en 1988, tras publicar el que muchos consideran su mejor trabajo, Eye to eye, en el que unas composiciones depuradas dejaban que unos hipermelódicos coros y armonías tomaran el control aunque sin renunciar a su potente juego de guitarras. Tampoco hubo suerte. Y fin.
Cada uno tiene debilidad por determinado grupo o artista; yo, como soy hombre muy deficiente, acumulo muchas debilidades; 220 Volt es una de ellas. Podría justificar mi inclinación argumentando que, dentro del mogollón de bandas del estilo, éstos pueden alardear de una personalidad bastante reconocible gracias, sobre todo, a la inconfundible voz de Jocke Lundholm, a través de cuya fuerza y potencia brotan truenos melódicos, y a la guitarra de Mats Karlsson junto a la de Thomas Drevin (y después con la de Peter Olander, corresponsable de la citada «Heavy Christmas»). Lundholm y Karlsson se hacían cargo de la mayoría de composiciones. Unas composiciones peculiares que oscilan sin complejo entre el heavy metal y el hard rock, lo que para mis perturbados gustos las hacen irresistibles. Los cuatro discos grabados por la banda entre 1983 y 1988 son irrenunciables en mi colección de imprescindibles. Me han acompañado desde bien jovencito y han sido lugar de regreso recurrente en infinitas ocasiones. Serían unos de mis secundarios de lujo.
Power games es otro de esos discos mayúsculos de sólo ocho canciones a los que hacíamos referencia cuando comentamos Tierra de nadie de Barón Rojo. Y tiene, como decía, la impronta de clásico, no por antiguo sino por mantener intactos sus valores y vigencia. Muchas bandas de hard rock darían lo que fuera por sonar hoy como lo hacían estos músicos hace cuarenta años (hay que ver algunos vídeos que hay por ahí de la banda en directo). Técnicamente eran más que notables, mantenían un nivel compositivo extraordinario, el sonido de guitarras era envidiable y su cantante era capaz de transmitir una agresividad que trocaba en melodía a la menor transición que lo necesitara o, incluso, combinar los dos sin la menor turbación. Lo mismo ocurría con unas composiciones que fluían con una elegancia pasmosa dentro del heavy clásico al que inyectaban cantidades sabiamente dosificadas de melodías y giros atípicos. En Power games tenemos una muestra brillante de esta forma de crear en una canción como «Over the top», un ejemplo magnífico de composición original, creativa, potente y melódica, que es capaz de encontrar vías expresivas personales dentro del género sin apartarse de él. O en la excelente «Night without end» en la que a lomos de esas típicas guitarras cabalgantes llegan a un estribillo al que imprimen una elegancia imprevista, lo que los emparentaría con los dos primeros discos de sus compatriotas Europe, publicados en los mismos años, 1983 y 1984, que los suyos.
Posiblemente la canción más celebrada del álbum sea «Firefall», que es la encargada de presentarlo. En ella apreciamos todas las virtudes de la banda en desbordante expresión. La transición hacia el estribillo es un tobogán por el que uno se desliza y se deja lanzar. Las guitarras hacen un despliegue de riqueza que mantiene bien asido el eslabón del clasicismo aportando elegancia y estilo. «Airbone fighter» sería otra canción emparentaba con los primeros Europe, en ella las líneas melódicas de la voz dominan la canción y la sencillez de la estructura deja espacio para un apreciable trabajo de la base rítmica que lo aprovecha para impulsar la intensidad. Todo ello se sublima en el cambio de ritmo en la segunda mitad de la canción, algo en lo que estos músicos eran auténticos virtuosos, uno de los atractivos que me atrapó desde el principio y que, en buena medida, los singulariza.
Otra de mis favoritas es la rápida «Mistrated eyes» en la que todos esos aspectos que hacen de 220 Volt una banda tan atractiva se elevan hasta el sobresaliente. El trabajo instrumental es brillante —las secciones de los solos de guitarra consiguen generar una descarga fantástica (igual que en «Don’t go» en la que, otra vez, las guitarras dobles huelen a Thin Lizzy)— y las melodías expresadas en notas largas y curvas seductoras son irresistibles. En «Child or beast» tenemos la canción más intrincada, de raíces claramente setenteras en su versión nebulosa. Cierran con la inevitable balada, «Carry on», muy en la línea de las que se hacían por la época, con melodías de guitarras dobladas (Accept, Scorpions, Thin Lizzy, Def Leppard…) que resulta agradable por los coros y más que aceptable en la media del estilo.
No deja de ser fantástico comprobar cómo discos como éste mantienen una capacidad de excitación tan grande pasados tantos años. Puede que no sean tantos los que sepan quiénes eran, aunque quizás Muse se acordaron de la portada de Power games cuando crearon la de Drones en 2015.

220 VOLT:
JOCKE LUNDHOLM: Cantante
MATS KARLSSON: Guitarra y coros
THOMAS DREVIN: Guitarra
MICKE LARSSON: Bajo
PETER HERMANSSON: Batería