No fuiste capaz
Por José Ramón González.
Llevo mucho tiempo pensando en escribir algo sobre el primer disco de la banda madrileña Bella Bestia, y cuando digo «mucho tiempo» me refiero a mucho de verdad. Y cuando digo «pensando» no me refiero a hacer una elucubración que flota en el cielo de las intenciones, sino que he emborronado algunas veces algo sin conseguir avanzar del modo en el que pretendía, o con el que me sintiera a gusto. Puede que uno de los motivos que me ha impedido comentarlo haya sido la dificultad que he afrontado para explicar por qué me gusta tanto, puede que incluso para entenderlo yo mismo. Ahora que lo veo aquí, creo que este texto lo llevaba escrito dentro desde hace tiempo. Sólo he tenido que sacarlo.
Desde el comienzo este título fue una presencia ausente, una distante irrealidad en el tiempo consecuencia de lo que se desconoce. No sé cuándo fue la primera vez que lo escuché, pero desde entonces levitó a mi alrededor, era como si perteneciera a una dimensión diferente a la mía. Avanzábamos en realidades paralelas. Su música resonaba en mi universo, como un eco, una voz que me acompañaba y que sentía cercana pero que no formaba parte de mi realidad. Si aquella vez que vi una de las mil copias que se imprimieron expuesta en la tienda de mi barrio lo hubiese adquirido, habría roto la distancia que nos separaba, pero con catorce años uno no podía hacerse con todo lo que necesitaba. La distancia que dictaba la imposibilidad de tener el disco la compensaba la música, que ya se había instalado en mi vida por medio de una casete grabada desde un lugar inimaginado que soy incapaz de recordar, y ya no me iba a abandonar. Es casi una historia de amor. Las canciones que componían el disco de Bella Bestia hablaban de mí, pero de un yo que aún no existía, un yo futuro que tiempo después entendería los conflictos con los padres causados por la rebeldía, la amargura que provocan las promesas no cumplidas, las decepciones provenientes de las personas en las que confías, las ganas que te quedan tantas veces de darle a quien se lo merece un puntapié en el trasero, y que siempre es mejor reírse cuando debes llorar.
Desde la primera vez que lo escuché ha sido un disco muy especial para mí, quizás por eso nunca terminaba de darle forma al texto como quería: es difícil enfocar desde la distancia que impone el tiempo aquello que tiene una relevancia singular, hay que sacarlo del ámbito de las emociones y traerlo al presente del análisis.
Ha sido el mismo Manolo Arias, guitarrista de la banda y extraordinario músico a quien hemos dedicado espacio en esta casa en diversas merecidas ocasiones —y al que pretendemos dedicarle alguna más próximamente— y al que, reflexionando fugazmente, creo que le debemos algunos de los momentos de felicidad musical más destacados de nuestras vidas —de la mía, seguro—, el que me ha impelido a hacer un nuevo intento. Manolo Arias es un músico que, a través de su pasión por la música y la guitarra, ha encendido la nuestra. Recientemente ha comentado algo en las redes sociales sobre aquel disco con motivo de una reedición en vinilo que se ha publicado en Leyenda Records, donde ya había aparecido una reedición de CD. Decía Manolo que siempre pensó de este disco que «tenía unas canciones tremendas con un sonido horroroso», además de que aseguraba que la banda «tendría que haber seguido por esa senda», refiriéndose al estilo que practicaba el grupo entonces. También que Tony Cuevas era mucho mejor cantante de lo que se aprecia en las canciones del trabajo. Esto último está muy claro, lo hemos comprobado muchas veces —el mismo Arias lo subraya—, pero también he de reconocer que lo que hace Tony Cuevas en este disco me resulta irresistible. Hay algo en su voz, en esa manera de cantar alta, fuerte y clara, con los errores y limitaciones («¿Qué pasa aquí? (Ella)») a los que se vio casi obligado al tener que adaptarse a unas canciones que había grabado el primer cantante de la banda, Elías Alegrete (nunca he podido escuchar esa misteriosa maqueta), que atrapa: mucha potencia, mucha entrega, poca técnica pero todo corazón y autenticidad; y un timbre de voz que me gusta mucho, ese mismo que encandilaría a todo el mundo cuando años después cantara canciones como «Secret lover» del primer disco de Niagara.
¿Bella Bestia debería haber seguido trabajando en el mismo estilo del primer disco? Seguro que habrían hecho cosas artísticamente interesantes, pero en términos de popularidad, Lista para matar podría desdecirle. Lo que sí es cierto es que el primer disco de Bella Bestia está repleto de excelentes canciones. Le agradezco a Manolo que haya hecho esa afirmación de que las canciones que contiene el álbum son tremendas, porque el hecho de que nadie cercano compartiese mi criterio me acomplejó durante años, pero en las revisiones continuas a las que las he sometido superaba la insobornable prueba del tiempo. Hay sobre todo una, la que considero una de mis canciones favoritas del rock español (y más allá), la que creo que debería formar parte de la historia de nuestra música, en todos los estilos, porque tiene la categoría mítica de «La chica de ayer» de Nacha Pop, o «Déjame» de Los Secretos, comparte esa aura mágica, esa delicadeza musical, una inspiración indescriptible, y la fuerza melancólica que empapa «Algo de mí» de Camilo Sexto o «Porque te vas», de José Luis Perales en la inolvidable interpretación de Jeanette, todo ello volcado en el género del rock, con una combinación de notas y acordes capaces de conectar con un espacio emocional oculto o reservado. La canción, «Nunca fuiste capaz (Duele)» compuesta por Tony Acebes, titila con unos trazos perfilados por la inspiración y la falta de complejos, parecidos a los que contiene «Walking», la deslumbrante canción en Now or Never de Niagara, o de la no menos inolvidable «Arches of faith» de Nexx. Una canción que nunca fue capaz (sin bromas) de cantar Pancho con el mismo carisma.
Musicalmente el disco se adaptaría con naturalidad a eso que se llamó rock duro, una base de rock and roll endurecida, con influencias de los setenta pero con los pies puestos en la década que le corresponde. Sin embargo, creo que es esa influencia la que define el sonido, que no termina por decantarse hacia uno u otro lado. Es como los primeros y fascinantes discos de Judas Priest, en los que vamos presenciando el proceso de transformación del rock clásico en heavy metal. En esa formación estaban, además de Arias y Cuevas, los fundadores de la banda José María San Segundo (Pepe Mari) —que escribe las letras de dos de las composiciones— y el citado Tony Acebes, junto con el batería Enrique Ballesteros. En una de las canciones del álbum expresan esa identificación con el estilo: «Rockanrolero», además de tener un ritmo que enlaza con grandes bandas de la década anterior, utiliza un verbo que me ha gustado siempre, rockanrolear. En la misma línea se encuentra uno de los mejores momentos del trabajo, «Muévete por ti (Muévete)», con unas guitarras clásicas sencillas y con el acierto de unas melodías irresistibles. Más acelerada es «Basta ya», actitud macarra y desafiante, un estribillo melódico bien armonizado y un duelo de guitarras que andan rozando el heavy metal. La inolvidable «Un puntapié en el trasero», irrenunciable clásico del rock español, abría la primera cara; la crepuscular «El luchador» la cerraba.
Una de mis favoritas es «El rey del juego»: un juego de guitarras fabuloso, un compás algo más complejo y, de nuevo, unas bonitas melodías en las voces. El estribillo es de los más logrados con dos secciones con cambio de ritmo entre ambas que logran una gran intensidad. Cierran el disco dos composiciones de Manolo Arias —el resto se las reparten entre Tony Acebes y Enrique Ballesteros—: «¿Qué pasa aquí? (Ella)», puro rocanrol en la que, como comentaba líneas arriba, es en la que Tony Cuevas muestra más dificultades, sobre todo en el estribillo, muy Arias por otra parte, en el que destacan unos bonitos arpegios de guitarra; la otra es «Ven corriendo», de guitarras cabalgantes adornadas de riffs robados del blues y rítmicas entrecortadas en el estribillo.
Cuando se acaba el disco tiene uno la sensación de haber sido expulsado de un lugar irreal, de un tiempo inventado por alguien desde una ficción que se parece mucho al mundo real. El álbum de Bella Bestia mantiene su encanto imperfecto, el magnetismo de su potencial, la fuerza de sus ilusionantes composiciones. La pobreza de su producción y sus defectos son ya, para mí, imprescindibles. Como con Pride de White Lion, no llego a estar seguro de si ahora preferiría que sonase mejor. Me gusta así; lo quiero así. Es así.

BELLA BESTIA:
TONY ACEBES: Guitarra y coros
ENRIQUE BALLESTEROS: Batería
JOSÉ MARÍA SAN SEGUNDO: Bajo
MANOLO ARIAS: Guitarra
TONY CUEVAS: Cantante