AOR poderoso, depurado y brillante
Por José Ramón González.
Sinceramente, los chicos de Boys from Heaven me lo han puesto difícil con su nuevo trabajo, The Wanderer, porque su anterior título, The Descendant (2023), me pareció tan bueno y traté por los medios de los que era capaz de expresarlo que me obligan a esforzarme para reflejar lo que ellos han hecho más y mejor. Quizás no debería haber sido tan hiperbólico en aquel y haberme reservado para un futuro que ciertamente se auguraba por las excelencias que The Descendant mostraba. Hay pocos grupos recientes en el planeta que tengan la capacidad, la inteligencia, el gusto y la creatividad que tienen ellos para componer canciones tan emocionantes, tan soberbias en algunos aspectos, tan alucinantes, con esa sabiduría para dominar el tempo, mantener la intensidad y modularla cuando es preciso. Nadie tiene su estilo.
Pero echemos un poco el freno, que me embalo.
Después de dos discos con Target Records, Boys from Heaven han fichado por Frontiers Music, hecho que los sitúa en espacio más visible —como muestra del detallismo de estos tipos, en el libreto han mantenido el tipo de letra y diseño de sus dos anteriores discos, aunque en éste no se incluyen fotografías y la calidad de impresión no es muy allá—. Han repetido con Erik Mårtensson para la mezcla y la masterización, ocupándose de la producción de nuevo el cantante Chris Catton junto al resto de la banda. Hay un cambio con respecto al anterior álbum: el anterior bajista, Morten Billen, que a su vez era sustituto de Andreas Valentin Berg, ha sido sustituido a su vez por Lucas Szczyrbak, que aparece en los créditos como invitado, por lo que suponemos que no es miembro oficial de la banda (hay que ver qué ojo tienen para encontrar buenos bajistas). Todo lo demás no ha cambiado: ni su talento, ni su inspiración, ni su maestría para construir y desarrollar canciones. Solamente mantener la calidad de la que hacían gala en The Descendant me parece un logro mayúsculo. Es fácil imaginar lo que significa superarlo. No sé si para ellos ha supuesto un esfuerzo mayor o sencillamente es que hacen las cosas así y ya está.
Uno de los aspectos que me han gustado desde que los escuché por primera vez con The Great Discovery (2020) —qué título más adecuado— es que no necesitan de estridencias ni efectos para alcanzar una preciosa intensidad, el progreso de las canciones sigue un cauce por el que la música conduce las emociones con la misma naturalidad con la que lo hace un río con la hoja de un árbol. Sin embargo, llega el estribillo o la sección instrumental y aquello llega a la emoción sin saberse muy bien cómo, sin estridencias, sin efectos, sin trucos.
Del mismo modo, sin saber cómo —para mí, claro—, han grabado un disco excelente en el sentido literal de la expresión. Más que el anterior, pues su duración es superior; y mejor, porque mantener esa exigencia y depuración durante diez minutos más es un reto mayúsculo. La innegable influencia de Toto se combina con retazos de Survivor y ambas se diluyen bajo la ya imponente personalidad de la banda —encuentro retazos incluso de los últimos Shy en canciones como «How long»—. El saxo como elemento distintivo a cargo de Jonas Klintström Larsen (que es el autor del solo de sintetizador de «I’ll wait» y toca también el Hammond), la soberbia voz y estilo de Catton —uno de mis cantantes favoritos en la actualidad (cuánta pasión y delicadeza ofrece en cada interpretación)—, la excelente batería de Søren Viig Mathiesen que tanto me gustó ya en el primer disco, las exuberantes guitarras de Mads Schaumann, los teclados de Mads Noyé que en este nuevo álbum alcanzan una maestría, gusto, acierto y nivel de detallismo de apnea. Y los coros, esos coros exquisitos que manejan como pocos. He descubierto a alguna persona que casualmente escuchaba el disco mientras yo lo tenía de fondo y, aunque nada aficionada al estilo en el que enmarcamos a Boys from Heaven, sorpresivamente tarareaba las melodías recientemente escuchadas, hechizada por esas voces; porque sí, esas melodías tienen un ingrediente de hechizo, de magia.
Su AOR es poderoso, depurado y brillante, sus canciones palpitantes, creadas para deleitarse y recrearse, composiciones llenas de sorpresas de las que brotan nuevas delicadezas inesperadas como de un cuerno de la abundancia del arte. Canciones como «Time is on our side» no son más que una aspiración inimaginable en la mente de un soñador fantasioso, una obra maestra en un museo rodeada de otras obras maestras; el single «I’ll wait» es auténtico Journey sin que pretenda parecerlo en un impulso emocional irracional: la línea final del teclado remite a «Separate ways (worlds apart)» —y, pista: en el videoclip, Catton lleva una camiseta del grupo—; han sumado un nuevo nombre a su nómina de canciones con nombre de mujer con la fascinante «Eileen», a lo… ya se sabe.
Sería fabuloso poder verlos tocar en directo, aunque mucho me temo que eso sea altamente complicado, a no ser que alguien tenga el buen gusto de incluirlos en algún festival, como parece ser últimamente la única manera de escuchar a muchas bandas que no es posible ver en giras. Se me ocurre que el Lion Rock Fest no sería mal sitio para ellos; y para nosotros.

BOYS FROM HEAVEN:
SØREN VIIG MATHIESEN: Batería
MADS SCHAUMANN: Guitarra
MADS NOYÉ: Teclados
JONAS KLINTSTRÖM LARSEN: Saxofón
CHRIS CATTON: Cantante
LUCAS SZCZYBAK: Bajo