Por José Ramón González.
He escuchado a personas que se han quejado de tanta lluvia como hemos tenido en semanas anteriores. Querían ver ya el sol, lo echaban de menos. En el momento en el que empieza a asomar de manera permanente, cuando bajo su luz el calor comienza a alterar la temperatura de la piel, no hay a quien le falta tiempo para levantar el campamento de verano en mayo, sacar la camiseta de tirantes y pasear en chanclas bajo unos nada despreciables 21 ºC. Bueno, pues ya lo tienen aquí, y a pleno rendimiento: temperaturas de julio en mayo. Llegan las olas, pero no del mar con su fuerza refrescante, sino de ardor y fuego. Yo prefiero la lluvia. Y parece que la música también. Conozco muchas más canciones que alcanzan hermosos resultados artísticos inspirados por la llegada de las precipitaciones que las que lo hacen con el calor como referente. Además, estas últimas suelen ser más alegres y estar relacionadas con la diversión y la playa —a no ser que el sol y el calor sean los de un desierto de Arabia y que hagan referencia a la fantasía y el misterio, todo muy idealizado, por cierto—. Pero la lluvia… la lluvia ha proporcionado a la música la inspiración para crear composiciones ciertamente inolvidables, y se presta con generosidad a la metáfora y las interpretaciones simbólicas. Si el sol trae diversión, la lluvia suele asociarse frecuentemente a la melancolía, la tristeza, la frustración, la pérdida o el abandono. Será por su paralelismo con las lágrimas. Aunque también las hay que celebran, festejan, alaban su capacidad purificadora… sanadora.
También en la historia del cine las precipitaciones has sido abundantes, ya que no son pocos los títulos en los que el desarrollo del filme alcanza —y suele ser en su parte final— su momento álgido con los personajes bajo la lluvia. Quizás la secuencia más icónica (junto a la de Gene Kelly en la película de Stanley Donen cuyo título no es necesario ni citar) sea la del final de Blade Runner (Ridley Scott, 1982), cuando el Nexus 6 recita ese shakespeareano monólogo —en el que hay una frase que ya forma parte de las expresiones culturales más populares— junto a Rick Deckard cargado de simbología religiosa, con la paloma blanca entre las manos, y cuyas lágrimas no se distinguen en su cara empapada a causa de una lluvia catártica. Clint Eastwood nos ha proporcionado más de un momento célebre con la lluvia como elemento expresivo de distinto significado o interpretación. Es difícil olvidar a William Munny, como una sombra o un espíritu en mitad de la noche en la calle principal de Big Whiskey, dirigiéndose a todo el que se le vuelva a ocurrir maltratar a una puta «porque volveré y os mataré a todos, hijos de perra» en Sin perdón (Unforgiven, 1992); o en el extremo opuesto, cargado de un romanticismo sofocante, el final de Los puentes de Madison (The bridges of Madison County, 1995) con esa imagen imborrable de un Robert Kincaid empapado, derrotado y suplicante mientras Francesca se debate entre abandonar a su familia o renunciar al amor para siempre dentro del coche, con su marido al lado, mientras la lluvia arrecia fuera (también simbólico el efecto de dejarse calar o permanecer protegido). Empapados de romanticismo están Sean Thorton y Mary Kate Danaher en esa inolvidable escapada del cortejo en El hombre tranquilo (The quiet man. John Ford, 1952). Purificadora es la lluvia de Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s. Blake Edwards, 1961), por no hablar de las innumerables películas de terror cuya iconografía va frecuentemente asociada a la noche y la lluvia. Y por no dejar sin nombrar una de mis favoritas, me doy el gusto de citar el extraordinario final de El tren de las 3:10 (3:10 to Yuma. Delmer Daves, 1957) en el que tras la inesperada reacción de Ben Wade (Glenn Ford) «No me gusta deberle favores a nadie», sube al tren junto al campesino Dave Evans trocado en inesperado escolta del asesino, y desde allí saluda a su esposa en el momento en el que empieza a caer la lluvia que llevaban meses esperando para su campo lleno de heridas secas y que, no tan simbólicamente aunque en la narración de la película también lo es, les salvará de la más terrible miseria. Es como una recompensa divina por su honradez y valentía.
En el ámbito musical, dentro de la historia del hard rock hay tantas canciones como uno quiera o pueda recordar. No voy a proponer un catálogo completo ni mucho menos, únicamente voy a detenerme en algunas de mis favoritas obviando clásicos del rock, que hay muchos —«The rain song» y la igualmente maravillosa «Fool in the rain» de Led Zeppelin, «Have you ever seen the rain» y «Who’ll stop the rain» de Credence Clearwater Revival, «Purple rain» de Prince o «It’s raining again» de Supertramp— o hiperconocidos como el «November’s rain» de Guns ‘N Roses o «Africa» de Toto, en cuyo estribillo de hace referencia a la lluvia aunque en sentido más literal.
Hay dos a las que siempre se dirige mi pensamiento, y son dos indiscutibles joyas musicales: una de ellas es la delicadísima «Rain» de Uriah Heep, cantada por el irrepetible David Byron, acompañada de piano, con la cantidad imprescindible de aliento para que no se le escape la voz; la otra es la no menos exquisita «It’s just the rain» de Journey, en la que el pausado ritmo (¡cómo gotea ese plato de la batería!) parece marcar la caída de las gotas haciéndole polvo a Steve Perry que transmite su tristeza a través de la bellísima voz quebrada que tenía por 1996 en su último disco con la banda, esa obra maestra titulada Trial by fire.
También sólo a voz y guitarra me encanta el cierre del primer disco de XYZ, los dos minutos y medio de «After the rain» que trascurren no bajo la lluvia, ya que aquí no es más que una lágrima en los ojos a modo de «un eclipse de sol», según canta insuperablemente Terry Illous. Si seguimos en ese estilo pausado e intimista no puedo dejar de citar «Rain», la canción que cierra Believe (1997) de Harem Scarem, igualmente a voz y guitarra —con un apropiado acompañamiento de teclados—, cuyo estribillo carga de emoción cada instante en el que es la propia voz la que prácticamente se transforma en lluvia. En esa línea de expresión de emociones íntimas, y con aires muy zeppelinianos, Anne Wilson con Heart canta «I need the rain» en la que espera que la lluvia disimule o esconda sus lágrimas y la limpie, con el incomparable buen gusto y excelencia con los que habitualmente la cantante afronta cada una de sus interpretaciones.
La soledad puede resultar más profunda si fuera está lloviendo, y el dramatismo se duplica si es de noche; es lo que le ocurre al protagonista de «Another rainy night» de Queensrÿche, canción en la que se combinan explícitamente las lágrimas y las gotas de lluvia («raindrops taste like tears without the pain»), composición soberbia, llena de intensidad y obra maestra de los norteamericanos.
No son pocos los que han llorado bajo la lluvia. Probablemente la creación más recordada dentro del mundo del hard rock sea la composición de Whitesnake «Cryin’ in the rain». Lo difícil en este caso es decidirse por una de las dos versiones que publicaron, la original blues rock de 1982 del álbum Saints & Sinners o la adaptación con esos arreglos tan potentes y, en opinión de algunos algo más que hiperbólicos, de 1987. Sea cual sea la inclinación de cada uno es una canción de referencia: el dramatismo y la intensidad que aporta David Coverdale son irrepetibles (como decía, para muchos seguidores de los Whitesnake clásicos, lo de 1987 es excesivo), e inolvidables las líneas «The sun is shinning, but it’s raining in my heart»). Nadie puede ver las lágrimas cuando se llora bajo la lluvia.
Otro «Cryin’ in the rain» memorable, en un estilo muy alejado del de Whitesnake, es el de los Ambrosia con David Pack. En su álbum de 1980, rozando la salida de los setenta, la banda de west coast publicó este excelente álbum en el que se incluye esta composición de ritmo inolvidable y melodías a borbotones.
No poco han llorado en Magnum, ni son pocas las canciones en las que hacen referencia a la lluvia: su álbum de 2024 se titula Here comes the rain, «After the rain» en Breath of life (2002) o la extraordinaria «So let it rain» de no menos excelente On the 13th day. Me gustan más esas dos, pero su «Crying in the rain» está en Scape from the shadow garden de 2014, canción de aires setenteros con un tiempo muy medido.
Más lágrimas en la lluvia: los canadienses Triumph arrancaban su penúltimo álbum juntos en 1986 con la soberbia «Tears in the rain» en uno de sus trabajos más melódicos. Esperando que las lágrimas se lleven el dolor escuchamos los preciosos teclados que acompañan al estribillo en una modélica composición de rock melódico al más puro estilo Triumph. Por su parte, Robin Beck elige el modelo balada para su «Tears in the rain», compuesta en realidad por el infalible dúo Desmond Child/Diane Warren para el ya mítico Trouble or nothing de 1989.
Otra banda con afición por las lágrimas y la lluvia son Harlan Cage, que apenas dejan álbum sin una canción de este tipo: «Let it rain» en su primer álbum de 1996, «A Little rain» en Forbidden colors (1999), y «Just a face in the rain» (o «Any port in the storm», que abre el disco). El único título en el que no hay es en la que quizás sea su obra más redonda Double Medication Tuesday (1998). Nos quedamos con «A little rain», una creación muy representativa del estilo hiperdramático de la banda, de elevadas emociones y de un gusto exquisito.
La lluvia representa en ocasiones algo contra lo que no se puede luchar, dificultades que no se pueden superar, o conflictos o situaciones difíciles de afrontar. Muchas de las canciones que conectan con dichas circunstancias llevan por título «Who’ll stop the rain», haciendo referencia a ese supuesto imposible. En 2010 los británicos FM hicieron la suya en su álbum Metropolis, sobre alguien que cree que no va a salir nunca del atolladero en el que se encuentra, firmando una de tantas excepcionales creaciones dentro de su canónico y destilado rock melódico. Por su parte, Asia en 1992 incluyeron una canción con ese título en el inigualable Aqua, el primero con John Payne en las voces (aquí empieza también el conflicto entre los seguidores de Payne y los de John Wetton) y Al Pitrelli a la guitarra, además de Geoff Downes, Carl Palmer y Steve Howe, deslumbrante formación que en la canción citada de este gigantesco álbum dejó una muestra más de su sólida experiencia, inusual inspiración y característico estilo anegado de teclados y cautivadoras melodías («The problema is insoluble, the answers seen impossible», se escucha en el arranque del título).
El tristemente desaparecido Jani Lane sabía bien de qué hablaba cuando pedía que cayese la lluvia sobre él en una de sus varias magistrales composiciones, «Let it rain». Fino como pocos componiendo canciones lentas y medios tiempos, en el título citado perteneciente al tercer disco de Warrant, Dog eat dog (1992), explicita todos los sentidos figurados a los que nos hemos referido vinculados a la pérdida y la soledad. Dice en esta estupenda balada: «The rain is no so bad after all/It camouflages every tear that falls/Cleanses me of all the blame/I’ve put on myself». La melodía de cada uno de los versos de la canción es magisterio evitando lugares comunes; los coros del estribillo brillan por su sencillez y efecto.
Sin embargo, podemos encontrar un sentido opuesto al presentado, no todo va a ser tristeza. Hay compositores que son capaces de darle la vuelta a la idea y convertir la lluvia en un aguacero de amor y felicidad. Lo consiguieron RTZ, la banda que formaron los exBoston Barry Goudreau y Brad Delp en una canción con todo el sabor y estilo del imprescindible nombre del que procedían. En «Rain down on me» alguien pide a su chica que deje que su amor llueva sobre él porque todo es mejor con ella, Aquí incluso la llegada de su amada es la tormenta, la lluvia lavará sus años de soledad. Brillantísima y vitalista canción, de contagiosas melodías publicada en su disco debut de 1991. Curiosamente ese fue el año de lanzamiento del primer disco de The Storm, la banda de Kevin Chalfant, Gregg Rolie, Ross Valory, Josh Ramos y Steve Smith y obra maestra del AOR cuyo nombre se cruza en nuestro artículo por afinidad. Y así, de paso, reivindicamos también este olvidado disco de RTZ, magnífico sin duda.
No tan apreciado fue el segundo disco de la superbanda Bad English. El tiempo nos permite ver las cosas con perspectiva: ya nos gustaría ahora que cada par de años se publicara un disco como éste, pero en 1991 había demasiadas publicaciones buenas. En Backlash hay una canción titulada «Pray for rain», que cantada por John Waite se hace conmovedora. La pena es que se parece demasiado a «Forget me not», que es mucho mejor.
Tenemos alguna canción en la que la lluvia remite a un sentimiento de esperanza, un recuerdo en el que los amantes estaban juntos. «Lovers in the rain» es una canción en la que The Night Flight Orchestra, uno de los grupos más apreciados en Ciudadano Rock, refiere a dos amantes separados en la que uno de ellos no pierde la esperanza de que vuelvan a estar juntos como en el pasado, bajo la lluvia. Una de esas canciones en las que combinan sabiamente y como nadie sabe hacer el rock y el pop, el estilo bailable y discotequero, la diversión y la emoción.
Hay dos composiciones instrumentales de guitarristas tituladas igualmente «Rain» que me gustaría citar. Una está en el disco Perspectives (1996) del extraordinario músico y ejemplo de humanidad que es Jason Becker, estremecedora; la otra es de uno de mis guitarristas favoritos, Vinnie Moore, a quien hace no mucho pudimos ver ofrecer un precioso concierto en el que la elegancia y el gusto exquisito se desparramaron por la sala. Su canción está en su disco de 1999 The Maze, con Dave LaRue al bajo, Shane Gaalaas a la batería y con Tony McAlpine a los teclados. Moore construye una creación emocionantísima en la que los cambios de ritmo sacuden emociones y los arpegios y las acústicas se combinan bellamente.
Como saben nuestros improbables lectores, hay muchas más. Pensaba en dos imprescindibles de los también imprescindibles Savatage, «Handful of rain» y «Summer’s rain», magníficas muestras de hard rock intenso y con su puntito de teatralización, como todo el catálogo de la banda nunca suficientemente reivindicada; o de otro álbum que no puede faltar, el primero de Riverdogs, en el que hay asimismo una «Rain» inolvidable. Tanto en el caso de Savatage como en el de Riverdogs, las referencias al fenómeno atmosférico son algo más complejas. Incluso un asunto como la reprobación de la guerra y sus consecuencias tiene cabida en una canción como «Yellow rain» de Pretty Maids.
Como hemos nombrado al principio aquella película en la que un bailarín cantaba bajo la lluvia, vamos a invertir la ecuación y propongamos para finalizar a un cantante que baila. En la canción «Dancer in the rain» de Street Talk, la banda de rock melódico y AOR en la que Göran Edman hizo maravillas con las canciones de, en su mayor parte, Fredrik Bergh —quizás más conocido popularmente en la actualidad por Bloodbound, en las antípodas casi de Street Talk— el mensaje, al contrario que en la película, es poco optimista para alguien que solo ve soledad. Como Gene Kelly, lleva su paraguas y con él puede tocar las nubes, pero incluso en un día soleado el cielo le parece gris. Preciosa canción, sin duda. En fin, cada cual tendrá sus favoritas, estoy seguro, porque la cantidad es… copiosa.