No puedes dudar de una voz como ésta
Por José Ramón González.
¡Qué escándalo! ¡Qué barbaridad! ¡Qué portento de fuerza y emoción es el nuevo trabajo de Jimmy Barnes! Y no son pocos los títulos que lleva en su haber el músico australiano de origen escocés que pueden ser calificados de grandiosos. A pesar de ello, este Defiant deja sin aliento —o al contrario, dota de oxígeno y aire renovador— a cualquiera que tenga la suerte de cruzarse con él, o haga el trabajo de buscarlo, porque desde luego la distribución de sus discos envidiaría la eficiencia incluso del lechero que iba por las casas, puerta por puerta, repartiendo trabajosamente el líquido vacuno hace ya unas cuantas décadas.
Afirmaba el escritor, crítico y profesor John Gardner refiriéndose a la ficción —aunque yo lo extiendo al arte en general, y en este caso a la música en concreto— que el asunto primordial de la creación ha sido y será siempre la emoción humana, las creencias y los valores de los seres humanos. En Defiant esa premisa está expuesta en un grado superlativo. Es el propio Barnes quien lo confirma cuando presenta el álbum como una especie de renacimiento o de reafirmación de su propio carácter, difícil y rebelde. Dice haber sido capaz de transformar la experiencia, lo aprendido y vivido, en algo positivo. No es posible dudar de lo que afirma el gran Jimmy Barnes cuando se escucha «New day», la vitalista, positiva, regeneradora y alegremente contagiosa canción que aparece como single del álbum, muy acertadamente considero, pues representa a la perfección lo que este disco significa. En ella Barnes hace una declaración, casi una confesión, lanzada como una propuesta de futuro renovadora, optimista, a la vez que ajusta cuentas con su pasado. La canción lleva unos coros potentísimos que acompañan en el estribillo y cargan la canción de venenosa hermosura. Barnes canta… cómo canta. No puedes dudar de lo que cante una voz como ésa.
Pero es que la fiesta ha empezado antes, cuando suena la primera canción del disco «That’s what you do for love». Otra pieza contagiosa que a algunos puede recordar a Bruce Springsteen (al bueno de Bruce hace tiempo que no le sale una canción como ésta) pero que a mí me lleva hasta «Be good to yourself» de Journey, con la que, reconozco, tiene poco que ver salvo en ese arranque de piano —brutalísimo piano cortesía de Jonathan Cain (otro al que no le salen cosas así con su banda hace ya… ni me acuerdo)—, y en que comparte mensaje positivo en la letra. Aquí todo parece tocado por el espíritu de la bendita inspiración, todo funciona de una manera tan espléndida, tan orgánica, tan bonita que no queda más remedio que sentirse agradecido por estar escuchando algo tan rotundamente musical. Si hubo alguna vez algún motivo para crear música debió de ser para que llegase el momento en el que Jimmy Barnes cantase esta canción. Y, claro, dejarse inocular ese compuesto de vitalidad y lucha, de coraje, de capacidad para no rendirse a pesar de las adversidades. Si además de a Cain tenemos en la canción la guitarra de Joe Bonamassa y la batería de Jason Bonham, pues no hay que explicar mucho más.
En el contenido de estas canciones que he citado hay al fondo un detonante esencial para lanzar el mensaje de vitalidad, de optimismo y de visión positiva hacia el futuro, y ese elemento motivador es el amor. Este disco es un canto al amor como fundamento de la vida, como pieza esencial para creer que es posible la reparación, que es posible darse una (otra) oportunidad, que se puede comenzar de nuevo, ser mejor. No en vano, el disco está dedicado a su esposa. Si «Never stop loving you» no es una de las canciones más hermosas dedicadas al amor en los últimos años… Qué capacidad para cargar de emoción cada verso, qué sección instrumental final chorreante de blues y sentimiento, qué sensibilidad arrebatadora.
Aunque Barnes puede expresar de otros muchos modos esas emociones: love is always just ahead se escucha en la bellísima «Beyond the riven bend», una composición semiacústica en la que mete una gaita en el último tercio, haciendo homenaje a sus orígenes (como en la fotografía de la contraportada del disco).
Tenemos country rock de varios quilates en la autobiográfica «The long road» (no faltarán quienes la vinculen al «Blaze of glory» de Jon Bon Jovi), dos canciones pegaditas a la sombra de The Rolling Stones en «Dammed if I do, dammed if I don’t» y «Dig deep», la semiacústica de carretera en estilo sureño que huele a clásico a los diez segundos «Nothing comes for nothing», y la profundamente soul «Sea of love» que cierra el álbum gloriosamente. No sé qué más se puede pedir a una obra musical en este primer cuarto de siglo. Ah, sí, que lo produzca Kevin Shirley.

JIMMY BARNES: Cantante
GREG MORROW, JACKIE BARNES, ANTON FIG: Batería y percusión
STEVE MACKEY, MICHAEL HEGERTY, ALISON PERTWOOD: Bajo
KEVIN MCKENDREE, JIMMY WALLACE, CLAYTON DOLEY: Órgano y piano
RANDY FLOWERS, DOUG LANCIO, AUDLEY FREED, ROB MCNELLEY, DANNY SPENCER, BENJAMIN ROGERS: Guitarra
MAHALIA BARNES, JADE MACRAE, JUANITA TIPPINS, MICHAEL PAYNTER: Coros