Críticas Casco Antiguo

PRIVATE LIFE «Shadows» (Warner, 1988)

PRIVATE LIFE «Shadows» (Warner, 1988)

La suerte (y la responsabilidad) de ser ahijados de Van Halen.

Por José Ramón González.

 

Me gusta mucho este disco. Y es un buen disco, aunque no sea una obra redonda. No siempre lo que le gusta a uno goza de la bendición del talento ni lo que está bendecido por él es plato del gusto de cada fulano. Admito que me siento atraído por títulos poco admirados por muchos; no sé si será porque me gusta ir contracorriente, porque soy un tocanarices o es que mis gustos son raritos. No lo hago adrede, lo prometo. En el acto de creación que es la música cada artista trata de expresarse de manera personal, al menos ése es el ideal. Shadows es una obra que puede encuadrarse fácilmente en un subgénero dentro del rock, pero al mismo tiempo tiene unos rasgos muy personales, distintivos de una manera de crear y expresarse, y creo que eso es lo valioso; no importa lo perfecto que haya quedado ni el éxito que haya tenido, sino lo que los artistas hayan logrado plasmar de sí mismos en él. Cada cual decidirá si le gusta o no o si siente que conecta con esas inquietudes.

Private Life es una banda conocida —si es que lo es de algún modo— por haber sido producida por Eddie Van Halen y por tener entre sus miembros a otro guitarrista que gozó de su momento de gloria cuando ingresó en las filas de Alcatrazz, Danny Johnson. Con ellos había grabado dos años atrás Dangerous Games, el que fuera tercer y definitivo disco de la reputada banda (lo que hicieron bajo ese nombre hace unos pocos años no lo consideramos). Para Alcatrazz estaba ya todo perdido antes de que él llegara, era algo que todos tenían bastante claro. Muy poco después —o casi al mismo tiempo— Johnson comenzó a componer junto a la potente cantante Kelly Breznik (a quien, a propósito, nuestra admirada Rebeca Montón de 4 Bajo Zero nos recuerda mucho) y su antiguo compañero en Axis, el bajista Jay Davis, a los que se unirían el batería Lenny Campanaro y la teclista Jennifer Blakeman. Juntos darían forma a una banda de hard rock melódico, tipo Saraya, en la que vuelve a destacar la ya conocida discreción (valga la paradoja) de Danny Johnson, un músico educado en el cole del blues rock y al que, a pesar de sus cualidades, nunca le dio por hacer alarde de ellas, por lo que es difícil encontrarse con un momento en el que dedique más de unos poquitos segundos a su solo, meta tal o cual dibujito por aquí o por allá, interfiera en la canción o aproveche un momento de silencio en la voz para colar media docena de notas. Por otro lado su clase es innegable y su destreza indiscutible. Todo lo que tiene de discreto Johnson lo compensa Kelly Breznik, a quien quizás se le podría reprochar poca moderación en el uso de los registros agudos. Si se tiene esto en cuenta es posible disfrutar, y mucho, de un disco como el de Private Life, un álbum con mucha calidad, muy cuidado y en el que Johnson tiene una implicación más personal, pues no se trataba de entrar en una banda ya formada, como le había ocurrido en la mayoría de ocasiones anteriores —tocar para… Alice Cooper, Alcatrazz, Rod Stewart—, sino que ésta era su banda. Podríamos inferir su interés por el tiempo que la banda se mantuvo activa y por haber publicado dos discos; el apoyo de Edward Van Halen, salir de gira con su grupo, seguro que también ayudó a mantener la confianza en su trabajo. Y sin duda la colección de canciones de la que disponían. Que el nombre de uno de los guitarristas más importantes de la historia aparezca en la contraportada de tu disco debe de ser un refuerzo importante, aunque seguro que también una presión enorme. Su sola presencia estampada en tinta crea unas expectativas irracionales en el receptor que espera encontrarse con algo concreto relacionado con ese nombre. Y es muy posible que éstas no se cumplan.

En Shadows encontramos una elaboración musical en la que la clase y el estilo, la apuesta por la canción, las melodías y los arreglos están en primer plano, a pesar de que claramente evitan la comercialidad inverecunda. Ocurre algo curioso, y es que a pesar de contar con lo que, a priori, es imprescindible y necesario para conseguir un buen material, al escuchar el disco parece faltar algo. Es como si quisieran disimular u ocultar lo buenos músicos que son evitando hacer alarde de dominio instrumental y, sobre todo, reprimiendo la tentación de deslizarse por las escalas rápidas, especialmente en esas partes en las que bajo y guitarra van a dúo (a lo Mr. Big), como ocurre en «Don’t blame it on love». Pero si uno se va deteniendo en cada uno de los detalles, en la construcción de las canciones, en su desarrollo, no puede escapar al embrujo que emana del disco y de sus fascinantes melodías ni de la necesidad de volver a escucharlo inmediatamente nada más acabar. Porque desde luego, la primera cara de Shadows es impecable, extraordinaria. Inmediatamente se aprecia el excelente trabajo de Jay Davis al bajo, lo bien que funciona la combinación de los teclados de Blakeman con la guitarra y la portentosa voz de Breznik. «Put out the fire» es una gran composición con una inteligente dosificación de la intensidad en la que en la parte final Danny Johnson hace un dibujito inolvidable. «Last heartbeat» puede recordar en el comienzo algo al disco de Alcatrazz. Aquí Blakeman va sobrada de voz. La canción es una maravilla en su construcción y en las melodías. Johnson vuelve a dejar detalles de clase y Davis sigue dando clases de detalles. En «Don’t blame it on love» sí que se despachan a gusto: grandísima canción con los tiempos muy bien dosificados en la que los cambios de ritmo y las transiciones funcionan a la perfección; Davis y Blakeman brillan especialmente, Johnson se suelta con alegría y los coros son de esos que uno no puede dejar de repetir. Es muy emocionante «Don’t let go», en particular por el extra de intensidad que aporta Breznik, aunque la canción ya es lo suficientemente emotiva. Estamos ante un medio tiempo de manual, de colección, en el que Kelly Breznik podría ser Rebeca Montón cantando en inglés (es bastante alucinante, sobre todo en la parte de las estrofas). Cierra esta cara de manera ejemplar otra composición, «Rockabye Angel», en la que el crescendo de intensidad no es nada cardiosaludable.

«Spirit free» refresca el ambiente de la segunda cara con unas melodías más alegres. Aquí Breznik quizás comienza demasiado alto, lo que provoca un poco de fatiga en la escucha, a pesar de que la canción es una chulada. Los teclados que dan comienzo a «Hold on» nos introducen en el espacio más AOR del disco, para ello Kelly baja bastante el pistón y con ello queda una canción muy agradable, tipo Magnum. «Runnin’ the race» aumenta el ritmo (el título no da mucha opción al suspense). Una canción sencilla pero que cumple de sobra, con bonitos coros que se multiplican y combinan en la parte final y que nos regala unos buenos solos de Johnson. «Spider» atrae gracias a su sinuoso ritmo creado a través del bajo y la batería aunque no logra que nos dejemos enganchar despreocupadamente en su tejido. Si después de ésta se dejan para el final su interpretación de la tradicional «Amazing Grace» reducida a poco más de un minuto, la sensación que queda es de un poco de insatisfacción, como si hubiesen perdido fuelle al final. Para compensar esta frustración se recomienda volver a la fabulosa primera cara —total, la segunda dura algo más de quince minutos—, lo que me hace pensar que podría ser éste perfectamente el primer vinilo de tres caras con el que alguien se puede encontrar.

Instrucciones de uso: poner la primera cara, después la segunda y a continuación la primera. Sígase siempre este orden.

 

private-life-shadows_COVER
PRIVATE LIFE:
LENNY CAMPANARO: Batería
DANNY JOHNSON: Guitarra
JAY DAVIS: Bajo
KELLY BREZNIK: Cantante
JENNIFER BLAKEMAN: Teclados

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