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THUNDER «Dopamine» (BMG, 2022)

THUNDER «Dopamine» (BMG, 2022)

Mis mejores amigos.

Por José Ramón González.

 

He leído en algún sitio a alguien que comentaba que el nuevo disco de la banda británica Thunder no era de lo más destacable que habían publicado ―especialmente comparado con el anterior All the right noises (2021)―, aludiendo a que habían hecho más o menos lo que hacen siempre pero no tan bien como en anteriores ocasiones. Eso es como reprocharle a un restaurante que sea siempre tan excelso en la preparación de sus platos, o quejarse de un amigo por su indefectible disponibilidad cuando lo necesitas. Además, Thunder nunca hacen lo de siempre; va contra su naturaleza.

Lo único que yo puedo reprocharle al nuevo disco de los británicos es que sea doble y no triple (que es como ser agradecido con el buen amigo pero echarle en cara que no me lleve de vacaciones con él y su novia), porque cada una de las dieciséis canciones que forman parte de Dopamine son excelentes. No sobra ni un segundo, todo es magnífico en un álbum que demuestra que la pasión por la música para estos maduros jovencitos no ha perdido ni un ápice de intensidad. Sí, siguen fieles a su estilo único de gran exigencia ―hay varios modos de parecerse a ellos pero sólo ellos son ellos―, porque no pretenden ser más que la mejor versión de sí mismos. Esa capacidad para tensar los ritmos entrecortados que dislocan caderas y cervicales no ha hecho más que mejorar con los años. Qué maravillosa experiencia es poder escuchar en 2022 a una banda que no grabó su mejor disco hace treinta años sino ahora. Y eso sólo es posible porque ―es fácil darse cuenta― creen ciegamente en lo que hacen; porque si no, nada tendría sentido. Han conseguido mejorar incluso las portadas de los álbumes que, válgame Dios, las tienen realmente feas (Robert Johnson’s tombstone (2006) o Bang (2008) podrían ser (in)olvidables ejemplos). Las publicadas desde su vuelta en 2014, sin embargo, son genuinas como pocas.

Se conjuntan en Thunder varios factores determinantes y poco habituales que propician que el resultado de sus composiciones esté vertebrado por la armonía y la compenetración: la amistad entre los componentes, las ganas irreprimibles por crear nueva música para hablar del mundo en el que viven, una legión de aficionados cuya fidelidad va más allá de lo justificable por medio de la razón, y una honestidad que es más propia de las bandas del pasado siglo con largas trayectorias que de las de ahora. Me conmueve ver y escuchar a Uriah Heep o a Deep Purple, de una generación anterior, hablar de cuánto les gusta la música y lo que aún disfrutan de componer canciones y tocar en directo. Muchas bandas recientes son poco más que un pacto entre profesionales para sacar adelante un proyecto capaz de ofrecerles sustento. El mundo de la música es muy duro, lo sé.

El anterior álbum de la banda, All the right noises (2021), supuso un regreso a su sonido clásico tras haber explorado la adaptación de su idiosincrasia a las estructuras, estilo y formas más esencialmente setenteras en los dos anteriores y magníficos Rip it up (2017) y Wonder days (2015), de los que en Dopamine queda algún fleco: «Even if it takes a lifetime», por ejemplo, o en «All the way». He dicho que han grabado su mejor disco, es algo que digo en cada una de sus publicaciones, pero no miento ni me poseen las seductoras comodidades de la hipérbole, porque en cada una de ellas ofrecen lo mejor de lo que son capaces en cada momento. En su catálogo no existe un disco mejor que otros sino un favorito para cada uno, y además uno diferente en cada momento en el que el aficionado sea interpelado. Su discografía es más valiosa que el escaparate de Tiffany’s. Y, por supuesto, en ella es más difícil elegir.

En Dopamine nos rencontramos con la soberbia base rítmica de Harry James ―cuánto aportó a Magnum en sus años con ellos― y el fabuloso y siempre inspirado y por ello muy solicitado Chris Childs; las tremendas e inigualables guitarras de Luke Morley y Ben Matthews, y con el jerarca de la voz Danny Bowes. Mantienen, sabiamente dosificados, los coros de voces femeninas de sus últimas obras. Decía que nunca hacen lo mismo, pero lo que sí es seguro es que cualquier aficionado sabe que tiene garantizada la rabia y la ternura, la tristeza y la vitalidad, la emoción, la pasión, la fuerza y la sutileza, volcados en su nuevo álbum con toda la sabiduría, energía, rabia, dolor y ganas de divertirse. Ofrecen para ello un catálogo de canciones y estilos que intimida a cualquiera que se quiera dedicar a la música, o que lo alienta para procurar alcanzar la depuración estilística y compositiva de la banda.

Desde el arranque del primero de los dos discos, con una soberbia pieza de complicada ejecución, y primer single «The western sky» sabemos que esto pertenece a una categoría especial. Una de esas canciones que parecen sencillas de hacer pero que sólo pueden alcanzar la gracia y la eficacia necesarias cuando la ejecutan unos músicos como estos. Thunder son unos maestros en la ejecución. Esa misma inspiración la encontramos en la extraordinaria «Across the nation», en la que es imposible no quedarse pasmado con la sección de guitarras en la parte del solo: ¿se puede hacer algo tan recurrido y lograr un efecto tan grandioso? Y qué decir de esas notas de piano tan apropiadamente incluidas a lo largo de la canción. «One day we’ll be free again» es una prueba de tolerancia de la frecuencia cardíaca y una invitación urgente a participar en sus siempre magníficos conciertos. Quien lo probó lo sabe.

Otra especialidad en la que son magistrales es en las baladas, nombre tan sobado pero que me parece tan apropiado para lo que ellos hacen ―recuérdese la imprescindible colección de ellas y medios tiempos en Ballads (2003)―. «Unravelling» supone otra cima compositiva con una letra conmovedora; título para incluir, ya, en su rotundo catálogo. Más despojadas de instrumentación pero igualmente cautivadoras son «Just a grifter» y «Is there anybody out there?» en la que Danny Bowes toca fibras de sensibilidad que causan escalofríos.

La música de Thunder es valiosa porque mejora nuestra vida. Es equilibrio en un mundo tambaleante, un lugar seguro al que ir en un planeta a la deriva, autenticidad en medio de una sociedad deshonesta y superficial, belleza armónica, limpia y apasionada en medio de una realidad sombría. Su música no es sólo entretenimiento, es vida. Es, decía, como los buenos amigos.

Yo no tengo muchos amigos. Tengo discos, libros, películas. Tengo muchos amigos. Thunder son mis mejores amigos.

thunderdopaminecover
THUNDER:
BEN MATTHEWS: Guitarra y teclado
CHRIS CHILDS: Bajo
DANIEL BOWES: Cantante
HARRY JAMES: Batería y percusión
LUKE MORLEY: Guitarra, percusión y coros

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