THE VAL «King Ocelot» (The Fish Factory, 2019)

La clave está en el estilo. Por José Ramón González.   Hay discos que uno tiene que ganárselos y otros que se lo ganan a uno. King Ocelot, el nuevo y excelente disco de The Val, es de los segundos. A pesar de su indiscutible calidad, a la que me referiré inmediatamente, no conseguí durante unos cuantos días acceder a las canciones a causa de una producción ―en realidad creo que es la mezcla― con la que no compartía criterio. Obviamente, no es que no esté bien hecho, sino que no suena como a mí me gustaría. Más obviamente: mi criterio es el erróneo, pues creo que el sonido es el buscado por la propia banda y no consecuencia de limitaciones técnicas; y porque la excelencia de las canciones de King Ocelot salpica a la cara a poco que uno sea medio espabilado. Poco a poco y según se va uno familiarizando con las canciones va percibiendo con mayor claridad esos sonidos que, al menos yo, no apreciaba en las primeras escuchas: una batería a veces muy al fondo, unos teclados que en algunas canciones no tienen el protagonismo que desearía ―en mi muy modesta opinión―, una guitarra que en varios momentos hace gala de una excesiva modestia, y un bajo muy delante que se imponía al resto de instrumentos. Como en sus dos anteriores trabajos, parece que cualquier cosa que huela a estridencia les repugna, por lo que son capaces de crear canciones de contundencia rockera sin que se les salga la camisa de los pantalones (“Lily and the oldman”, “High heles” o “Say goodbye”). Supongo que eso es el estilo. Dicho esto, digamos lo importante: King Ocelot es uno de los mejores discos que he escuchado este año. Un álbum marca The Val que exprime sus cualidades aún más y que lleva las canciones a un terreno absolutamente personal marcado por dos aspectos: la libertad y los rasgos de estilo. Esa progresión artística se da no por estridencia sino por sutileza. Han pulido la clase, han afinado en la interpretación, han reventado las estructuras logrando con ello que las canciones tengan suficiente espacio para expresar emociones musicales menos previsibles. Prueba de esa libertad es la forma en la que se presenta “Crying on the bedroom floor”, con un coqueto y elegante peinado que gana en belleza cuando se libera, a mitad de la canción, para cargar las emociones en la soltura de no verse atada a una repetición del estribillo que nunca va a llegar, porque la canción ya ha derivado hacia una nueva personalidad, más libre y hermosa, en coherencia con su letra. Ese desvío que causa vértigo en la emoción, tan espectacular en la percepción del receptor como sutil y natural en su ejecución, es la denominación de origen de un trabajo artístico de enorme clase sustentado, además de en la libertad, en el buen gusto. A ello contribuyen unos músicos generosos que le entregan todo a unas canciones que, como bebés en período de lactancia, absorben las esencias de su talento para crecer sanas, puras y fuertes. Otro cambio, menos sutil pero igualmente sorprendente, es que el ejecutan en “Crazy world”, una canción estructurada en dos partes, una primera de estilo rock melódico tipo balada de Foreigner que deriva hacia una segunda parte años setenta a lo Uriah Heep, influencias de décadas y estilos de los que bebe The Val a lo largo de todo el álbum. Sin embargo no es fácil etiquetar su música ―ni falta que hace― haciendo referencia a tal o cual subgénero o década. Su rock está marcado por la devoción al estilo y al buen gusto, referentes ambos más importantes que cualquier nombre de banda que se pueda citar, porque ello supone una adscripción a algo más puro y honesto. Y más personal. Como la voz de Gabrielle de Val, que vertebra cada canción del álbum con sus melodías, su interpretación y sus magistrales y admirables armonías. Su voz marca el pulso de las canciones y condiciona todo lo demás: limpieza, elegancia, emoción, energía… Son precisamente las melodías uno de los aspectos más sobresalientes del disco. Tan trabajadísimas que al escucharlas dan una sensación de espontaneidad extraordinaria. No me extrañaría que fuera éste un álbum elaborado muy lentamente al que se le ha dedicado mucho tiempo. Lo contrario sería brujería. Otra cosa que saben hacer maravillosamente es crear un concepto muy personal de la comercialidad o la inmediatez que no renuncia a ese estilo The Val, lleno de cambios, adición de detalles sutiles y repudio a los lugares comunes estructurales. Así “Symphony” es una pieza delicadísima de lo que cualquiera puede entender como single pero a la que es imposible ponerle delante al adjetivo «típico», y no por ello dejar de ser una composición de una inmediatez irreprochable gracias a sus pegadizas melodías. Fantásticas las dobles guitarras en el solo de Alfonso Samos. Lo mismo se puede decir de otros potenciales singles como “Save a little love” o “You break the silence”. Las perlas que contiene el disco se distinguen por su calibre, no porque haya canciones que no lo sean. Una de ellas es “Son of mine”, una creación de una excelencia tal y de una autenticidad tan insobornable, con una coda en el estribillo tan inspirada, que la única pega que se le puede poner es que no hayan decidido alargar la parte final de la canción al estilo Michael Thompson Band en la que comienza el solo de Samos. Ese fade out me hace polvo. Se podría decir que cuando una obra es valiosa termina imponiéndose por obviedad; el resto es cuestión de perspectiva. Recuerdo que Casablanca era igual de buena cuando la veía en VHS.   THE VAL: RUBÉN BERENGENA: Batería ÁLEX MORELL: Bajo TONY ORTEGA: Teclados ALFONSO SAMOS: Guitarras, coros y teclados adicionales GABRIELLE DE VAL: Cantante y coros