THE NIGHT FLIGHT ORCHESTRA «Amber Galactic» (Nuclear Blast, 2017)
Viva la música Por José Ramón González. No importa que bajo la epidermis de “Domino” bombeen las pulsaciones rítmicas de la música de Toto, ni que el escarabajo de Journey despliegue sus misteriosas alas cuando suenan los primeros acordes de “Josephine”. Tampoco la certeza de que Rocky Balboa podría haber cambiado su vieja cassette con el “Burning heart” de Survivor por una en la que sonara “Something mysterious”. Ni siquiera es tan relevante que en algunos momentos tengamos la sensación de estar escuchando la banda sonora de una peli con canciones de los Bee Gees, que The Night Flight Orchestra hayan dado con el nuevo “Maniac”, o que en los puentes de algunas canciones estemos escuchando la música de fondo de una persecución de Starsky & Hutch o de Harry Callahan. Lo verdaderamente importante es que la música que suena en Amber galactic es soberbia: mágica, emocionante, inteligente, coherente, inspirada, vitalista, divertida, sorprendente… y personal. Porque a pesar de los innumerables referentes que resuenan en sus composiciones ˗súmese a los anteriores Chicago, Supertramp o la ELO˗, las canciones de esta banda y de este disco en concreto tienen un sello único. ¿Cómo se puede hacer algo así: sonar a tantas cosas y ser, por encima de todo y al mismo tiempo uno mismo? Pues posiblemente con algo tan sencillo como el respeto, la admiración y el inconformismo, pues no se trata de imitar o copiar; ni siquiera de recrear. Esto es auténtica creación. Para lograrlo es necesario ser buenos compositores y excelentes músicos (recordemos que los integrantes de esta banda vienen de grupos tan alejados de esta propuesta como Soilwork o Arch Enemy). Y también hay que tener gracia, chispa y desparpajo. Es verdad, su sonido bebe, come y respira de la música de los grupos que he citado antes, pero también es innegable que sus canciones son ellos. Reducir toda la maravillosa música que son capaces de montar estos músicos a una simple reproducción de sonidos de los setenta me parece casi irrespetuoso y simplificador. Estos no se miran en un espejo a ver qué tal quedan disfrazados de otros. La diferencia entre el imitador y el creador, sospecho, está en el proceso: el que imita, copia o reproduce, parte en su composición de intentar hacer algo parecido a lo que se quiere parecer; en cambio el creador compone sus canciones y en ellas podemos reconocer lo que las inspiran, rasgos que no se pueden ni se quieren disimular. Por el camino andarían conceptos que van desde el homenaje admirado hasta el plagio despreciable, pero lo dejamos aquí. El primer disco de The Night Flight Orchestra (Internal affairs, 2012) está entre las publicaciones más sorprendentes y adictivas del comienzo de siglo y, aunque el segundo (Skyline whispers, 2015) pasó más desapercibido siendo igualmente muy bueno, es un placer comprobar que este nuevo álbum confirma que esta banda es, afortunadamente, algo más que un capricho, y que lo corrobora con lo que podría ser casi el mejor de los tres publicados, afirmación osada donde las haya. Estos discos anteriores son la prueba de lo que decía líneas arriba: muestran la coherencia y la personalidad de su sonido. Amber Galactic es un disco emocionante, vibrante, que nos secuestra de cualquier otro pensamiento para llevarnos a su universo de ritmos, melodías, detalles instrumentales y coros. No me importaría detenerme en cada una de las canciones, pero no voy a abusar de la paciencia de mis improbables lectores. Sólo, por el placer que me produce recrearme en ello, destacaría brevemente la disfrutabilísima labor del bajista Sharlee D’Angelo durante toda la obra (merece la pena dedicarle una escucha exclusiva para fijarse sólo en él), o la riquísima variedad de teclados y pianos de Richard Larsson que se adaptan a todo, con detalles monumentales y arreglos brillantes de diversas influencias (hay que fijarse en la cantidad de recursos que despliega en “Sad state of affairs”, por ejemplo). Pero este viaje galáctico es exigente, por lo que todos los tripulantes son de primera clase. Qué se puede decir de la sobresaliente interpretación vocal de Björn Strid que, me recuerda ligeramente a lo que hacía Ronnie Atkins con sus registros; o las guitarras de David Andersson y Sebastian Forslund, capaces de dejar doblado a quien sea en un giro de diez segundos. Por su parte Jonas Källsbäck hace un controlado y acertado trabajo a la batería con un sonido muy apropiado para el estilo. Mención aparte merecen los coros que son una delicia, de categoría. Todo ello revienta plenamente en todas, absolutamente todas las canciones del disco, del que he citado ya algunas. En “Gemini” se alcanza una emoción creciente que transmite una inexplicable espontaneidad. La psicodelia setentera gotea imparablemente al ritmo de “Star of Rio”. El comienzo y las melodías de “Jennie” me hacen pensar en aquel disco extraordinario de sus compatriotas T’Bell. Me encanta el paralelismo de guitarra y voz en el estribillo de “Josephine”. Y “Saturn in velvet” se ha convertido en una pequeña debilidad, una composición de más de siete minutos absorbente, asombrosa y atrevida que aglutina cientos de influencias y las lleva a otra dimensión. Incluso con las innumerables referencias musicales, el disco muestra una homogeneidad asombrosa. Supongo que eso es otra muestra de la fuerte personalidad de la banda y una de las claves de su magnetismo: (re)creación. THE NIGHT FLIGHT ORCHESTRA: BJÖRN STRID: Cantante SHARLEE D’ANGELO: Bajo DAVID ANDERSSON: Guitarra RICHARD LARSSON: Teclados JONAS KÄLLSBÄCK: Batería SEBASTIAN FORSLUND: Guitarra, percusión
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