SPIN GALLERY «Standing Tall» (Atenzia Records, 2004)
Funámbulo Por José Ramón González. En la portada del disco de Spin Gallery puede observarse a unos tipos a los que podríamos identificar como saltadores de trampolín que están a punto de zambullirse en el agua; en concreto tres, los cuales acaso representarían a los tres cantantes del álbum. Sin embargo Standing tall no es el disco que firmaría un atleta de saltos de trampolín, sino más bien el de un especialista del circo, el de un funámbulo, de esos que se la juegan haciendo equilibrios sobre una aparentemente finísima cuerda mientras sonríe disfrutando del riesgo. Standing tall, según he comprobado, es un álbum más desconocido de lo que pensaba y está más olvidado de lo que juiciosamente merece. Digo que es obra de un funámbulo porque es capaz de mantenerse sobre el alambre que sostienen desde sus extremos el rock y el pop sin que nada desentone, en esa frontera que muchos cruzan pero en la que nadie se queda porque está situada en terreno abandonado que no pertenece a nadie. Algunos lo llaman Westcoast o AOR. Trabajar en esa frontera innombrable es arriesgado, sin duda, porque pocas cosas hay en la vida que nos gusten más que clasificar, poner etiquetas, organizar, categorizar… juzgar. Cuando algo se escapa de esas rígidas categorías se suele producir un rechazo bastante generalizado. No gusta porque no llega a ser exactamente como lo que me gusta, o no gusta porque es demasiado diferente a como me gusta, con lo que al final parece no gustarle a nadie. Y sin embargo, es en esa finísima línea donde se sitúan algunas de las obras más atractivas y, por descontado, más originales del arte. Porque las líneas que dibujan las fronteras son las que más invitan a la libertad. Para quienes asumen riesgos de este calibre el resultado puede ser pegarse el gran batacazo o salirse con una joya inclasificable. En el caso de Spin Gallery el resultado no es otro que uno de los mejores discos del estilo del siglo XXI —se llame como se llame el estilo al que nos referimos—. Aunque nada me gustaría más que alguien que leyera estas líneas —algo improbable, lo sé— se zambullera en un baño de placer al escuchar este disco por primera vez. Ciertamente Standing tall es un disco difícil de clasificar, no por ser experimental ni vanguardista, sino por acomodarse asombrosamente entre el pop y el rock, la música de baile de discoteca y el AOR, y lo hace de manera tan convincente como extraordinaria, haciendo gala de eso que podemos llamar buen gusto, o clase. El nivel artístico es tan alto que no queda más remedio que rendirse ante tal despliegue de elegancia. Y es que detrás de todo el tinglado está Tommy Denander en una de sus más brillantes creaciones, y mira que es difícil hacer una afirmación como esa de un músico cuyos trabajos son prácticamente innumerables. Se cuenta que fueron Denander junto a uno de los tres saltadores de la portada —seguramente el que aparece destacado en primer término—, Christian Antblad, los promotores del proyecto. De hecho, todas las canciones están compuestas por Antblad y Denander excepto dos: «My heart», que es de Clif Magness, y «Waiting in my dreams», la canción de Mr. Mister que aparecería en su cuarto disco, Pull (2010), aunque fue grabado más de veinte años antes y quedó sin publicar. Y la canción que cierra el álbum, «Grace», de Denander y Rick Delin, en la que además colaboran David Foster al piano, Randy Goodrum a los teclados y Michael Thompson a la guitarra. La pregunta que es fácil que cualquiera se haga es qué hacen tres cantantes en un grupo, ¿es una boy band? Obviamente no, pero Standing tall es un disco que reverencia las voces, la belleza artística que se crea a través de ellas, de sus armonías y melodías y, por supuesto, es también un trabajo que rinde culto a la escritura de la canción. Porque por muy bien que se cante, si no hay nada que cantar, si no hay canción, no hay nada en absoluto (es posible cantar bien una mala canción, aunque la canción finalmente no transmita nada, pero no es sufrible cantar mal una buena canción). Las composiciones están cuidadísimas, mimadas, extraordinariamente trabajadas, tanto que a veces puede dar la sensación de un exceso de perfeccionismo en el que no hay espacio para la espontaneidad (esto casi con seguridad es pecado mío y de mi aversión a la perfección). Los estribillos son mayoritariamente largos, ideales para deleitarse en sus formas; su desarrollo busca la plenitud de la canción evitando la ruptura y el sensacionalismo y manteniendo la cohesión del tejido musical, la naturalidad de las formas. (Puede que aquí estén los saltadores de trampolín: en el control, la armonía del movimiento y el progreso y la integración no traumática en un medio natural diferente.) Llegamos con esto a la idea de que esa naturalidad parece contrastar con lo que, a priori, no es natural, que es la mezcla de sonidos programados y sintetizadores, ritmos marcados para bailar en discotecas, con el sostén de una banda de rock; sin embargo es justo ahí donde reside gran parte del atractivo del álbum. Me encanta la manera en la que la batería de uno de los habituales socios de Denander, Marcus Liliequist, empasta con ese conjunto de ruiditos y sonidos programados junto a la riqueza formidable de las guitarras de Denander que hace un trabajo deslumbrante. Y todo ello consagrado a las canciones, unas canciones que se me antojan irrepetibles, inagotables. Cuando escucho de nuevo el disco después de dejarlo descansar durante un tiempo me vuelve a poseer el mismo hechizo mágico de sus melodías, me atrapa su magnetismo como la primera vez, me vuelvo a emocionar como recordaba haberlo hecho cada vez que me reencuentro con él. Si existe la inspiración, los músicos de este disco se metieron un buen empacho de ella. SPIN GALLERY: CHRISTIAN ANTBLAD: Cantante MAGNUS WEIDENMO: Cantante KRISTOFFER LAGERSTROM: Cantante TOMMY DENANDER: Guitarra, bajo, teclados, samples MARCUS LILIEQUIST: Batería ANDERS “THEO” THEANDER: Percusión, teclados
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