Nosferatu (Robert Eggers, 2024)
Las trece princesas bailarinas Por Gema Serbal. Para Jose, mi príncipe “azul oscuro casi negro”. Para la brujita Susi, otra loca de la danza. Érase una vez doce princesas que al anochecer abandonaban sus dormitorios, en el hogar paterno, y se adentraban en la oscuridad del bosque para lanzarse a los brazos de doce príncipes con los que bailaban hasta que las suelas de sus zapatos se desgastaban y ya no podían continuar danzando. Ellen, protagonista de la última versión del mítico vampiro (Nosferatu), podría ocupar el número 13 (número cargado de simbología y mala suerte) en la sucesión de las princesas bailarinas del conocido cuento de los hermanos Grimm. Es una mujer que se desvincula de la autoridad paterna, que al oscurecer se entrega al éxtasis, que reclama su derecho al amor, al sexo, que reivindica sus instintos más primarios que la conectan a la naturaleza, a los ritos antiguos, a grupos étnicos marginados (como el de los gitanos, presentes en la obra, que se rigen por supersticiones y leyes propias) y, sobre todo, al universo de las tinieblas, al mundo del Conde Orlok, el mismísimo diablo. La película, dirigida por el brillante y, para algunos, incómodo Robert Eggers, recrea la película del mismo título de Murnau. No es la primera vez que se versiona la historia. Al film de Murnau le siguen en 1979 Nosferatu el vampiro, también conocido como Nosferatu: El fantasma de la noche (título original), del director alemán Werner Herzog, y en 1992 Drácula de Bram Stoker de Francis Ford Coppola. Para interpretar a Ellen (Mina en las otras versiones) nos encontramos con la fabulosa Lily-Rose Depp que, en ocasiones, provoca más terror que el mítico Drácula (aquí denominado Orlok). Antes de continuar, y para que alguno no se despiste (o se despiste aún más) es necesario explicar (o no) la historia de los nombres de los personajes, aunque muchos ya estarán al corriente y podrán saltarse la lista de nombres que voy a vomitar a continuación. Cojamos aire y ahí va: El primer e icónico Nosferatu de Murnau, aun basándose en la novela de Stoker, cambia los nombres de los personajes del libro para evitar posibles enfrentamientos jurídicos por los derechos de autor. Drácula se convierte en Orlok, palabra de origen eslavo con el significado de “diablo” y “vampiro,” que Murnau, ocultista convencido, también alterna con Nosferatu; Mina pasa a llamarse Ellen; Jonathan Harker, marido de Mina, Thomas Hutter; Lucy, amiga de Mina, cambia su nombre por el de Annie; el perseguidor del conde, Van Helsing, es el profesor Bulwer (Everhart, en la reciente versión), y el esclavo del conde y comebichos, Renfield, recibe el apelativo de Heer Knock; por cierto, no puedo dejar pasar por alto que este patético personaje es el protagonista de la maravillosa Renfield (2023), interpretada por el actor Nicholas Holt, que curiosamente encarna al marido de Ellen (Mina) en el film de Eggers. Pues, si bien en el Nosferatu de Herzog de 1979, el único cambio es el de Mina, que se transforma en Lucy, mientras que en la versión de Coppola se mantienen todos los nombres de la novela, Eggers, por su parte, decide seguir la estela de Murnau. A diferencia de las obras anteriores, Ellen, personaje femenino principal, acapara la historia y las imágenes del film. Tanto el mismísimo Nosferatu o conde Orlok, trasunto del conde Drácula, como el sufridísimo marido Thomas Hutter, se desvanecen como “lágrimas en la lluvia” ante la fuerza abrumadora de esta mujer. Ellen, la Mina de la novela de Stoker, presenta más similitudes con la juguetona y un tanto libertina (al menos para la época) Lucy que con la recatada y fidelísima esposa de Jonathan Harker. Como ella, disfruta del sexo y es la primera en sentir la llamada del mal. En los primeros fotogramas del film, se nos presenta al personaje inmerso en una profunda oscuridad, iluminada únicamente por la tenue llama de una vela. Este retrato de Ellen presenta indudables paralelismos con la aparición de Drácula en la obra de Herzog donde, desde el interior de una espesa negrura, destaca el pálido rostro del mefistofélico conde. Esta primera escena es una declaración de intenciones. Desde el comienzo se nos muestra a una mujer anhelante de ser amada que despierta, conscientemente, las fuerzas del mal, en las que encuentra su identidad. Es ella quien invoca al ángel caído. No es, como en las otras versiones, una pobre víctima, esclava de los deseos del vampiro. En cualquier caso, es víctima de sus propios deseos. Hay otro instante que, pese a repetirse tanto en la obra de Murnau como en la de Eggers, adquiere diferentes interpretaciones acerca de la idiosincrasia del personaje. Me refiero al momento en el que Ellen recibe unas flores que le entrega su marido para atenuar el sufrimiento ante su inminente marcha. En la película de Murnau Ellen acoge las flores con una delicadeza y cariño propias de una madre amamantando a su bebé; de hecho, la postura que adopta es la de una mujer con el hijo en brazos acercándolo a su pecho. Sin embargo, en la versión actual, Ellen desprecia el regalo y arroja las flores al suelo. No hace falta añadir nada más. La Ellen de Eggers en una reivindicación de la libertad de la mujer. Es algo que se acentúa de manera explícita cuando la joven se niega a aceptar las órdenes del marido de su amiga Anne (Lucy en la obra de Stoker). Este desprecia a Ellen por la manera de manifestar su amor a su marido. Lo considera algo excesivo, exagerado, impropio de una mujer virtuosa; aunque él también se declara con orgullo rendido ante el deseo y llega a describirse como un conejo en celo, parece que no considera apropiado que una mujer sienta lo mismo. Pero no solo él muestra desdén hacia la naturaleza apasionada de Ellen, también lo hacen otros personajes masculinos cercanos a ella. Para empezar, su padre, que ve en ella a un ser inmoral; su marido Thomas Hutter, que no parece saber cómo satisfacer los deseos de su joven esposa; pero también el profesor Albin Eberhart (el Van Helsing de la novela) quien, a pesar de encontrarse fuera de lugar en esa sociedad decimonónica, cada vez más industrializada, científica y racional y aproximarse a otras épocas remotas, donde tenían cabida las fuerzas de la naturaleza, lo intuitivo e incomprensible, tilda a Ellen de ser inferior, por permitir que la dominen sus instintos (ya sabemos que se refiere al sexo, parafraseando otro título fílmico, su “instinto básico”). Otro “por cierto”, el actor que encarna al profesor, Willem Dafoe, como Nicholas Hoult, también es un artista experimentado en interpretar papeles relacionados con el mito de Drácula, como lo demuestra metiéndose en la piel de un actor que es contratado por Murnau para hacer del mismísimo Nosferatu y que confunde la realidad con la ficción ¿o no? Estoy hablando de la divertida y, al mismo tiempo, sobrecogedora La sombra del vampiro que, por la obsesión del protagonista, me recuerda a Besos de vampiro, protagonizada por Nicolas Cage. Y, al mencionar al actor y la confusión entre realidad y ficción, es inevitable la carcajada cuando este tuvo que salir a la palestra a desmentir las noticias que circulaban por la red y que lo identificaban con un vampiro. ¿De verdad? Retomando el hilo, no es de extrañar que una criatura incomprendida y despreciada busque el amor hasta debajo de las piedras (creo que me repito – Yo soy rebelde o Parásitos – no es la primera ni será la última vez que hable de criaturas marginadas: el arte y la vida están plagadas de ellas). Resulta conmovedora la escena en la que Ellen y Anna se encuentran tendidas en la cama, una al lado de la otra. La mirada tierna y voluptuosa y las caricias que le dedica a su amiga, junto con las palabras de agradecimiento por su amor y amistad, nos convierten en testigos de ese deseo de ser amada. No es de extrañar que termine invocando al maligno, ya que es el único que, como ella, es rechazado y odiado; también será el único que le abra las puertas. A propósito, la película está repleta de puertas que se cierran y que, al abrirse, lo hacen a un exterior con más puertas y arcos que atraviesan los personajes sin saber que se dirigen a un destino mortal (seguro que hay más de una película cutre con este título). De todos modos, parece que los personajes ya están muertos, encerrados en una existencia que niega la naturaleza humana. Solo Ellen y el conde se muestran tal y como son, dando rienda suelta a sus pasiones. Paradójicamente, hay más vida en un centímetro de la carne muerta y putrefacta del vampiro que en cualquiera de los otros personajes. Es magistral cómo Eggers nos introduce en esa sociedad opresora y oprimida rodando las escenas en una perpetua semioscuridad o neblina, con cielos nublados y tormentosos, que solo se despejan al final del film cuando Ellen, como una figura mesiánica, se ofrece como sacrificio y salva a la humanidad, que siempre la ha repudiado. Y termino volviendo al principio, al cuento de Las doce princesas bailarinas, y a la abrumadora interpretación de Lily-Rose Depp (hija de… ¡adivina!) que como las princesas del cuento buscan desesperadamente la libertad y nada mejor que el baile, que es instinto, rito, cortejo y sexualidad. No es casualidad que las brujas en sus aquelarres bailaran alrededor de la hoguera o, como en Suspiria, funden su propia escuela de danza y monten coreografías para invocar al innombrable (aunque recibe múltiples apelativos). Además, las brujas siempre han sido mujeres al margen de la sociedad que, como la protagonista de La bruja, también de Eggers, hallan en el maligno y compaña aceptación, integración y, por qué no, algo de amor. Ellen es la princesa bailarina número trece que encuentra el amor en el príncipe de las tinieblas. El final de este Nosferatu no podía ser otro que la fusión de ambos en un abrazo mortal (de nuevo el efectista calificativo). Y comieron perdices y fueron felices. Es el único final posible para ella, al entregarse al vampiro y liberar a la humanidad, se libera a sí misma; tampoco podía ser feliz con el conde diabólico, demasiado posesivo. Después de todo, la película sigue teniendo la estructura de un cuento, un cuento cruel, como eran los cuentos en su origen (¡que se lo digan a Angela Carter!): la princesa bailarina (que está más cerca de ser una bruja), recibe un ultimátum del malvado conde de tres días para entregarse a él (el tres, número mágico, y constante en los cuentos populares: en Las doce princesas bailarinas, ¡¡otra vez!!, el soldado tiene tres días para resolver el enigma); pero, como en El príncipe feliz (que no hace honor al título y es uno de los cuentos más tristes que uno haya leído), termina encontrando la muerte. Sin embargo, en Nosferatu, la muerte es la vida. Y, aunque prometí que terminaba, y no venga al caso (o sí, parece que ando un poco indecisa últimamente) tengo que mencionar otra gran interpretación de Lily-Rose Depp, precisamente, parece que anticipándose a su nombramiento como princesa bailarina número 13, dando vida a la gran Isadora Duncan, bailarina y coreógrafa, considerada una de las precursoras de la danza contemporánea, en la película francesa La bailarina, sobre la vida de la también bailarina y coreógrafa Loïe Fuller. Ambas fueron, tanto en el ámbito de la danza como en el íntimo personal, mujeres libres, rompedoras de convencionalismos (otras princesas bailarinas números catorce y quince y, como siga así…). “Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.” Intérpretes: Lily-Rose Depp Bill Skarsgård Nicholas Hoult Aaron Taylor-Johnson Willem Dafoe Guión: Robert Eggers Música: Robin Carolan Fotografía: Jarin Blaschke
Copia y pega esta URL en tu sitio WordPress para incrustarlo
Copia y pega este código en tu sitio para incrustar