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ANDREW O’NEILL “La historia del Heavy Metal” (Blackie Books, 2018)

ANDREW O’NEILL “La historia del Heavy Metal” (Blackie Books, 2018)

Una historia subjetiva, no ‘la’ historia.

Por José Ramón González
Foto: Andrew O’Neill.

 

lahistoriadelheavymetalportadaUna de las conclusiones a las que llega enseguida el lector de La historia del Heavy Metal, es que la visión de su autor, Andrew O’Neill, es bastante restrictiva, aunque sin duda también es coherente. Desde el comienzo muestra un claro empeño por delimitar qué es heavy de lo que no lo es, y vincula lo que lo es a un principio de autenticidad y planteamientos musicales extremos ligados a condicionantes sociales, entre otros, tratando de dotar al género de una dignidad casi irreprochable: “La música extrema es un gusto adquirido” (pág. 26).

Paradójicamente, por el contraste con lo anteriormente mencionado, Andrew O’Neill es humorista, y ejerce como tal en un libro que pretende dotar de seriedad a un movimiento musical tradicionalmente vilipendiado al tiempo que ironiza sobre algunos de sus muchos excesos. Con ello consigue que su obra sea entretenida, aunque también que posea momentos tan entusiásticos como sinceramente irritantes.

Antes pasar a comentar con más detalle algunos aspectos del libro me parece importante destacar dos cosas: por un lado la cuidada y atractiva edición que ha preparado Blackie Books, y la traducción de Laura Ibáñez, tan acertada como atenta.

Dividiría La historia del Heavy Metal en dos bloques: prácticamente hasta la mitad, O’Neill presenta un libro de carácter analítico e historiográfico, más “serio” ―aunque no faltan los comentarios humorísticos―, para hablar de los orígenes del rock y del heavy, y lo hace con acierto; en la segunda deriva hacia esa zona restringida en la que sus filias y sus fobias le hacen perder la perspectiva y el tono, dejando que el libro desemboque en planteamientos subjetivos tan desenfocados como discutibles.

En esa primera parte combina con bastante dinamismo y gracia los argumentos científicos y analíticos de carácter social, histórico o político con insertos de humor, jugando con el género del ensayo a través de notas a pie de página de carácter guasón, algunas con muy mala leche, bastante divertidas. Vincula el Rock & Roll de los años cincuenta a una expresión de libertad que incluye cierto carácter de rebeldía y amenaza, al que el capitalismo se comió. Resulta interesante la explicación que aporta sobre los amplificadores y pone fecha al comienzo del heavy entre los años sesenta y setenta, concretamente marca el viernes 13 de febrero de 1970, día de la publicación del primer álbum de Black Sabbath. Todo lo anterior lo clasifica como “protoheavy”.

En esta primera parte incluye una generosa cantidad de curiosidades interesantes. Se sitúa en una posición que parece dominar con comodidad, apoyado en referentes históricos y manejando el humor para no dar la sensación de excesiva seriedad, quizás anticipando lo que vendrá después. Logra momentos en los que entusiasma la lectura del libro, incluso llegan a molestar los chistes. Cae en repeticiones (“sin ellos el heavy metal no sería lo que es”) y abusa de las mayúsculas, rasgo contaminado de la escritura en internet. Llama la atención la importancia enorme que concede a The Beatles en esta parte.

Es posible que falte una línea central más clara, pero argumenta muy razonablemente contra las constantes infravaloraciones y desprecios que ha sufrido y sufre el género. Y habla de los subgéneros: “El término que define el género ayuda a comprender qué sonido tiene dicho género” (pág. 153). Puede que por ello tenga tanto empeño en ir explicando, especialmente en la segunda parte, cada uno de los infinitos subgéneros que surgen desde finales de los ochenta y toda la década de los noventa.

Y aquí llegamos a lo que he marcado como la mitad del libro, a un capítulo que titula “Puto glam, puto metal”, en el que la subjetividad le empuja a perder la perspectiva (y quizás por ello se justifique el tono humorístico de la obra) y a vomitar toda la furia que siente por lo que considera “un pozo infecto de rebosante pus”: el rock melódico de los ochenta. Dice literalmente “odio esta puta mierda de música”. ¿Y a qué se refiere con ese término el bueno de O’Neill que se toma tanto trabajo en definir las tendencias y subtendencias del metal extremo? Pues a algo tan indefinido que incluye a bandas tan dispares como Poison, Skid Row o W.A.S.P. Para él todo es lo mismo. Aunque su objetivo favorito sobre el que desata una furia desmedida es Mötley Crüe. Es tanto el desprecio que siente por la banda que se despacha directamente hacia Vince Neil diciendo en una nota a pie de página: “Para que veas lo hijo de puta que es Vince Neil”. El odio por este subgénero le lleva en la parte final del libro a afirmar algo tan discutible como que “Fue la escena alternativa del género [heavy metal] la que hizo que los ochenta fueran una maravilla” (pág. 316).

A partir de aquí se acumulan las contradicciones. Por ejemplo se toma muy en serio a casi todos los grupos de black metal y death metal pero no a Manowar porque enseñan los pezones; categoriza cada tendencia del metal extremo y sin embargo se conforma con llamar glam a todo el rock de los ochenta que no sea heavy; para él Public Enemy son heavy, aunque bandas de power metal y otras tendencias no lo son y las desprecia. Cuando llega al nu-metal, al que no concede ningún crédito y pone a caldo (hablando de Linkin Park dice “Su música no tiene alma y parece obra de un comité directivo”), añade: “A diferencia de lo que pasaba en el glam metal, estos grupos sabían tocar sus instrumentos y tenían cierta ambición musical” (pág. 285).

La deriva que toma el libro a partir de los grupos de death y black es descaradamente tendenciosa y, al menos para mí, pierde parte del interés. Habla de bandas de discutible trascendencia como “universalmente aclamadas por la crítica” o de otras apenas conocidas de las que dice que “siguen teniendo enorme influencia”. Pierde la oportunidad de entrar en un tema interesante, del que sólo deja apuntada una leve reflexión, acerca de la ideología despreciable de músicos cuya obra se admira.

Es posible que la visión que muestra O’Neill del heavy metal esté determinada por haber sido un adolescente en los años noventa y haber vivido el desarrollo de las bandas de thrash y speed (a pesar de que afirma que no le gusta una banda tan interesante como Testament, a quien deja fuera de los grandes junto a Megadeth, porque Dave Mustaine tiene una voz insoportable). Eso sí, tiene la habilidad de reservar una buena frase para cerrar el libro ―aunque incluye un delirante epílogo― que provoca en el lector una sonrisa absolutoria.

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1 Comentario

  1. Imagen de perfil de A.K.U.

    Después de leer el libro no puedo estar más de acuerdo contigo. Me lo pillé en cuanto lo vi en el Fnac y no pude resistir la tentación de llevármelo y como bien dices hay dos partes muy claras en el libro. El tío se deja llevar muy claramente por sus gustos musicales y desprecia de una forma un tanto insultante, a mi entender, toda la escena musical Hard/Heavy Metalera de los ochenta. No quiero ni pensar que puede opinar sobre bandas como Foreigner, Journey o Asia por poner tres ejemplos de grandes bandas de A.O.R.
    Por lo demás el libro es muy entretenido y se lee muy fácil. Las notas a pie de página son geniales, algunas tronchantes e incluso hay algunas delirantes. Al pobre Lars Ulrich lo trata como a un crío maleducado e hiperactivo y a los que tampoco quiere mucho es a Whitesnake. Los pone a caldo el tío.
    En fin, que si quieres un libro entretenido y a ratos dicharachero para leértelo durante las vacaciones este es tu libro. Eso sí, sin olvidarte que las opiniones musicales personales son muy subjetivas y que todo depende de los gustos que cada uno tenga. Y en ningún momento olvidarte que el escritor es un humorista que enfoca la redacción del libro en ese sentido.
    Como bien dices la primera parte impecable y es la que se puede entender que da sentido al título del libro. En la segunda se le va un poco la olla al muy jodido.
    Saludos.

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