Por José Ramón González.
Admito que no soy muy aficionado a los festivales, me resultan agotadores y siempre termino con la sensación de que no he conseguido degustar a ninguna de las bandas que pasan por los escenarios a toda velocidad escrupulosamente cronometradas. Es como un banquete de bodas: un plato detrás de otro sin solución de continuidad con los que uno nota que se va llenando pero, cuando quiere hacer recuento de qué es lo que comió tres platos atrás, casi ni se acuerda. Sin duda los festivales tienen sus ventajas, como ofrecer la oportunidad de ver a varias bandas de las que, de otro modo, seguramente sería imposible disfrutar en un concierto único. Al final, por lo que percibo, cada cual va por uno, dos o tres grupos que le interesan, y de paso ve a otras a ver qué tal o aprovecha la actuación de aquellas por las que no tiene demasiado interés para descansar o refrescarse. Incluso, en ocasiones, hay que renunciar a bandas en las que uno tiene interés debido a las circunstancias que acaecen a un aficionado maduro, cansado y torrado de calor.
El caso del Zurbarán, que ha cumplido este año su novena edición, es particular, puesto que uno de sus mayores atractivos es, al mismo tiempo —en mi opinión—, su mayor inconveniente: su gratuidad. Vaya por delante que es admirable —y sorprendente, por no decir misterioso— que los organizadores sean capaces de montar un festival de la categoría de la que presumía un cartel como el que ofrecían, y lo hagan de manera gratuita. Otros festivales con precios más que ofensivos no tienen los nombres de los que hacían gala en Burgos. Pero claro, en un evento gratuito entra, obviamente, todo el mundo, como en unas fiestas de cualquier localidad, les interese el espectáculo o no, por lo que se hace a ratos realmente incómodo: gente pasando sin parar, familias con niños y carritos, abuelos que van a curiosear. Y venga a pasar gente. En una de las canciones de Heavens Gate (durante una sola de las canciones), tuve que retirarme para dejar paso una docena de veces. Gente hablando (gritando) en conversaciones que nada tienen que ver con lo que estaba ocurriendo en el escenario… y más gente pasando en una procesión infinita. Por otro lado, es evidente que se respira un ambiente agradable y acogedor entre los aficionados (y también de la gente de Burgos). Y es de justicia destacar la organización profesional y los precios razonables y nada abusivos de bebidas y alimentos, además del alivio que supone la comodidad del acceso a los baños habilitados en el polideportivo anejo.
Dos escenarios paralelos situados en el espacio entre el campo de fútbol El Plantío y el polideportivo (y al tiempo plaza de toros) mostraban las dimensiones que está alcanzando Zurbarán Rock. Llegamos el viernes 10 para presenciar la actuación de Fury, que sustituían a los anunciados Tailgunner que se cayeron del cartel pocos días antes. Cuentan con un repertorio de heavy metal/hard rock potente y vistoso. La combinación de las voces de Julian Jenkins y Nyah Iffil hace que el espectáculo sea dinámico y entretenido. Si nadie los esperaba, puesto que entraron en el cartel a última hora, más de uno se llevó una sorpresa agradable.
Los Masters of Ceremony de Sascha Paeth llegaron para dar un toque diferenciador con su metal bien elaborado. Impresiona ver a una cantante como Adrienne Cowan pasar de la limpieza en la interpretación vocal a unos guturales salvajes casi sin inmutarse, sin mostrar que le costara demasiado sacar esa voz del averno de ese cuerpecito enjuto. Canciones muy completas, un buen bajista como André Neygenfind y Paeth menos sedentario de lo que se mostraría al día siguiente.
Pudimos disfrutar después de la banda asturiana Edén. Es un poco desalentador que un grupo que lo hace tan bien no tenga mayor repercusión. Son capaces de moverse en el heavy metal y salpicar sus canciones de elementos melódicos. Tienen buena presencia, mucha energía y saben muy bien cómo manejar el material del que disponen. Hay buenas composiciones a las que dotan de intensidad y elegancia. Fernando González «Dini» es un buen cantante, y eso es mucho en un género que no va sobrado de ellos.
Aparecieron Hardcore Superstar para poner el espacio patas arriba. No es una banda que me apasione pero desde luego no dejan lugar para el aburrimiento. La gente lo pasó de miedo, no hay duda, sobre todo porque, además de las canciones de ritmo contagioso, macarruzo y pegadizo, es imposible despegar la mirada de su cantante Joakim «Jocke» Berg, que se movía de un lado a otro sin descanso, arengando al público. Es el resultado visible de llevar más de veinticinco años sobre los escenarios.
Tras estos llegaron los catalanes Savaged, a los que tenía ganas de ver. Mucha presencia escénica, efectos de humo, iluminación con colores intensos y aspecto propio de la década de los ochenta. Su heavy metal clásico es muy resultón. Desarrollaron su repertorio con la convicción de que el espectáculo cuenta, por lo que además de los efectos visuales sorprendían con la aparición de un tipo enmascarado con una motosierra cuando interpretaron la canción «Texas bloody Texas», si no recuerdo mal. Estribillos rápidos y coreables y buenas guitarras a cargo de Jamie y Joan.
Para el nombre gordo de la jornada había gran cantidad de púbico deseoso de asistir a la descarga de thrash metal de una de las bandas pioneras del género y con una carrera tan sólida como interesante. Overkill no destaca entre los de su generación por el virtuosismo de sus componentes, pero bien se puede vanagloriar de no ser de las bandas que viven de su pasado. Los norteamericanos han publicado veinte discos a lo largo de su carrera —el último, Scorched, en 2023—, entre los cuales hay temazos a porrillo. De muchos de ellos dieron cuenta en la noche del 10 de julio en Burgos. Había dos circunstancias desfavorables: la ausencia de su bajista y fundador D. D. Verni, y que para el concierto sólo contarían con uno de sus guitarristas, Dave Linsk. El exbajista de Fear Factory, Christian Olde Wolbers, se encargo de reemplazar a Verni, y vaya si lo hizo bien. La banda apareció en escena como una alucinación. La presencia del multinstrumentista Olde Wolbers intimida, parece estar en continua tensión. Cuando la banda encaró «Rotten to the core» busqué cuántos miembros necesitaban para hacer esos coros tan rugientes y brutales: los hacía él solo. Por su parte, Bobby «Blitz» Ellsworth ofrece una presencia —es poco menos que una aparición— casi mística, como si se hubiese hecho visible de repente; su figura desaparecía durante los solos para volver a manifestarse delante del micrófono poco después. Asombra la transformación a la que ha llegado este músico y esta banda, desde la segunda fila del thrash metal, siempre un renglón por detrás de los nombres más aclamados, hasta ser indiscutiblemente respetados. Y eso, no tengo duda, ellos lo saben; no hay más que ver la silueta de este hombre entre las sombras del escenario. Y el repertorio, que suena como un enorme estruendo musical, ha alcanzado la categoría de clásico: contundente, metálico, tenso, indestructible. Poderoso.
Al día siguiente, la segunda jornada —tercera si contamos la sesión previa del día 9—, nos incorporamos para ver a los jovencitos Bloodstain. Sonido rotundo, eléctrico, muy vinculado a los inicios del thrash y del speed metal, pero con un pecado: Oskar Lindros y compañía se parecen mucho a los primeros Metallica, pero mucho mucho. Tanto que en el comienzo de alguna canción más de uno creíamos que atacaban una versión de la banda. Además parecen recrearse en el parecido con los de la Bay Area: Lindros, de lejos, podría ser perfectamente una reencarnación de James Hetfield con el pelo rubio rizado, sin camiseta, y esas poses de piernas abiertas. Derrochan energía pero adolecen de falta de personalidad. Comprimieron un set «de mayores» en sesenta minutos, minosolo de batería incluido. Bien es cierto que están casi empezando, por lo que resulta razonable que emulen a sus ídolos, pero en mi opinión es demasiado. Quizás con mejores canciones pasaríamos por alto tamaña identificación. Debe de gustarles de verdad todo lo relacionado con los ochenta porque unas horas más tarde nos los encontramos cumpliendo con el ritual de hacer el gamberrete por la ciudad.
Una de las actuaciones más esperadas era la del regreso de los suecos The Poodles, reunidos con motivo de la conmemoración del veinte aniversario de su primer álbum Metal Will stand tall. A The Poodles pudimos verlos hace años en alguna ocasión, siempre con resultados gozosos, especialmente en las giras de sus tres primeros discos. A partir del tercero creo que empezaron a flojear mucho y terminé perdiendo el interés por ellos, a pesar de que en cada uno de los discos que publicaban había siempre un par de canciones irresistibles. Pasados los años uno toma conciencia de que los dos primeros discos de la banda no han dejado de sonar en el reproductor con frecuencia, así que apetecía reencontrarse con ellos a sabiendas de que mantienen la formación original con la incorporación de un segundo guitarrista. Inquietaba el estado vocal de Jakob Samuel para enfrentarse a canciones de hace tantos años, pero lo hizo realmente bien al margen de las dificultades más que razonables para llegar a notas (muy) altas. Y la fiesta se repitió. Con un repertorio como el suyo es difícil fallar, y no lo hicieron. Los aficionados lo pasaron bomba, aunque sospecho que ellos aún más. Segunda toma de conciencia: The Poodles quizás hayan sido los últimos en llevar ese hard rock comercial, pegadizo, a las cotas de calidad a las que ellos lo hicieron.
Khorea se sitúan en las antípodas de los anteriores. Metal moderno, con chispitas de prog, pero cuya intensidad permanente a mí me agota. Canciones que empiezan muy arriba y terminan igualmente. Ideal para los que disfruten con esa tensión sin descanso. Son buenos, pero no conseguí empatizar con su propuesta.
Otros de los más esperados y que también se reunían: Heavens Gate. Esa misma mañana habían hecho un acústico para aficionados inmunes a los rayos UVA en La Llana. Nosotros nos asomamos por allí pero nos rendimos cuando se encogió la sombra del arbolito bajo el que nos refugiamos. Sonaba interesante, aunque lo que consiguió lo que escuchamos fue aumentar el ansia por asistir a la interpretación de esas canciones en su formato original. También hicimos la prueba a Herbie Langhans que se enfrentaba nada menos que a calzarse el micrófono de Thomas Rettke, quien estaba haciendo la gira con la banda hasta hacía poco. Cuando llegó el momento en el que Heavens Gate pisaban el escenario, el sol estaba empezando a caer. Confirmamos que el sonido ese día estaba siendo peor que el del anterior, que fue bastante bueno. Quizás la aglomeración de gente, bastante superior a la del viernes, obligó a aumentar el volumen, lo que habría podido perjudicar a la calidad. Sascha Paeth volvía al escenario del Zurbarán donde mantuvo un llamativo sedentarismo al lado de su micrófono. Repasaron algunas de las canciones más recordadas de la banda con un público dispuesto a disfrutarlas y cantarlas, algo que supongo que la gran mayoría de los presentes no tuvo oportunidad de hacer en su momento. Langhans se portó como un jabato cantando hasta donde podía, con ganas y entrega, sin acobardarse ni un momento. Es un estupendo cantante que superó una prueba complicada, arropado por una banda igualmente estupenda en la que el otro guitarrista, Bonny Bilski, no se deja eclipsar por Paeth.
Por las sensaciones en el ambiente, la acumulación de aficionados y los comentarios que escuchábamos —además del día y la hora para el que se reservó su espectáculo—, llegaba el plato fuerte del festival: Doro. Me descoloca tanto interés cuando no es nada difícil ver a la reina del metal en nuestro país. Había, ciertamente, mucha expectación, sin embargo no hizo nada que no haya hecho muchas otras veces. Comparto la admiración y el respeto por esta artista trascendente en el panorama del heavy metal, pero no el entusiasmo por sus actuaciones. Mantiene estupendamente la voz e interpreta sus canciones con la misma profesionalidad de siempre. Lleva una banda solvente que cumple con creces junto al espectáculo de luces, fuegos y demás. Y no tiene que hacer gran cosa para ganarse al personal, porque éste está rendido a ella desde que sale al escenario. Doro pide constantemente que coreen sus estribillos, uooo uooo uooos, yeah yeah yeahs, hey hey heys, y si la canción no los tiene, los añade como repetición de una melodía de guitarra y ahí le echa otros dos minutos. Como decía un buen amigo, coge un estribillo y lo exprime hasta agotarlo. «Fur immer», por ejemplo, que interpretó en quinto lugar, se alarga hasta la extenuación. No es un concierto para ser visto, sino, en buena medida, para participar, algo así como una experiencia interactiva, una celebración de la carrera de la artista alemana a la que se profesa un cariño sin fisuras. Alterna clásicos de Warlock con canciones de su larga y poco sustancial carrera en solitario y los incondicionales gozan con ello. Es verdad que no hay muchos artistas que, como ella, gocen de un público tan entregado. Sin duda se lo ha ganado.

























