¡Bailar, bailar!
Por José Ramón González.
Tengo la idea de que la música hard rock y el baile no han hecho nunca muy buenas migas. Me refiero al baile estilo discoteca y a la música asociada a ese baile, ligada a la electrónica y los ritmos programados. Parece que tiene que ser rock o pop, pero no las dos cosas. Cuando una banda de hard rock ha rozado siquiera ese estilo ha sido sistemáticamente acusada de falta de carácter, de venderse a la comercialidad y todas esas cosas. Aunque en algunos casos la fórmula ha resultado exitosa a nivel de popularidad, los «auténticos» rockeros no acogen a esos grupos en sus regazos; o los expulsan de ellos. Sin ir más lejos, cuando Shiraz Lane lanzaron algunas de las canciones de su último álbum In Vertigo (2025), no faltó quien hiciera los penosos y ridículos comentarios acerca de si con esa canción aspiraban a competir con Kylie Minogue y puerilidades por el estilo. El rock es muchas cosas, y entre ellas está la de ser diversión, liberación. Creo percibir que Shiraz Lane tiene entre sus objetivos el de ofrecer diversión y emoción frente a la confrontación, el mal gusto y la agresividad oscura. Su mensaje transmite unidad, tolerancia y vitalidad aunque no está exenta de crítica social en algunas de sus composiciones. Y lo hacen con unas composiciones que en el álbum que presentaban en Madrid el pasado jueves están empapadas de melodías cercanas al pop, marcando así una línea evolutiva con respecto a anteriores publicaciones, más potentes y rockeras. Creo que con esta fórmula han creado el espacio en el que se sienten completamente a gusto y, aunque algunos anteriores seguidores han censurado esa evolución, lo cierto es que la mayoría la aplauden y han conseguido, además, llamar la atención de otros que no los conocían. Ahora entraríamos en el asunto de la comercialización de la música y demás (quien busque los discos de la banda lo va a tener complicado; ni siquiera en su puesto de merchandising están accesibles, excepto el último), ya que parece que quien quiera acceder a las canciones de la banda tiene que recurrir a internet y el streaming.

Otro asunto que me llama la atención es la energía asombrosa que proyecta Shiraz Lane en directo. Me gustan sus discos, sí, pero me he hecho incondicional de la banda gracias a sus directos. No sé si es que no han conseguido captar toda esa energía en las grabaciones o es que hay algo en esos instantes de energía viva que es imposible de atrapar, al menos en el estilo de música que ellos practican. Su estilo no es mi favorito dentro del hard rock; precisamente sea por eso que aprecio tanto sus conciertos. He visto a espectadores que apenas habían oído hablar de ellos caer hechizados a la tercera canción del repertorio en sus conciertos, dejarse llevar por sus ritmos, tararear sus melodías apenas recién aprendidas y, sobre todo, mantener una sonrisa que no se apaga hasta el final del show. De las bandas a las que soy aficionado y a las que sigo (seguro que hay más) esto lo hacen muy bien Shiraz Lane y The Night Flight Orchestra, otros que saben lo suyo de hacer bailar al personal con su mezcla de rock y pop irresistible. En España también es frecuente experimentar estas sensaciones en los conciertos de Dry River.
Lo cierto es que Shiraz Lane han crecido.

En sus directos lo que se percibe es honestidad. No es una banda que sale a aparentar, a hacer un espectáculo cargado de pintura, sino a conectar, emocionar y emocionarse. Hay algo espiritual en su puesta en escena. Y eso que hablamos de música en general divertida, aparentemente sencilla pero interpretada por buenos músicos. La suya es una sencillez cargada de sabiduría y sensibilidad, resultado de sus ya quince años de carrera.
Shiraz Lane arrancaron a lo grande, con «Plastic heart». ¿Para que vamos a andarnos con chorradas? Y tocaron el último disco casi al completo (si no recuerdo mal, nada más quedaron excluidas «The ray of light» y «Sayonara love»). Afortunadamente, no se dejaron mi favorita de In Vertigo; «Brand new day». Ni faltaron grandes canciones de sus anteriores títulos ni de sus EP y singles: «Broken into pieces», «Do you» o la personal versión que hacen de «To the moon and back» del mítico álbum de Savage Garden, que fue con la que cerraron el concierto.

Hannes Kett tiene algo especial —además de su voz—: transmite verdad, sinceridad. Su presencia parece envuelta en una fragilidad difícil de explicar; sus breves intervenciones entre las canciones emiten calidez y un mensaje de paz, armonía y felicidad. El bajista Joel Alex parece estar en su hábitat natural encima de un escenario: se mueve, corre, posa, sonríe… A cada extremo dos guitarristas muy diferentes: Jani Laine, responsable de la guitarra solista, y Miki Kalske, encargado de las rítmicas. Sin apenas mirarse se compenetran a la perfección desde su espacio de confort del que salen en pocas ocasiones para compartir el del otro. Y Ana Vilkkumaa bombea ritmo desde el fondo y sale en alguna ocasión a saludar. Como ocurrió en el pasado concierto de FM hace unos días, ni rutinarios solos de batería o guitarra, ni chapas prescindibles ni nada de eso, una canción tras otra, celebración y disfrute en una buena sala como Revi Live.







