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KIRSTIN VALDEZ QUADE. Cristina, la Asombrosa (1150-1224) (Nórdica Libros, 2025)

KIRSTIN VALDEZ QUADE. Cristina, la Asombrosa (1150-1224) (Nórdica Libros, 2025)

Temen su terrible y solitaria santidad

Por José Ramón González.

 

KIRSTIN VALDEZ QUADE_Cristina, la Asombrosa_prtdAunque no se trate de una historia de terror, o al menos no se presente como tal, produce una sensación muy parecida al miedo. Quizás deberíamos hablar de incomodidad, de desasosiego. El breve texto de Kirstin Valdez Quade produce un desconcierto enorme porque derriba presuposiciones, expectativas y tensa hasta la curva el camino recto que resulta más cómodo seguir. Si decimos que en Cristina, la Asombrosa se refieren posesiones demoníacas, exorcismos y profecías, sería fácil encuadrar la historia en el género del terror, pero lo que rechina es que Cristina es… una santa —al menos así la califican los que la conocen—. Así pues, suponemos que el título la de novelita tendría que contener en sus páginas algo cercano a una hagiografía, pero tampoco lo es. Como muy acertadamente plantea Marta Sanz en la presentación del libro —un valioso texto en el que, como es habitual en ella, analiza la lectura con ojo sagaz—, «el texto sólo sería una hagiografía si le diésemos la vuelta, como una cruz boca abajo», porque la santidad de Cristina es monstruosa. Su don es, en cierto modo, una maldición, aunque ninguna afirmación debería ser categórica acerca del contenido de esta novelita —una, como siempre, cuidadísima edición de Nórdica—.

La historia de Cristina —y la suya, y la de los demás— está narrada por Mara, una de las tres hermanas de una modesta familia. Ella querría entrar en el convento: cuando un día pasa por delante del de Santa Catalina se abren sus puertas momentáneamente, y ella se queda mirando, tratando de atisbar su interior con anhelo, y con la intuición, o la certeza, de que nunca podrá entrar, a pesar de que no pierde la esperanza, porque su condición nunca se lo permitiría. Tiene una hermana menor, Gertrude, que sueña con formar una familia. Después de varios abortos, su madre da a luz a Cristina, la menor, a quien la comadrona no concede una sola posibilidad de supervivencia. Pero Cristina no muere a pesar de que apenas come, y no para de berrear. Su comportamiento siempre es incómodo, observa a sus hermanas por la noche, babeando e irritada. Siempre parece irritada. Ofende a los vecinos con sus insultos y acusaciones. No muestra ningún rasgo de compasión, sus frases son cortantes, inclementes. Veinte años después de su nacimiento muere por primera vez. Mara cree que vuelve para castigarla por no quererla. ¿Dónde están los límites de la abnegación, de los que cuidan?

La actitud desafiante, agresiva, siniestra de Cristina genera un conflicto con sus hermanas, que tras quedar huérfanas se tienen que encargar solas de ella; Cristina también parece percibir el rechazo o la falta de cariño por parte de quienes la rodean. Su primera muerte permite observar las contradicciones de Mara, su conflicto interior, que brote la sospecha de que quizás en lo que nos cuenta esconde algo. Lo cierto es que las posibilidades de interpretación del texto se van expandiendo al ritmo del aceite derramado, lentamente, devorando terreno seguro, dejando cada vez menos espacio a la certeza. Las perspectivas cambian, se ponen del revés, la crueldad se cuestiona, se duda de la bondad. «Los vecinos del pueblo ya no se acercan a nosotras porque temen que Cristina sepa algo de lo que pueda acusarlos». Tienen miedo de que Cristina también les dé la vuelta, muestre lo que ocultan de la manera implacable en la que lo hace siempre. ¿Quién puede decir que no tiene nada que ocultar?

Y es porque los vecinos empiezan a creer a (en) Cristina tras una «visión» que tiene durante un exorcismo al que la someten que resulta coincidir con un hecho real que está ocurriendo lejos de allí. Desde entonces a Cristina la veneran tanto como la temen. Y Mara deja ver que la quiere tanto como la desprecia por ocupar el espacio que habría querido para ella, aunque no se parezca en nada a ella, algo que va a arrastrar hasta el último momento. La de Cristina es una santidad cuyo carácter está muy lejos del que supondríamos en una santa; es fría, cruel, insoportable… Encarna, en muchos aspectos, la religiosidad más intransigente, rancia, intolerante y radical, pero sus misteriosas capacidades no permiten dudar de su excepcionalidad. Su comportamiento está más cerca del de una poseída demoníaca que del de una bendecida por el Cielo. Porque además profetiza exclusivamente desastres; «Mi hermana siempre tuvo ese gusto por la catástrofe». Es un ser extraño, desconcertante. Al igual que las reacciones que genera en los demás y en el lector, ya que a pesar de todo esto hay algo que mueve a apiadarse de ella, de su cruel bendición.

Todo esto —y algunas cosas más— es lo que siembra el desasosiego, la incomodidad, y lo que funciona como una máquina de fabricar preguntas. Como la que le hace Mara a Cristina en una de las ocasiones en las que está frente a ella: «¡Ay, Cristina! […] ¿Por qué has tenido una vida tan dura?», y ese «por qué» es también muy desorientador, al mismo tiempo que remite a la pregunta que la propia Cristina se hace cuando «resucita»: «¿Por qué? ¿Por qué?».

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