Para dar un paso que lleva a otra dimensión
Por José Ramón González.
Dentro de pocos meses se cumplirá el cuarenta aniversario de esta obra, controvertida ya desde el momento de su aparición, pero que hoy resulta asombrosamente deslumbrante. Su lanzamiento provocó el descoloque de quienes los habían seguido hasta ese momento entusiasmados por su exquisito heavy metal, sus ropas de cuero y por haber conseguido que su nombre se recordase gracias a haber colocado en el top ten del género una de las grandes canciones del metal de los ochenta: «Queen of the reich». En Rage for order la banda norteamericana hizo por primera vez lo que haría muchas más veces en su carrera: romper las expectativas, sorprender, hacer lo inesperado, evitar la repetición; hacer lo que les salía de las bolas (de metal). Sólo por eso merecen el respeto incondicional. Sin embargo, como ocurre tan a menudo, hay parte del público que demanda más de lo mismo, siempre lo de siempre. Que no es censurable, ni mucho menos, pues cuando algo gusta, entusiasma, es natural demandar más. Pero Queensrÿche no son de repetirse. Por eso resultan incómodos para algunos. Imagino que en estos tiempos de adicción a la nostalgia, una banda como ésta —experimentación, innovación, creatividad… puaj— no tendría cabida (como ésta de 1986, no los Queensrÿche actuales que son ya, necesariamente, otra cosa, con sólo dos miembros originales en la formación).
Rage for order es casi un disco futurista, por lo que viajar a 1986 a visitar este álbum es como regresar al futuro. Paradójicamente, el disco que los alejaba de lo que eran, los llevó a encontrar su verdadera naturaleza. El carné de identidad de Queensrÿche se tramitó en las dependencias de Rage for order.
Primera sorpresa (y primer chasco para sus seguidores): la imagen de la banda en la contraportada del disco. El ajustado cuero negro se transformó en trajes largos, de diseño y aspecto gótico-futurista, a lo que se añadían unos peinados nada discretos, cardados y repeinados de laca. No era necesario escuchar nada del disco para tener la certeza de que lo que fuera que hubiese dentro de esa carpeta no iba a sonar como se esperaba. Los potenciales compradores del disco miraban las fotografías de la contraportada con la nariz arrugada y una mueca de desconfianza. (Es conocida la poca predisposición al cambio que tienen muchos aficionados al rock duro.)
Segunda sorpresa: quienes se aventuraban a escuchar las canciones del álbum confirmaban las sospechas del apartado anterior. Queensrÿche había apostado por un sonido más sofisticado, con efectos de electrónica, inclusión de sintetizadores, grandes arreglos y creaciones que trocaban la concisión por lo ambiental, la crudeza por las tonalidades, lo monocromático por las texturas, lo directo por las capas de sugerencias. Teniendo en cuenta que su primer álbum (The warning, 1984) es una obra fundamental —y extraordinaria— del heavy metal de la época (sin dejar de mencionar esa pieza magistral y preceptiva que es su EP homónimo de 1983), habría que considerar que Rage for order lo es también, pero en un contexto diferente. De ser considerado un álbum fallido, un experimento fracasado, un trabajo de transición, ha pasado a ser entendido actualmente por muchos como una obra fundamental para la evolución de la banda. Sin Rage for order jamás habría llegado a existir esa (otra) obra cumbre admirada unánimemente por todo aquel que no tenga el cerebro abotargado titulada Operation: Mindcrime (1988). En Rage for order, Queensrÿche pasa a ser una banda de metal progresivo (un poquito, en realidad, o mucho, si lo entendemos como ellos mismos lo veían: progresar en su forma de hacer música), se incide en los destellos técnicos pero, sobre todo, se apuesta por el arrojo y se desprecia el temor a incluir cambios, novedades o elementos extraños al canon en pos de encontrar vías expresivas que articulasen sus inquietudes emocionales.
Para que la banda de Seattle pudiera dar este paso fue necesario que tanto Scott Rockenfield a la batería como Eddie Jackson al bajo explorasen maneras diferentes y se esforzasen muy concienzudamente en dar una versión nueva de sí mismos, ocupar espacios en las composiciones que antes dejaban al impacto que producían las guitarras y la voz. Adquieren un protagonismo fundamental y trascendental. En «I dream in infrared», una composición de Geoff Tate y Michael Wilton, se observa con claridad la presencia de bajo y batería, y con ello el proceso casi en directo de la metamorfosis a la que se estaba sometiendo la banda: la estructura clásica envuelta en nuevas formas, los reconocibles arpegios de guitarra adoptando nueva apariencia. Y esas armonías vocales construidas con indudable intención artística, absolutamente fantásticas e intensas, que llenan la cabeza de melodías embriagadoras.
Para que la banda diese ese importantísimo paso fue necesario también que Geoff Tate llevase su voz a otros espacios y que su expresividad ganase en profundidad. Sin perder ni un adarme de su potencia y tonalidad, empezó a probar esos graves que tan reconocible lo harían en años posteriores, concretamente con la grabación de Empire (1990). Cantar una canción como la brillantísima «The Killing words» exigía que su voz fuera a esos sitios en los que no había estado, gracias a lo cual la canción ganó en intensidad y emoción. Aún hoy sigo considerando «The Killing words» una de las más brillantes composiciones de la banda, con un letra misteriosa, dolorosa y madura.
Para que la banda se sintiera capaz de dar ese paso debía contar, como requisito imprescindible, con un productor que supiese escuchar y tuviera los recursos necesarios para llevar a la banda a donde ellos aspiraban, que tampoco tuviese reparos a la hora de experimentar, de encontrar medios que dieran forma a las ideas de la banda y que, además, animara a los propios músicos a incluir en sus creaciones elementos extraños al género que tan bien habían demostrado dominar. Ese productor no era otro que Neil Kernon, capaz de lidiar con Don Dokken y George Lynch y salir triunfante de la batalla. Su trabajo en diferentes géneros musicales lo acreditaba como la persona adecuada.
La canción elegida como adelanto de la obra fue «Gonna get close to you», una versión de Lisa Dalbello (cuando ya empezó a firmar sus discos únicamente como Dalbello). Sorprende esta elección, aunque no tanto cuando uno observa cómo Queensrÿche se apodera de la composición original y lo bien que encaja en la temática del álbum. Una parte tremenda es en la que, pasada la mitad de la canción, la estrofa comienza con el sonido del bajo palpitando poderosamente en la mezcla, cargándola de intensidad creciente. Grabaron un videoclip oscuro, lleno de sugerencias, entre el misterio y la amenaza —como la propia canción—, en el que se veía a los miembros del grupo con el aspecto y la actitud propios de una banda con el control absoluto de su identidad. A propósito, habría que averiguar qué códigos encriptados saben leer en una obra que no es específicamente rockera, qué extraña atracción ejerce el, por otro lado interesante, citado álbum de Dalbello, Whomanfoursays (1984), —alejado del estilo soul rock de sus anteriores y muy recomendables trabajos— sobre las bandas de rock, pues hasta tres versiones, que yo conozca, se han hecho de canciones del álbum: a la de Queensrÿche hay que sumar la extraordinaria de Heart «Wait for an answer» y la menos popular «Animal» que incluyeron los heavymetaleros Heavens Gate en su potente Planet E. (1996).
Los elementos futuristas adquieren concreción en «Screaming in digital», que tiene a un ordenador como protagonista (imposible no pensar en HAL 9000 y la película de Kubrick), y cuyas texturas y sonidos anticipan los de Operation: Mindcrime, también en el dramatismo y la teatralidad. Pero no sólo ésta, pues igualmente las citadas «I dream in infrared» (el título ya sugiere cierta extrañeza futurista) o la versión de Dalbello que, traída a la actualidad adquiere interpretaciones del mundo digital y la pérdida de intimidad a causa de las redes sociales. Incluso en la potente «Chemical youth (We are rebellion)», con ecos que también preludian rasgos de su siguiente trabajo, se dice específicamente «our religión is technology». Tan actual es la temática de esta obra que en su pieza final, la hermosísima «I will remember», una composición de Chris DeGarmo, puede escucharse en la segunda estrofa: There’s a thought that fills your mind / A vision of time when knowledge was confined / And then We wonder how machines can steal / each other’s dreams / from points that are unseen. / It’s real. ¿No hay algo de Blade Runner?
La temática social y el abuso de poder por parte de las grandes corporaciones, de los dueños de la tecnología que utilizan para dominar a la población, o de los poderosos en general, que vertebrarían la temática de Operation: Mindcrime ya están también presentes en el álbum, al igual que los coros de la multitud en rebelión o expresando la intención de hacerlo, denunciando las injusticias. Del mismo modo hay partes en las que la batería queda sola, a veces acompañada del bajo, desarrollando secciones que están destinadas a crear un clima de tensión o preludio al posterior desarrollo de la canción. Todo eso, que tanto éxito tuvo y admiración causó en su álbum de 1988 ya estaba más que perfilado aquí. Muchos otros grupos han tratado estos temas, y lo han hecho con furia, rabia, agresividad e incluso épica; Queensrÿche añade lírica.
Sin embargo son la soledad, la incomunicación, el dolor causado por la ruptura de una relación o por el presentimiento o la sospecha de que lo que une a esas personas va a desaparecer, son los temas que dominan el contenido de las composiciones de Rage for order. Una inmersión temporal en este excepcional álbum permite asegurar sin ningún rastro de duda que se trata de la obra maestra que no se supo o no se pudo ver, la que grabaron antes de que esa designación se le adjudicase a otro título. Es admisible considerar que era un disco atrevido en su momento, arriesgado, tanto que provocó que durante muchos años fuese poco o mal escuchado.
«Walk in the shadows» es la canción que más popularidad ha alcanzado entre los seguidores del grupo. También es la más inmediata y pegadiza. En ella tenemos una sección reconocible de guitarras dobles en el solo, con pregunta-respuesta, tan característica de la banda.
A pesar de lo que pudiese percibirse en 1986, Rage for order, aunque supone un giro sensacional con respecto a su anterior trabajo, no lo es tanto en relación con el posterior, tal como entiendo todo lo que ha hecho Queensrÿche a lo largo de su carrera. La coherente radicalidad de su propuesta artística produjo el mismo efecto en los aficionados cuando abandonaron la vía recta y predecible con otro título excepcional como Promise Land (1994) tras el sensacional éxito de Empire. Ver a Geoff Tate con la cabeza rapada en el videoclip de esa extraña canción titulada «I am I» fue algo difícil de digerir para muchos. La marcha de Chris DeGarmo, a quien le adjudicaban el talento único de la banda (falso) tras Here in the now frontier (1997) conllevó el abandono definitivo de muchos de sus seguidores, aunque con ello perdieron la oportunidad de disfrutar de obras que van creciendo con los años como la esperanza en los momentos más difíciles.

QUEENSRŸCHE:
GEOFF TATE: Cantante, teclados
CHRIS DEGARMO: Guitarras
MICHAEL WILTON: Guitarras
EDDIE JACKSON: Bajo
SCOTT ROCKENFIELD: Percusión