Sólo quiero salvar a los niños, no destruirlos
Por José Ramón González.
Adaptar al cine una novela tan compleja como Otra vuelta de tuerca (The turn of the screw, 1898) de Henry James suponía un reto fabuloso. La novelita de James presenta a una joven institutriz que narraba en primera persona su experiencia en una mansión llamada Bly a la que había llegado por mediación del tío de dos hermanos —un niño, Miles, y una niña, Flora, que habían quedado huérfanos— para cuidar de ellos y educarlos. El tío de los niños sólo le ha puesto una condición a la nueva institutriz: que no se le moleste bajo ningún concepto. La institutriz es un personaje de apariencia normal aunque vulnerable, acomplejado y reprimido, que se enfrenta a, o que se siente amenazado por, algo inexplicable: la presencia de elementos sobrenaturales. Una historia de fantasmas de tipo gótico victoriano, ya que poco después de llegar a la mansión en la que viven los niños junto con un reducido número de personal de servicio, la institutriz cuenta que empieza a observar la presencia de seres extraños, presencias inexplicables, porque solamente ella los ve: ni los niños ni la señora Grose, el ama de llaves, ven a esos «seres abominables»—o aseguran no verlos—. La institutriz se pregunta por qué no quieren admitirlo, porque está segura de que los niños saben de la presencia de esos seres. ¿O no, y está todo en su cabeza?
El lector únicamente cuenta con el relato de la narradora. Es una novela en la que lo familiar se vuelve extraño, en la que sale a la luz lo que está oculto. Hay muchos secretos, oscuridades, cosas que no se dicen, y una narradora en primera persona cuyo relato no resulta en absoluto fiable. Sombras. No sabemos si lo que narra es real o no, lo que nos lleva a plantearnos por qué mentiría o por qué nosotros dudamos de lo que cuenta, por qué los niños o el ama de llaves aseguran no ver nada, todo lo cual está condicionado por el terrible final del relato —y por algunos otros elementos presentes a lo largo de la historia, como la fascinación que siente la institutriz por el tío de los niños, su tutor, secuencia que en la película de Clayton está fabulosamente filmada y extraordinariamente interpretada, con una sutileza admirable, por Deborah Kerr—.
Jack Clayton deseaba desde joven poder adaptar el relato de James, así que tras el éxito de su primera película —otra adaptación de una novela, en este caso de John Braine, Un lugar en la cumbre (Room at the top, 1959)—, no deja escapar la oportunidad, consiguiendo de la productora 20th Century Fox libertad artística a cambio de que se comprometiera a rodar en Cinemascope, algo que frustró terriblemente a Clayton pero que solventó gracias al trabajo del excelente director de fotografía Freddie Francis —a la postre también director de buenas películas del género del terror como El doctor y los diablos (The doctor and the devils, 1985), El abismo del miedo (Nightmare, 1964) o Drácula vuelve de la tumba (Dracula has risen from the grave, 1968)—, quien configuró una serie de recursos que les permitían difuminar los espacios y centrar la atención en el espacio central de la pantalla, tal como habían dispuesto desde el origen del proyecto. A cambio consiguieron generar una enorme angustia a través de las imágenes, los espacios oscuros y los primeros planos.
Para la escritura del guión, Clayton pidió a William Archibald, quien había realizado ya con éxito unos años atrás una adaptación teatral de Otra vuelta de tuerca en Broadway que rebautizó con el nombre de The innocents —título que el director conservó para su película y que transmite tan fiel y algo perversamente la ambigua actitud de los niños—, que se encargara de adaptar su propia obra. Clayton no quedó del todo satisfecho con el trabajo de Archibald, así que recurrió, tras tantear otros nombres, a Truman Capote. El célebre escritor norteamericano —que ya había escrito algún relato de terror en sus comienzos— reescribió el guión e incorporó los aspectos que hacen alusión a la represión sexual de la protagonista y reforzó la simbología freudiana.
Una de las dificultades principales a las que se han enfrentado aquellos que han tratado de adaptar la novela de Henry James —y en la que han fracasado— ha sido cómo trasladar la voz narrativa de la institutriz —sin nombre en el relato; señorita Giddens en la película—, la narración en primera persona, esencial para conseguir el objetivo de la ambigüedad del personaje. Ella cuenta lo que ve o dice ver; si trasladamos ese relato a la pantalla ya vemos lo que ella ve, así que si nosotros también lo vemos podríamos estar tentados a dar por cierta su «visión». Una voz en off o una cámara subjetiva habrían sido las opciones más fieles a la narración, pero desacertadas con seguridad. La narración cinematográfica tiene sus propios recursos, y Clayton sabe cómo utilizarlos para no perder esa ambigüedad, para que no demos por cierto y sin dudas lo que la srta. Guidens ve. Por ejemplo, la ausencia de testigos cuando se le aparecen esos seres.
Más difícil es entender la decisión de aquellas muy «creativas» personas que se dedicaban a inventarse títulos en español para las películas extranjeras de transformar un título tan atractivo como «Los inocentes» en Suspense. Inexplicable.
Clayton crea atmósfera, tensión e inquietud desde que abre la película cerrando la luz: sólo está la oscuridad y una desconcertante voz de niña cantando una canción que tiene una inapropiada letra para que sea cantada por ella. Después vemos las manos con los dedos entrelazados de la institutriz rezando, sufriendo, por esos niños «inocentes» cuyo comportamiento no parece serlo tanto, al menos a ojos de la señorita Giddens.
Hay en la película, al igual que en la novela, un perturbador juego de dobles: los dos hermanos, las dos «cuidadoras», y los dos «fantasmas», que se corresponderían con la antigua institutriz, la señorita Jessel, y el jardinero Peter Quint. Pero a su vez los desdoblamientos se multiplican, como la correspondencia que se produce entre estos dos personajes y los dos niños o, incluso, entre Miles y su tío, del cual llega a ser un trasunto. Este reflejo del tío en el niño enturbia aún más la perturbadora relación entre éste y la señorita Giddens, y explicaría algunas de las escenas más desasosegantes del filme entre ellos. Los personajes que no están presentes bloquean la relación entre los que viven en la casa, y parecen estar representados, por ejemplo, como dobles columnas que cortan el plano cuando éstos dialogan.
Otro elemento profundamente simbólico es el de las flores, presentes durante casi toda la película. Vemos a la señorita Giddens con frecuencia colocando o intentando cuidar de las flores en los jarrones o en floreros pero, curiosamente, nada más entrar en la casa ve un jarrón con flores y al tocarlas los pétalos se caen. No es la única vez que ocurre. La señora Grose le dice «tranquila, siempre pasa». Algo parecido podríamos decir de las estatuas que rodean la casa, presentes constantemente al fondo de las imágenes como amenazas fantasmales o siendo testigos de los diálogos. Hay multitud de imágenes turbadoras, insectos que salen de la boca de una estatua de un niño, una araña que se come a una mariposa ante la mirada aparentemente divertida de Flora…
Clayton filma secuencias fabulosas, como cuando la señorita Giddens ve a Quint detrás de una puerta acristalada. Cuando desaparece ella sale a ver si lo encuentra, vuelve y se queda tras el cristal, en el mismo lugar en el que segundos antes estaba la imagen de Quint, mientras que en el interior, desde donde la señorita Giddens vio el espectro se ve, reflejada, la imagen de la señora Grose, generando un paralelismo escalofriante de inquietantes significados. De hecho, el espejo es otro de los elementos fundamentales de la película que ayudan a crear ese mundo de duplicidades y correspondencias, como igualmente lo hacen las hipnóticas transiciones encadenadas en las que frecuentemente los rostros de los niños se interponen por sobrexposición entre los personajes del plano que sigue.
Lo que no hay en The innocents es ruido, estridencias, lo gratuito, sino sutileza, sugestión y un terror puro, psicológico, sugerente al mismo tiempo que atractivo que obliga muchas veces al espectador a que tire de su cabeza hacia atrás o quiera apartar la mirada para no ver lo que está delante de sus ojos… o lo que no está.

Intérpretes:
Deborah Kerr
Megs Jenkins
Pamela Franklin
Martin Stephens
Peter Wyngarde
Michael Redgrave
Guión:
William Archibald
Truman Capote
Fotografía:
Freddie Francis
Música:
George Auric